| Declaración del Sr. Rubens Ricupero, Secretario General, UNCTAD Es común, de hecho casi obligatorio, comenzar las declaraciones formuladas en reuniones de tanta importancia como ésta con un llamamiento a las personas responsables de la elaboración de políticas para que se preparen para los nuevos retos mundiales que surgirán con el nuevo milenio. Muchas de estas observaciones simplifican los problemas de tal manera que terminan ignorando realidades económicas concretas. La economía mundial, al finalizar el siglo, ha convertido al planeta en un lugar mucho más dividido, inestable e inseguro y ha creado una muy difícil situación para las perspectivas de desarrollo. El apego excesivo a las soluciones normativas convencionales no ha ayudado mucho a revertir esta situación y, de hecho, es en cierto modo responsable del empeoramiento de las condiciones en los últimos dos años. El breve optimismo que acompañó al mayor crecimiento registrado en 1996 y la primera mitad de 1997 desapareció con el sismo financiero que asoló a Tailandia en el verano de 1997, y que, con sus temblores, produjo una caída acelerada del crecimiento mundial. La crisis no se vinculó a un país o región en particular. Tras devastar a Asia oriental y a Rusia, acaba de postrar a América Latina. Y no hay quién sepa si ha llegado a su fin o si su energía destructiva afectará a otros países y regiones. Nadie pone en duda las dificultades económicas y sociales y el posible daño político provocados por este fenómeno. Lo que ahora hay que confrontar honestamente es una crisis de desarrollo que ha surgido como producto de este trastorno financiero. Defino esta situación como una crisis de desarrollo por tres razones fundamentales. Primero, la crisis no sólo comenzó en un país en desarrollo, sino que, hasta ahora, ha dirigido su fuerza maligna a las regiones del mundo en desarrollo o en transición. En general, los países industriales no sufrieron las consecuencias de esta enfermedad corrosiva. De hecho, si se realiza un balance de la situación, probablemente resultaron beneficiados. Sacaron provecho de la caída sin precedentes en los precios de los productos básicos y de la importación a bajo costo de productos manufacturados en los países que se vieron obligados a devaluar sus monedas. Para la región de la OCDE, la disminución de los precios de los productos básicos produjo un mejoramiento de un 5% en su relación de intercambio, lo cual ayudó en gran medida a mantener sus niveles de ingresos, reducir la inflación y disminuir las tasas de interés. También se beneficiaron con la fuga de capitales a lugares más seguros ocurrida después del disturbio financiero en los mercados emergentes, que dio más ímpetu a los mercados de valores del Norte y ayudó a apuntalar el gasto en el consumo. Este fenómeno se manifestó en su forma más pronunciada en los Estados Unidos, país que está en su octavo año de recuperación, lo cual no tiene precedentes en su historia. De hecho, desde que tuvo lugar la crisis en Asia oriental, los consumidores de ese país se han embarcado en un maratón de compras. El consumo privado en los Estados Unidos ascendió a aproximadamente US$370.000 millones entre el segundo trimestre de 1997 y el último trimestre de 1998, más que el ingreso anual total de los países de ingreso bajo (excluidas China e India). En contraste, muchas partes del mundo en desarrollo han visto cómo los frutos de décadas de crecimiento económico y reducción de la pobreza se evaporaron en cuestión de semanas. El fenómeno afectó a casi todos los países en desarrollo, y países como China o los países de Asia meridional –que en un principio se mantuvieron relativamente a salvo– ya están empezando a sufrir las consecuencias de la recesión en otras partes del mundo. El resultado neto es que el crecimiento del mundo desarrollado en 1998 superó al de los países en desarrollo por primera vez en muchos años; el crecimiento de los primeros fue del 2,3%, mientras que el de los segundos fue del 1,5%, incluida China. Si se excluye a este país, el crecimiento medio de los países en desarrollo bajó al 0,4%. Las perspectivas para 1999 para el mundo en desarrollo son todavía más sombrías. Los celebrados indicios de una recuperación de Asia en 1999 coincidieron con una profunda conmoción de las economías de América Latina, resultado de la crisis de la moneda brasileña y de los problemas financieros que trajo consigo. Es probable que este año la región siga embarcada en un proceso de recesión. Esta situación presenta un gran contraste con el crecimiento registrado en América Latina en 1997, el más alto en 25 años. La imposibilidad de los países en transición de Europa oriental de sobreponerse a la crisis de Rusia tuvo una repercusión significativa en el crecimiento de esa región en 1998 y, aparentemente, este año incluso está oscureciendo el panorama de las economías en transición más sólidas. Si la esperanza del desarrollo se basa en la posibilidad de crecer en forma más rápida y, con ello, estrechar la brecha que separa a los países ricos de los pobres, esta reversión de la tendencia representa un fracaso para toda la comunidad internacional. También plantea serias dudas