28 de noviembre de 2006—Cuando el Banco Mundial y sus asociados decidieron trabajar juntos en un programa experimental para ayudar a comprender cuánto tiempo demoraría aumentar la cobertura de los servicios integrales para el VIH/SIDA en tres países africanos, incluida la entrega de una nueva terapia antirretroviral a pacientes con SIDA, pensaron que el mayor desafío sería lograr que los pacientes siguieran sus complejos tratamientos médicos.
Sin embargo, en la práctica “las problemáticas técnicas no han resultado ser tan difíciles como se pensaba”, señala Albertus Voetberg, líder del equipo del Banco Mundial que trabaja en el Proyecto de aceleración del tratamiento (TAP, por sus siglas en inglés) de dos años de antigüedad en Mozambique, Burkina Faso y Ghana.
Más preocupantes son las incertidumbres, afirma Voetberg, como la forma de financiar el tratamiento contra el SIDA por más de 20 años a cada uno de los pacientes de las naciones más pobres de África o cuánto costarán los medicamentos para el SIDA en cinco años más.
“Cuando se inicia el tratamiento de una persona, se tiene la obligación moral o ética de continuarlo. No se le puede decir, lo siento, se acabaron los fondos, le queda un día de vida. Eso es imposible”, agrega Voetberg.
Voetberg participa esta semana en una conferencia de alto nivel sobre el SIDA, Sustaining Treatment Costs - Who will Pay?, organizada por el Banco Mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y ONUSIDA y que aborda el tema de cuántas personas más podrían tener acceso al tratamiento antirretroviral (ARV) que necesitan y cómo se puede financiar dicho tratamiento.
De acuerdo con datos de ONUSIDA, alrededor de 4,6 millones de africanos sufren una infección por VIH tan grave que necesitan medicamentos ARV para prolongar su vida, pero sólo un millón de personas los reciben.
El Banco, la OMS y la Comisión Económica de Naciones Unidas para África (UNECA) lanzaron el TAP en 2004 para buscar la mejor forma de entregar y supervisar el tratamiento contra el SIDA, con la perspectiva de aumentar la capacidad de los sistemas de salud para abordar el problema e incorporar las lecciones aprendidas en lo programas de SIDA actuales y futuros, comenta Voetberg.
El TAP se financia gracias a una donación de US$59,8 millones de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), la entidad del Banco Mundial que ayuda a los países más pobres del planeta a luchar contra la pobreza entregándoles donaciones y préstamos sin intereses para programas destinados a impulsar el crecimiento económico y mejorar las condiciones de vida.
Hasta ahora, más del 90% de unos 15.000 pacientes en los tres países han sido capaces de adherir a sus tratamientos con la ayuda de grupos de apoyo altamente motivados, señala Cassandra de Souza, encargada del TAP en la sede del Banco en Washington, DC.
Y aunque de Souza advierte que aún es muy pronto en el estudio del TAP para hacerse una imagen integral de la resistencia a los medicamentos de parte de los pacientes con SIDA, hasta ahora no ha habido tanta necesidad de tratamiento médico de segunda línea, el más caro, como se esperaba.
Por ejemplo, el índice de fracaso del tratamiento ARV de primera línea es de 3,5% al año en Mozambique, “lo que es bastante bajo”, comenta el Dr. Leonardo Palombi de Drug Resources Enhancement against AIDS and Malnutrition (DREAM), organización no gubernamental que participa en el TAP y que fue creada por la organización cristiana Comunidad de San Egidio.
DREAM, que en 2002 comenzó a entregar Terapia antirretroviral altamente activa (HAART, por sus siglas en inglés) en forma gratuita a pacientes de Mozambique, es una de las tres ONG que participan en el programa TAP en Mozambique.
El grupo entrega los medicamentos antirretrovirales a 20.000 pacientes. Además, ha capacitado a 1.000 profesionales de la salud y construyó laboratorios especializados en biología molecular para realizar el seguimiento a los pacientes con SIDA mediante los exámenes pertinentes.
