Al momento de redactar este escrito (1 de junio, 2009), el brote de influenza H1N1 no ha completado su curso, aunque existen signos esperanzadores de que no sea tan letal ni se propague con tanta facilidad como en un principio se habría pensado. Estimaciones iniciales sugieren que su severidad cíclica es similar a la de la influenza de Hong Kong de 1968-69 y que, si bien su tasa de contagio (de propagación) es más alta que la de la influenza común, se encuentra en la gama inferior de previas pandemias de influenza (Fraser et al., 2009). Poblaciones jóvenes e individuos con enfermedades crónicas parecen ser los más vulnerables, en parte porque hasta un 33 por ciento de las personas de 60 años y mayores parecen tener cierta inmunidad a ella (Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, 2009). A la fecha, la Organización Mundial de la Salud reporta unos 12,954 casos de la influenza, confirmados por laboratorios, en 46 países, y 92 muertes. Más de 90 por ciento de los casos registrados hasta ahora son en América del Norte, y todos menos 12 decesos han ocurrido en México, en el cual ha ocurrido alrededor de la tercera parte de todos los casos. Aún no se sabe qué explica las tasas de mortalidad mucho menores fuera de México. Entre las posibles explicaciones figuran: una incidencia mucho más alta de la enfermedad de la que se reportó en México y, por tanto, una tasa de mortalidad más baja; el momento del brote, hacia el final de la temporada de influenza en el hemisferio norte y algún cofactor agravante aún desconocido. Hasta ahora, los costos económicos de la epidemia se han concentrado en México y en los sectores del transporte. Los vuelos hacia y desde México han disminuido en 80 por ciento, y los hoteles en sitios populares de recreo reportan tasas de desocupación que llegan hasta un 80 por ciento. En general, los ingresos por el turismo han bajado un 43 por ciento estimado, lo cual incrementa la brecha de financiamiento de México con el exterior porque el turismo es una fuente importante de divisas. Luego de un cierre inicial de restaurantes, teatros y estadios deportivos, las autoridades mexicanas ordenaron que todos los negocios cerraran durante cinco días en un esfuerzo por frenar la propagación de la enfermedad. Como esta medida se aplicó durante un fin de semana largo, su efecto económico fue mucho menor de lo que habría sido si se hubiese declarado en el curso de una semana laboral normal. Si persisten los niveles recientes de perturbación en las empresas comerciales, restauranteras, hoteleras y de transporte en la región de la ciudad de México (que representa 30 por ciento del PIB del país), podrían reducir el PIB del segundo trimestre hasta en 2.2 por ciento. 
Aun cuando la tasa de propagación del A H1N1 parece haber disminuido, es probable que repunte al comenzar la temporada de influenza en el hemisferio sur y una vez más cuando regrese al hemisferio norte. Incluso si no muta hacia una forma más letal, una segunda ola de la influenza en países de ingreso bajo podría tener serias consecuencias, dada la limitada capacidad de esos países para vigilar y atender un brote y una mayor incidencia de enfermedades crónicas dentro de sus poblaciones (la preexistencia de condiciones crónicas de salud y las demoras antes de la intervención médica parecen estar entre los factores que han contribuido a los fallecimientos allí donde han ocurrido). Más preocupante es la posibilidad de que el H1N1 pudiera mutar hacia una forma más agresiva de la influenza o combinarse con ella, tal como la influenza aviar H5N1. Al ser una influenza para la cual gran parte de la población mundial tiene limitada inmunidad preexistente (OMS 2009), la A H1N1 podría infectar hasta 35 por ciento de la población mundial (OMS, 2006) y extenderse por el mundo en tan sólo 180 días durante la temporada de influenza. En comparación con una temporada normal de influenza, en la que mueren unos 0.2-1.5 millones de personas (OMS, 2003), los decesos por una influenza nueva, incluso leve, podrían sumar unos 1.4 millones de personas más en todo el planeta. Una forma más virulenta, como la de la influenza de 1918-19, que fue más letal para adultos saludables que una influenza común, podría tener consecuencias mucho más serias, y causar la muerte hasta de 1 de cada 40 individuos infectados (Barry, 2005), o unos 71 millones. Algunos autores sugieren que en caso que se dé el peor escenario podrían fallecer entre 180 millones y 260 millones de personas (Osterholm, 2005). Simulaciones de los costos económicos y humanos potenciales de una pandemia global, llevados a cabo por el informe Financiamiento global al desarrollo de 2006, en el contexto de la influenza aviar (Burns, Van der Mensbrugghe y Timmer, 2006, 2008), sugieren que los costos de una pandemia global de influenza podrían oscilar entre 0.7 y 4.8 por ciento del PIB global, dependiendo de la severidad del brote. La estimación más baja se basa en la influenza de Hong Kong de 1968-69, en tanto la cifra mayor se fundamenta en la "Gripe española" de 1918-19. En caso de una pandemia de influenza, 70 por ciento del costo económico general provendría del ausentismo y de los esfuerzos por evitar la infección. En términos generales, los países en desarrollo serían las más golpeadas, porque las mayores densidades de población, los sistemas relativamente débiles de atención a la salud y la pobreza acentúan los impactos económicos en algunos países. 
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