acerca del criterio general que se está utilizando en materia de desarrollo. La segunda razón para decir que esta es una crisis de desarrollo es que, paradójicamente, lo ocurrido ha tenido repercusiones en las naciones más adelantadas del mundo en desarrollo. Casi no caben dudas de que en las economías que dependen de los productos básicos, especialmente en África al sur del Sahara, la breve reanimación del crecimiento se vio minada por la misma dinámica de precios que ha ayudado al Norte. Lo que quizás sea más sorprendente es el riesgo a que se enfrentan ahora las economías más exitosas y flexibles: los llamados mercados emergentes. Si el desarrollo es un proceso que va reduciendo la vulnerabilidad a las conmociones externas, ¿cómo se explica que algunos de los países más afectados hayan sido, precisamente, aquellos que estaban tan avanzados que, en general, se había considerado que habían pasado a engrosar las filas de la OCDE o estaban próximos a formar parte de ellas? ¿Se debe culpar acaso a las políticas nacionales de reglamentación y supervisión financiera? De ser así, ¿cómo se explica que el contagio a través del comercio y las finanzas haya provocado grandes déficits en las cuentas corrientes y reducido en forma aguda el crecimiento en otros países con sólidos sistemas financieros y principios macroeconómicos? ¿Se puede explicar el fenómeno por la estrecha integración a un sistema financiero mundial intrínsecamente inestable? Sin lugar a dudas, con el correr del tiempo se reafirmarán los principios, pero la experiencia demuestra cuán vulnerable a los vaivenes de los mercados financieros internacionales es una amplia mayoría de los países. La tercera razón para afirmar que se trata de una crisis de desarrollo es el hecho de que el fenómeno de expansión y contracción de los países en desarrollo, lejos de ser una excepción, es cada vez más frecuente y generalizado. Los problemas actuales no están relacionados con la etapa descendente del ciclo económico que tiene lugar regularmente en las economías de mercado, que, por lo general, genera breves recesiones a las que siguen fases de expansión. Estos problemas son, en realidad, más similares a las crisis estructurales que desestabilizaron profundamente la economía mundial entre las dos guerras, en que los años de recesión o depresión eran tan frecuentes como los de recuperación y crecimiento. Los paralelismos históricos nunca son perfectos, pero las similitudes sí pueden dar una idea de los posibles errores. Se puede afirmar que contentarse con que la crisis ha pasado podría, en la situación actual, generar una brusca reacción tanto en el Norte como en el Sur, que haría retroceder las perspectivas económicas mundiales a niveles de un pasado bastante lejano. Ni el retorno a la estabilidad en las conmocionadas economías de Asia, ni la aparente contención de los efectos de la crisis de Brasil en sus vecinos de América Latina debería ocultar los riesgos perniciosos inmediatos a que se enfrenta la economía mundial en 1999. Esos riesgos son tanto producto de las medidas normativas como consecuencias inevitables de las fuerzas económicas mundiales. Siguiendo los principios convencionales se propusieron varias medidas para compensar la disminución de las corrientes de capital en muchos países en desarrollo, que, en realidad, podrían llegar a empeorar la situación. Por ejemplo, las tasas de interés elevadas, cuyo objetivo es compensar el aumento de las primas de riesgo y mantener la inversión extranjera, también reducen la actividad económica, empeoran la situación fiscal y debilitan el balance general de empresas y bancos. Sin embargo, los países en desarrollo no son los únicos que todavía se encuentran en una situación de riesgo. Una pronunciada corrección de las cotizaciones de las acciones industriales, una reducción de los gastos de los consumidores para restablecer las tasas de ahorros, los efectos residuales de las fricciones comerciales, los giros de los tipos de cambio provocados por las preocupaciones de los inversionistas por el amplio y cada vez mayor déficit de la cuenta corriente de los Estados Unidos, y las dificultades económicas y financieras del Japón, que siguen agudizándose, pueden ser los posibles catalistas de otro ciclo de volatilidad en los mercados financieros mundiales y contribuir a una mayor disminución del crecimiento económico. La responsabilidad y la posibilidad de actuar recaen en los encargados de la formulación de políticas en el Norte. Las políticas monetarias podrían influir en esta situación, pero esa influencia sería bastante limitada en la mayoría de los casos. No obstante, contrariamente a lo ocurrido en situaciones anteriores de cambios desfavorables de la coyuntura, en esta ocasión habría una flexibilidad sustancial para que el gasto público desempeñe su función tradicional de estabilizador de la demanda global. Habida cuenta de la existencia de esos riesgos, tal vez sea hora de estudiar seriamente la posibilidad de optar por alternativas más osadas. Dado que los países en desarrollo tienen una capacidad limitada para emprender políticas expansionistas, una posible medida para compensar esta disminución