Palombi espera que los datos del TAP ayuden a determinar la tasa en la cual las personas necesitarán tratamiento ARV de primera, segunda, tercera e incluso cuarta generación y que de este modo se puedan proyectar las necesidades de futuros cohortes de pacientes con SIDA.
A diferencia de los otros dos países en que se aplica el TAP, Ghana y Burkina Faso, donde la epidemia se está nivelando, Mozambique “sigue la tendencia de Sudáfrica” y se encuentra en lo que podría definirse como un “período epidémico explosivo”, señala Palombi.
“El mayor desafío ahora es ampliar el tratamiento a un porcentaje mucho mayor de infectados, porque lamentablemente Mozambique tiene 1,4 millones de personas VIH positivas. Es necesario que lleguemos a muchos más individuos”, agrega.
El TAP ofrece apoyo y financiamiento para medicamentos ARV, atención y apoyo en casa, medicamentos para contrarrestar las infecciones oportunistas en pacientes con SIDA, exámenes voluntarios y consejería y prevención, incluida la prevención de la transmisión del VIH de la madre al hijo.
El programa de más envergadura se lleva a cabo en Mozambique, donde los servicios se brindan a través de DREAM y otras dos grandes ONG internacionales que ya funcionaban en el país: Pathfinder International y Health Alliance International (HAI).
En Burkina Faso, el TAP recurre a grandes redes de pequeñas organizaciones de pacientes que fueron creadas a nivel comunitario por personas que viven con VIH y otras afectadas por la epidemia del SIDA.
El programa de Ghana usa un enfoque de asociación entre el sector público y el privado para asegurar que las empresas privadas se involucren en el proceso de aumentar la cobertura del tratamiento. Para este fin, trabaja a través de Family Health International (FHI), National Catholic Health Services (NCHS) y la Private Enterprise Foundation (PEF).
Investigación
El Development Research Group (DECRG, Grupo de investigación para el desarrollo) del Banco Mundial estudia el enfoque particular de cada país como parte de una investigación sobre los beneficios socioeconómicos de la terapia antirretroviral (ART) para pacientes y sus hogares, señala Damien de Walque.
“La mayoría de los doctores se sienten felices de haber podido salvar vidas, pero la ART conlleva beneficios adicionales que es importante medir”, comenta de Walque.
El estudio analiza la forma en que la salud de un paciente con SIDA afecta su capacidad de trabajo, además de los efectos de su enfermedad en los familiares que lo cuidan o en sus hijos, en especial si éstos son capaces de ir a la escuela.
También se concentra en el efecto de la ART en la prevención del VIH, por ejemplo, si la accesibilidad al tratamiento hace que las personas están más dispuestas a hacerse el examen del VIH o si por el contrario les hace pensar que el riesgo no es tan grande y se relajan respecto de la enfermedad.
“Es una pregunta importante. Queremos evitar muchas infecciones nuevas y recopilamos datos al respecto”, indica de Walque.
Señala que el personal del DECRG investiga los hogares de pacientes y hogares dentro de la población general para fines comparativos. Para ello, hace un seguimiento de cada paciente durante 18 meses, lo que idealmente comienza antes del inicio del tratamiento.
La investigación involucra 600 hogares con pacientes y 300 hogares sin pacientes en Burkina Faso; cerca de 900 y 600, respectivamente, en Ghana y un total propuesto de 1.800 en Mozambique.
También se recopila información en centros de salud para medir los efectos de la calidad del tratamiento, como los tiempos de espera por el servicio o si el trato que reciben los pacientes es cordial, como asimismo el nivel de adhesión de los pacientes al tratamiento.
“La pregunta es cómo estimular esa adhesión”, señala de Walque, “ya que es importante para el éxito del tratamiento. Una mala adhesión podría generar cepas resistentes del virus.
“Buscamos un mecanismo de adhesión que sí funcione”.