imprevista del crecimiento podría ser una infusión directa de liquidez en los países en desarrollo por conducto de los canales oficiales para aumentar la demanda, las importaciones y el crecimiento. Habida cuenta de la propensión de los países en desarrollo al gasto y a la importación, un plan de ese tipo podría tener repercusiones muy positivas en la demanda y el crecimiento económicos mundiales. Los países mejor ubicados para desempeñar un importante papel en ese sentido, reciclando sus superávit comerciales, son el Japón y los Estados Unidos. El Plan Miyazawa es un modelo a seguir. Pero también deberían investigarse otras modalidades para generar un aumento directo de la liquidez. Una posibilidad sería eliminar la deuda pendiente de los países pobres muy endeudados mediante una rápida anulación de la deuda oficial y multilateral impagable. La creación de un órgano independiente encargado de evaluar esta cuestión, como se sugirió en el informe del año pasado titulado Trade and Development Report sobre África, podría contribuir sobremanera a este objetivo. Asimismo, con una nueva asignación sustancial de DEG a los países en desarrollo se podría ayudar no sólo a los países que corren el riesgo de sufrir los efectos del contagio, sino también a la financiación de las cuentas corrientes y del comercio, en momentos en que ni siquiera los países en desarrollo de ingreso mediano pueden acceder a una financiación privada a costos razonables. En las últimas reuniones que celebramos en septiembre, pareció que la gravedad de la crisis de Asia y su rápida repercusión en las economías con sólidos cimientos, tanto de dentro como de fuera de la región, galvanizaría a la comunidad internacional para adoptar medidas concertadas. Durante algunas semanas se tuvo la impresión de que la necesidad de una nueva estructura financiera produciría propuestas concretas y que la gestación de una catástrofe finalmente conquistaría la inercia. En realidad, confundimos los deseos con la realidad. Con la recuperación de Wall Street a finales de 1998 todo volvió a la normalidad. Hasta ahora los esfuerzos realizados para volver a diseñar la estructura financiera han dado lugar a una proliferación de reuniones, comunicados, grupos y foros. Y justamente ahora, que los países en desarrollo se están volviendo cada vez más vulnerables a las presiones financieras externas, se pone de manifiesto una falta de disposición a tener en cuenta sus preocupaciones e intereses. Esto se debe tal vez a que la crisis que estamos presenciando no cumple con todos los requisitos para ser una crisis óptima, es decir, una crisis que por su gravedad, obliga finalmente a los poderosos a tomar medidas que no serán obliteradas por la seriedad con que las aplican. Es así como los retrasos y las negaciones han llegado a dominar esta cuestión. Algunos de los participantes en este debate, alentados quizás por la perversa selectividad de la crisis, hasta se atreven a afirmar que la estructura actual no tiene nada de malo. Con mucho, dicen, se trata simplemente de mejorar las cañerías. Sin embargo, si la crisis retorna con más ímpetu, posibilidad que no dejamos de lado, los promotores de la negación tal vez se vean abocados, como la tripulación del Titanic, a la tarea de acomodar los muebles en la cubierta de un barco que se está hundiendo o a la de tocar el vals de la Transparencia para los pasajeros que se están ahogando por la falta de botes salvavidas. 4 Declaración del Sr. Rubens Ricupero, Secretario General, UNCTAD Es común, de hecho casi obligatorio, comenzar las declaraciones formuladas en reuniones de tanta importancia como ésta con un llamamiento a las personas responsables de la elaboración de políticas para que se preparen para los nuevos retos mundiales que surgirán con el nuevo milenio. Muchas de estas observaciones simplifican los problemas de tal manera que terminan ignorando realidades económicas concretas. La economía mundial, al finalizar el siglo, ha convertido al planeta en un lugar mucho más dividido, inestable e inseguro y ha creado una muy difícil situación para las perspectivas de desarrollo. El apego excesivo a las soluciones normativas convencionales no ha ayudado mucho a revertir esta situación y, de hecho, es en cierto modo responsable del empeoramiento de las condiciones en los últimos dos años. El breve optimismo que acompañó al mayor crecimiento registrado en 1996 y la primera mitad de 1997 desapareció con el sismo financiero que asoló a Tailandia en el verano de 1997, y que, con sus temblores, produjo una caída acelerada del crecimiento mundial. La crisis no se vinculó a un país o región en particular. Tras devastar a Asia oriental y a Rusia, acaba de postrar a América Latina. Y no hay quién sepa si ha llegado a su fin o si su energía destructiva afectará a otros países y regiones. Nadie pone en duda las dificultades económicas y sociales y el posible daño político provocados por este fenómeno. Lo que ahora hay que confrontar honestamente es una crisis de desarrollo que ha surgido como producto de este trastorno financiero. Defino esta situación como una crisis de desarrollo por tres razones fundamentales. Primero, la crisis no sólo comenzó en un país en desarrollo, sino que, hasta ahora, ha dirigido su fuerza maligna a las regiones del mundo en desarrollo o en transición. En general, los países industriales no sufrieron las consecuencias de esta enfermedad corrosiva. De hecho, si se realiza un balance de la situación, probablemente resultaron beneficiados. Sacaron provecho de la caída sin precedentes en los precios de los productos básicos y de la importación a bajo costo de productos manufacturados en los países que se vieron obligados a devaluar sus monedas. Para la región de la OCDE, la disminución de los precios de los productos básicos produjo un mejoramiento de un 5% en su relación de intercambio, lo cual ayudó en gran medida a mantener sus niveles de ingresos, reducir la inflación y disminuir las tasas de interés. También se beneficiaron con la fuga de capitales a lugares más seguros ocurrida después del disturbio financiero en los mercados emergentes, que dio más ímpetu a los mercados de valores del Norte y ayudó a apuntalar el gasto en el consumo. Este fenómeno se manifestó en su forma más pronunciada en los Estados Unidos, país que está en su octavo año de recuperación, lo cual no tiene precedentes en su historia. De hecho, desde que tuvo lugar la crisis en Asia oriental, los consumidores de ese país se han embarcado en un maratón de compras. El consumo privado en los Estados Unidos ascendió a aproximadamente US$370.000 millones entre el segundo trimestre de 1997 y el último trimestre de 1998, más que el ingreso anual total de los países de ingreso bajo (excluidas China e India). En contraste, muchas partes del mundo en desarrollo han visto cómo los frutos de décadas de crecimiento económico y reducción de la pobreza se evaporaron en cuestión de semanas. El fenómeno afectó a casi todos los países en desarrollo, y países como China o los países de Asia meridional –que en un principio se mantuvieron relativamente a salvo– ya están empezando a sufrir las consecuencias de la recesión en otras partes del mundo. El resultado neto es que el crecimiento del mundo desarrollado en 1998 superó al de los países en desarrollo por primera vez en muchos años; el crecimiento de los primeros fue del 2,3%, mientras que el de los segundos fue del 1,5%, incluida China. Si se excluye a este país, el crecimiento medio de los países en desarrollo bajó al 0,4%. Las perspectivas para 1999 para el mundo en desarrollo son todavía más sombrías. Los celebrados indicios de una recuperación de Asia en 1999 coincidieron con una profunda conmoción de las economías de América Latina, resultado de la crisis de la moneda brasileña y de los problemas financieros que trajo consigo. Es probable que este año la región siga embarcada en un proceso de recesión. Esta situación presenta un gran contraste con el crecimiento registrado en América Latina en 1997, el más alto en 25 años. La imposibilidad de los países en transición de Europa oriental de sobreponerse a la crisis de Rusia tuvo una repercusión significativa en el crecimiento de esa región en 1998 y, aparentemente, este año incluso está oscureciendo el panorama de las economías en transición más sólidas. Si la esperanza del desarrollo se basa en la posibilidad de crecer en forma más rápida y, con ello, estrechar la brecha que separa a los países ricos de los pobres, esta reversión de la tendencia representa un fracaso para toda la comunidad internacional. También plantea serias dudas acerca del criterio general que se está utilizando en materia de desarrollo. La segunda razón para decir que esta es una crisis de desarrollo es que, paradójicamente, lo ocurrido ha tenido repercusiones en las naciones más adelantadas del mundo en desarrollo. Casi no caben dudas de que en las economías que dependen de los productos básicos, especialmente en África al sur del Sahara, la breve reanimación del crecimiento se vio minada por la misma dinámica de precios que ha ayudado al Norte. Lo que quizás sea más sorprendente es el riesgo a que se enfrentan ahora las economías más exitosas y flexibles: los llamados mercados emergentes. Si el desarrollo es un proceso que va reduciendo la vulnerabilidad a las conmociones externas, ¿cómo se explica que algunos de los países más afectados hayan sido, precisamente, aquellos que estaban tan avanzados que, en general, se había considerado que habían pasado a engrosar las filas de la OCDE o estaban próximos a formar parte de ellas? ¿Se debe culpar acaso a las políticas nacionales de reglamentación y supervisión financiera? De ser así, ¿cómo se explica que el contagio a través del comercio y las finanzas haya provocado grandes déficits en las cuentas corrientes y reducido en forma aguda el crecimiento en otros países con sólidos sistemas financieros y principios macroeconómicos? ¿Se puede explicar el fenómeno por la estrecha integración a un sistema financiero mundial intrínsecamente inestable? Sin lugar a dudas, con el correr del tiempo se reafirmarán los principios, pero la experiencia demuestra cuán vulnerable a los vaivenes de los mercados financieros internacionales es una amplia mayoría de los países. La tercera razón para afirmar que se trata de una crisis de desarrollo es el hecho de que el fenómeno de expansión y contracción de los países en desarrollo, lejos de ser una excepción, es cada vez más frecuente y generalizado. Los problemas actuales no están relacionados con la etapa descendente del ciclo económico que tiene lugar regularmente en las economías de mercado, que, por lo general, genera breves recesiones a las que siguen fases de expansión. Estos problemas son, en realidad, más similares a las crisis estructurales que desestabilizaron profundamente la economía mundial entre las dos guerras, en que los años de recesión o depresión eran tan frecuentes como los de recuperación y crecimiento. Los paralelismos históricos nunca son perfectos, pero las similitudes sí pueden dar una idea de los posibles errores. Se puede afirmar que contentarse con que la crisis ha pasado podría, en la situación actual, generar una brusca reacción tanto en el Norte como en el Sur, que haría retroceder las perspectivas económicas mundiales a niveles de un pasado bastante lejano. Ni el retorno a la estabilidad en las conmocionadas economías de Asia, ni la aparente contención de los efectos de la crisis de Brasil en sus vecinos de América Latina debería ocultar los riesgos perniciosos inmediatos a que se enfrenta la economía mundial en 1999. Esos riesgos son tanto producto de las medidas normativas como consecuencias inevitables de las fuerzas económicas mundiales. Siguiendo los principios convencionales se propusieron varias medidas para compensar la disminución de las corrientes de capital en muchos países en desarrollo, que, en realidad, podrían llegar a empeorar la situación. Por ejemplo, las tasas de interés elevadas, cuyo objetivo es compensar el aumento de las primas de riesgo y mantener la inversión extranjera, también reducen la actividad económica, empeoran la situación fiscal y debilitan el balance general de empresas y bancos. Sin embargo, los países en desarrollo no son los únicos que todavía se encuentran en una situación de riesgo. Una pronunciada corrección de las cotizaciones de las acciones industriales, una reducción de los gastos de los consumidores para restablecer las tasas de ahorros, los efectos residuales de las fricciones comerciales, los giros de los tipos de cambio provocados por las preocupaciones de los inversionistas por el amplio y cada vez mayor déficit de la cuenta corriente de los Estados Unidos, y las dificultades económicas y financieras del Japón, que siguen agudizándose, pueden ser los posibles catalistas de otro ciclo de volatilidad en los mercados financieros mundiales y contribuir a una mayor disminución del crecimiento económico. La responsabilidad y la posibilidad de actuar recaen en los encargados de la formulación de políticas en el Norte. Las políticas monetarias podrían influir en esta situación, pero esa influencia sería bastante limitada en la mayoría de los casos. No obstante, contrariamente a lo ocurrido en situaciones anteriores de cambios desfavorables de la coyuntura, en esta ocasión habría una flexibilidad sustancial para que el gasto público desempeñe su función tradicional de estabilizador de la demanda global. Habida cuenta de la existencia de esos riesgos, tal vez sea hora de estudiar seriamente la posibilidad de optar por alternativas más osadas. Dado que los países en desarrollo tienen una capacidad limitada para emprender políticas expansionistas, una posible medida para compensar esta disminución imprevista del crecimiento podría ser una infusión directa de liquidez en los países en desarrollo por conducto de los canales oficiales para aumentar la demanda, las importaciones y el crecimiento. Habida cuenta de la propensión de los países en desarrollo al gasto y a la importación, un plan de ese tipo podría tener repercusiones muy positivas en la demanda y el crecimiento económicos mundiales. Los países mejor ubicados para desempeñar un importante papel en ese sentido, reciclando sus superávit comerciales, son el Japón y los Estados Unidos. El Plan Miyazawa es un modelo a seguir. Pero también deberían investigarse otras modalidades para generar un aumento directo de la liquidez. Una posibilidad sería eliminar la deuda pendiente de los países pobres muy endeudados mediante una rápida anulación de la deuda oficial y multilateral impagable. La creación de un órgano independiente encargado de evaluar esta cuestión, como se sugirió en el informe del año pasado titulado Trade and Development Report sobre África, podría contribuir sobremanera a este objetivo. Asimismo, con una nueva asignación sustancial de DEG a los países en desarrollo se podría ayudar no sólo a los países que corren el riesgo de sufrir los efectos del contagio, sino también a la financiación de las cuentas corrientes y del comercio, en momentos en que ni siquiera los países en desarrollo de ingreso mediano pueden acceder a una financiación privada a costos razonables. En las últimas reuniones que celebramos en septiembre, pareció que la gravedad de la crisis de Asia y su rápida repercusión en las economías con sólidos cimientos, tanto de dentro como de fuera de la región, galvanizaría a la comunidad internacional para adoptar medidas concertadas. Durante algunas semanas se tuvo la impresión de que la necesidad de una nueva estructura financiera produciría propuestas concretas y que la gestación de una catástrofe finalmente conquistaría la inercia. En realidad, confundimos los deseos con la realidad. Con la recuperación de Wall Street a finales de 1998 todo volvió a la normalidad. Hasta ahora los esfuerzos realizados para volver a diseñar la estructura financiera han dado lugar a una proliferación de reuniones, comunicados, grupos y foros. Y justamente ahora, que los países en desarrollo se están volviendo cada vez más vulnerables a las presiones financieras externas, se pone de manifiesto una falta de disposición a tener en cuenta sus preocupaciones e intereses. Esto se debe tal vez a que la crisis que estamos presenciando no cumple con todos los requisitos para ser una crisis óptima, es decir, una crisis que por su gravedad, obliga finalmente a los poderosos a tomar medidas que no serán obliteradas por la seriedad con que las aplican. Es así como los retrasos y las negaciones han llegado a dominar esta cuestión. Algunos de los participantes en este debate, alentados quizás por la perversa selectividad de la crisis, hasta se atreven a afirmar que la estructura actual no tiene nada de malo. Con mucho, dicen, se trata simplemente de mejorar las cañerías. Sin embargo, si la crisis retorna con más ímpetu, posibilidad que no dejamos de lado, los promotores de la negación tal vez se vean abocados, como la tripulación del Titanic, a la tarea de acomodar los muebles en la cubierta de un barco que se está hundiendo o a la de tocar el vals de la Transparencia para los pasajeros que se están ahogando por la falta de botes salvavidas. 4 Declaración del Sr. Rubens Ricupero, Secretario General, UNCTAD Es común, de hecho casi obligatorio, comenzar las declaraciones formuladas en reuniones de tanta importancia como ésta con un llamamiento a las personas responsables de la elaboración de políticas para que se preparen para los nuevos retos mundiales que surgirán con el nuevo milenio. Muchas de estas observaciones simplifican los problemas de tal manera que terminan ignorando realidades económicas concretas. La economía mundial, al finalizar el siglo, ha convertido al planeta en un lugar mucho más dividido, inestable e inseguro y ha creado una muy difícil situación para las perspectivas de desarrollo. El apego excesivo a las soluciones normativas convencionales no ha ayudado mucho a revertir esta situación y, de hecho, es en cierto modo responsable del empeoramiento de las condiciones en los últimos dos años. El breve optimismo que acompañó al mayor crecimiento registrado en 1996 y la primera mitad de 1997 desapareció con el sismo financiero que asoló a Tailandia en el verano de 1997, y que, con sus temblores, produjo una caída acelerada del crecimiento mundial. La crisis no se vinculó a un país o región en particular. Tras devastar a Asia oriental y a Rusia, acaba de postrar a América Latina. Y no hay quién sepa si ha llegado a su fin o si su energía destructiva afectará a otros países y regiones. Nadie pone en duda las dificultades económicas y sociales y el posible daño político provocados por este fenómeno. Lo que ahora hay que confrontar honestamente es una crisis de desarrollo que ha surgido como producto de este trastorno financiero. Defino esta situación como una crisis de desarrollo por tres razones fundamentales. Primero, la crisis no sólo comenzó en un país en desarrollo, sino que, hasta ahora, ha dirigido su fuerza maligna a las regiones del mundo en desarrollo o en transición. En general, los países industriales no sufrieron las consecuencias de esta enfermedad corrosiva. De hecho, si se realiza un balance de la situación, probablemente resultaron beneficiados. Sacaron provecho de la caída sin precedentes en los precios de los productos básicos y de la importación a bajo costo de productos manufacturados en los países que se vieron obligados a devaluar sus monedas. Para la región de la OCDE, la disminución de los precios de los productos básicos produjo un mejoramiento de un 5% en su relación de intercambio, lo cual ayudó en gran medida a mantener sus niveles de ingresos, reducir la inflación y disminuir las tasas de interés. También se beneficiaron con la fuga de capitales a lugares más seguros ocurrida después del disturbio financiero en los mercados emergentes, que dio más ímpetu a los mercados de valores del Norte y ayudó a apuntalar el gasto en el consumo. Este fenómeno se manifestó en su forma más pronunciada en los Estados Unidos, país que está en su octavo año de recuperación, lo cual no tiene precedentes en su historia. De hecho, desde que tuvo lugar la crisis en Asia oriental, los consumidores de ese país se han embarcado en un maratón de compras. El consumo privado en los Estados Unidos ascendió a aproximadamente US$370.000 millones entre el segundo trimestre de 1997 y el último trimestre de 1998, más que el ingreso anual total de los países de ingreso bajo (excluidas China e India). En contraste, muchas partes del mundo en desarrollo han visto cómo los frutos de décadas de crecimiento económico y reducción de la pobreza se evaporaron en cuestión de semanas. El fenómeno afectó a casi todos los países en desarrollo, y países como China o los países de Asia meridional –que en un principio se mantuvieron relativamente a salvo– ya están empezando a sufrir las consecuencias de la recesión en otras partes del mundo. El resultado neto es que el crecimiento del mundo desarrollado en 1998 superó al de los países en desarrollo por primera vez en muchos años; el crecimiento de los primeros fue del 2,3%, mientras que el de los segundos fue del 1,5%, incluida China. Si se excluye a este país, el crecimiento medio de los países en desarrollo bajó al 0,4%. Las perspectivas para 1999 para el mundo en desarrollo son todavía más sombrías. Los celebrados indicios de una recuperación de Asia en 1999 coincidieron con una profunda conmoción de las economías de América Latina, resultado de la crisis de la moneda brasileña y de los problemas financieros que trajo consigo. Es probable que este año la región siga embarcada en un proceso de recesión. Esta situación presenta un gran contraste con el crecimiento registrado en América Latina en 1997, el más alto en 25 años. La imposibilidad de los países en transición de Europa oriental de sobreponerse a la crisis de Rusia tuvo una repercusión significativa en el crecimiento de esa región en 1998 y, aparentemente, este año incluso está oscureciendo el panorama de las economías en transición más sólidas. Si la esperanza del desarrollo se basa en la posibilidad de crecer en forma más rápida y, con ello, estrechar la brecha que separa a los países ricos de los pobres, esta reversión de la tendencia representa un fracaso para toda la comunidad internacional. También plantea serias dudas acerca del criterio general que se está utilizando en materia de desarrollo. La segunda razón para decir que esta es una crisis de desarrollo es que, paradójicamente, lo ocurrido ha tenido repercusiones en las naciones más adelantadas del mundo en desarrollo. Casi no caben dudas de que en las economías que dependen de los productos básicos, especialmente en África al sur del Sahara, la breve reanimación del crecimiento se vio minada por la misma dinámica de precios que ha ayudado al Norte. Lo que quizás sea más sorprendente es el riesgo a que se enfrentan ahora las economías más exitosas y flexibles: los llamados mercados emergentes. Si el desarrollo es un proceso que va reduciendo la vulnerabilidad a las conmociones externas, ¿cómo se explica que algunos de los países más afectados hayan sido, precisamente, aquellos que estaban tan avanzados que, en general, se había considerado que habían pasado a engrosar las filas de la OCDE o estaban próximos a formar parte de ellas? ¿Se debe culpar acaso a las políticas nacionales de reglamentación y supervisión financiera? De ser así, ¿cómo se explica que el contagio a través del comercio y las finanzas haya provocado grandes déficits en las cuentas corrientes y reducido en forma aguda el crecimiento en otros países con sólidos sistemas financieros y principios macroeconómicos? ¿Se puede explicar el fenómeno por la estrecha integración a un sistema financiero mundial intrínsecamente inestable? Sin lugar a dudas, con el correr del tiempo se reafirmarán los principios, pero la experiencia demuestra cuán vulnerable a los vaivenes de los mercados financieros internacionales es una amplia mayoría de los países. La tercera razón para afirmar que se trata de una crisis de desarrollo es el hecho de que el fenómeno de expansión y contracción de los países en desarrollo, lejos de ser una excepción, es cada vez más frecuente y generalizado. Los problemas actuales no están relacionados con la etapa descendente del ciclo económico que tiene lugar regularmente en las economías de mercado, que, por lo general, genera breves recesiones a las que siguen fases de expansión. Estos problemas son, en realidad, más similares a las crisis estructurales que desestabilizaron profundamente la economía mundial entre las dos guerras, en que los años de recesión o depresión eran tan frecuentes como los de recuperación y crecimiento. Los paralelismos históricos nunca son perfectos, pero las similitudes sí pueden dar una idea de los posibles errores. Se puede afirmar que contentarse con que la crisis ha pasado podría, en la situación actual, generar una brusca reacción tanto en el Norte como en el Sur, que haría retroceder las perspectivas económicas mundiales a niveles de un pasado bastante lejano. Ni el retorno a la estabilidad en las conmocionadas economías de Asia, ni la aparente contención de los efectos de la crisis de Brasil en sus vecinos de América Latina debería ocultar los riesgos perniciosos inmediatos a que se enfrenta la economía mundial en 1999. Esos riesgos son tanto producto de las medidas normativas como consecuencias inevitables de las fuerzas económicas mundiales. Siguiendo los principios convencionales se propusieron varias medidas para compensar la disminución de las corrientes de capital en muchos países en desarrollo, que, en realidad, podrían llegar a empeorar la situación. Por ejemplo, las tasas de interés elevadas, cuyo objetivo es compensar el aumento de las primas de riesgo y mantener la inversión extranjera, también reducen la actividad económica, empeoran la situación fiscal y debilitan el balance general de empresas y bancos. Sin embargo, los países en desarrollo no son los únicos que todavía se encuentran en una situación de riesgo. Una pronunciada corrección de las cotizaciones de las acciones industriales, una reducción de los gastos de los consumidores para restablecer las tasas de ahorros, los efectos residuales de las fricciones comerciales, los giros de los tipos de cambio provocados por las preocupaciones de los inversionistas por el amplio y cada vez mayor déficit de la cuenta corriente de los Estados Unidos, y las dificultades económicas y financieras del Japón, que siguen agudizándose, pueden ser los posibles catalistas de otro ciclo de volatilidad en los mercados financieros mundiales y contribuir a una mayor disminución del crecimiento económico. La responsabilidad y la posibilidad de actuar recaen en los encargados de la formulación de políticas en el Norte. Las políticas monetarias podrían influir en esta situación, pero esa influencia sería bastante limitada en la mayoría de los casos. No obstante, contrariamente a lo ocurrido en situaciones anteriores de cambios desfavorables de la coyuntura, en esta ocasión habría una flexibilidad sustancial para que el gasto público desempeñe su función tradicional de estabilizador de la demanda global. Habida cuenta de la existencia de esos riesgos, tal vez sea hora de estudiar seriamente la posibilidad de optar por alternativas más osadas. Dado que los países en desarrollo tienen una capacidad limitada para emprender políticas expansionistas, una posible medida para compensar esta disminución imprevista del crecimiento podría ser una infusión directa de liquidez en los países en desarrollo por conducto de los canales oficiales para aumentar la demanda, las importaciones y el crecimiento. Habida cuenta de la propensión de los países en desarrollo al gasto y a la importación, un plan de ese tipo podría tener repercusiones muy positivas en la demanda y el crecimiento económicos mundiales. Los países mejor ubicados para desempeñar un importante papel en ese sentido, reciclando sus superávit comerciales, son el Japón y los Estados Unidos. El Plan Miyazawa es un modelo a seguir. Pero también deberían investigarse otras modalidades para generar un aumento directo de la liquidez. Una posibilidad sería eliminar la deuda pendiente de los países pobres muy endeudados mediante una rápida anulación de la deuda oficial y multilateral impagable. La creación de un órgano independiente encargado de evaluar esta cuestión, como se sugirió en el informe del año pasado titulado Trade and Development Report sobre África, podría contribuir sobremanera a este objetivo. Asimismo, con una nueva asignación sustancial de DEG a los países en desarrollo se podría ayudar no sólo a los países que corren el riesgo de sufrir los efectos del contagio, sino también a la financiación de las cuentas corrientes y del comercio, en momentos en que ni siquiera los países en desarrollo de ingreso mediano pueden acceder a una financiación privada a costos razonables. En las últimas reuniones que celebramos en septiembre, pareció que la gravedad de la crisis de Asia y su rápida repercusión en las economías con sólidos cimientos, tanto de dentro como de fuera de la región, galvanizaría a la comunidad internacional para adoptar medidas concertadas. Durante algunas semanas se tuvo la impresión de que la necesidad de una nueva estructura financiera produciría propuestas concretas y que la gestación de una catástrofe finalmente conquistaría la inercia. En realidad, confundimos los deseos con la realidad. Con la recuperación de Wall Street a finales de 1998 todo volvió a la normalidad. Hasta ahora los esfuerzos realizados para volver a diseñar la estructura financiera han dado lugar a una proliferación de reuniones, comunicados, grupos y foros. Y justamente ahora, que los países en desarrollo se están volviendo cada vez más vulnerables a las presiones financieras externas, se pone de manifiesto una falta de disposición a tener en cuenta sus preocupaciones e intereses. Esto se debe tal vez a que la crisis que estamos presenciando no cumple con todos los requisitos para ser una crisis óptima, es decir, una crisis que por su gravedad, obliga finalmente a los poderosos a tomar medidas que no serán obliteradas por la seriedad con que las aplican. Es así como los retrasos y las negaciones han llegado a dominar esta cuestión. Algunos de los participantes en este debate, alentados quizás por la perversa selectividad de la crisis, hasta se atreven a afirmar que la estructura actual no tiene nada de malo. Con mucho, dicen, se trata simplemente de mejorar las cañerías. Sin embargo, si la crisis retorna con más ímpetu, posibilidad que no dejamos de lado, los promotores de la negación tal vez se vean abocados, como la tripulación del Titanic, a la tarea de acomodar los muebles en la cubierta de un barco que se está hundiendo o a la de tocar el vals de la Transparencia para los pasajeros que se están ahogando por la falta de botes salvavidas. |