Colombia: oportunidades para salir de la pobreza

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El programa colombiano Familias en Acción está apostando por el fortalecimiento de la familia. El programa iniciado en el 2001 con US$150 millones de financiamiento provenientes del Banco Mundial, ha beneficiado a cerca de 347,000 familias en 627 municipalidades, alcanzando a  unas 800, 000 personas. Familias en Acción busca solucionar dos de los principales problemas que impiden que las familias pobres suban en la escala socioeconómica por sus propios medios: falta de nutrición y falta de educación. Estas historias destacan el valor del proyecto para los colombianos pobres. 

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SAMACÁ, 29 de agosto -  Después de que su esposo la abandonó y sin tener casi ninguna educación (asistió a la escuela sólo durante un año), María Elisa Gil vive casi exclusivamente de esperanzas. Sin más alternativas de trabajo que su empleo de clasificadora de papel y vidrio en un centro de reciclaje, María gana un minúsculo salario de 10.000 pesos (US$4) al día. Su jefe quería darle un mejor trabajo como contadora, dice María Elisa, pero ella no tenía la suficiente preparación escolar como para realizar las tareas de contabilidad más básicas.

Desde el rompimiento de su matrimonio hace tres años, María Elisa y sus cuatro hijos han vivido en una habitación en la casa de su hermano situada en la periferia de una pequeña ciudad ubicada unos 160 km al norte de Bogotá. Ella sabe que la educación será la única alternativa que tienen sus hijos para salir de la pobreza. “Espero que mis hijos hagan lo que yo no pude. Me gustaría que pudieran ir a la universidad. Yo les digo ‘Estudien, estudien, estudien’”, dice. “Quiero que digan, ‘Mi madre luchó para que yo pudiera tener éxito en la vida’”.

Las probabilidades están en contra de la mayoría de las familias como la de María Elena Gil. La mitad de los niños colombianos de edad y situación social similar a los niños Gil son forzados a dejar la escuela  para integrarse a la fuerza laboral. Pero el financiamiento proveniente del programa Familias en Acción ofrece a los niños Gil otra opción.

Los programas de desarrollo en países tan diversos con México, Jamaica, Brasil y Turquía han demostrado que al condicionar la ayuda financiera a objetivos para las familias se provee una manera eficaz para ayudarlos a salir de la pobreza. Estos programas han tenido éxito pagando subsidios a familias cuyos niños se mantienen en la escuela y aquellos cuyos infantes reciben chequeos de salud regularmente.

Seis veces al año, la familia recibe 229.000 pesos (unos US$92): 56.000 para María Margarita, de 15 años, y 56.000 para Carlos David, de 14; 28.000 para Laddy Elizabeth, de 11, y 93.000 para Edwin Leonardo, de 3 años. Para los tres niños mayores, el dinero cubre los gastos del uniforme escolar, libros de texto, útiles escolares y meriendas que los mantienen durante su jornada escolar, todos gastos que María Elena no habría podido solventar. Los fondos asignados a su hijo menor ayudan a cubrir los gastos de una nutrición saludable que es crucial para que pueda estar preparado para entrar a la escuela. Los fondos se entregan con la condición de que María Elena lleve al niño a controles médicos periódicos.

El dinero de Familias en Acción no resuelve todos los problemas de la familia Gil. Pero los subsidios sí disminuyen el principal escollo que encuentran los colombianos pobres en sus esfuerzos por mejorar sus vidas.

De regreso a clases

Ana Elisa León, quien también vive en el campo, sabe exactamente cómo la falta de dinero puede reducir los estudios. Sus dos hijas mayores tuvieron que dejar la escuela por dos años y pudieron volver sólo gracias a Familias en Acción. Ana Elisa pudo mantener a cuatro de sus cinco hijos en la escuela (el mayor, de 22 años, no califica para recibir el subsidio del programa) gracias al programa, incluso durante una grave emergencia financiera.

El marido de Ana Elisa es minero del carbón y gana 400.000 pesos al mes. Pero su sueldo se redujo en dos tercios en mayo de 2004 cuando tuvo un accidente y se lastimó el pie, accidente que se estimaba lo tendría fuera de la mina por unos cuatro meses. Ana Elisa tiene un empleo de media jornada preparando meriendas (haciendo colaciones) en otra escuela, pero por ese trabajo sólo recibe 50.000 pesos al mes, una fracción de lo que su familia dejó de percibir debido al accidente. Los niños permanecieron en la escuela sólo gracias a la determinación de sus padres y al subsidio. “Todos los días doy gracias por ese dinero”, dice Ana Elisa León.

Después del abandono escolar

Oscar Alonso Betancourt, de 14 años, regresó a la escuela un año después de haberla dejado en el 2002 cuando se mudó a Bogotá, vivió con unos familiares y trabajó en un taller de silenciadores de automóviles. Ahora es alumno del Colegio de Educación Básica de La Libertad. Durante un recreo para comer conversó sobre su ambición de ser piloto y dijo que “sin el subsidio, tendría que estar trabajando”.

Maria Jhohana Buitrago Sánchez, de 16 años, quiere ser médico y está de acuerdo con Oscar. Al igual que otros compañeros del programa, ella dice que el subsidio no alcanza para satisfacer todas las necesidades de su familia. Aun con la asistencia financiera, su madre apenas puede comprar los uniformes, libros de texto, útiles escolares, colaciones y otros gastos propios de la escuela de los niños. Pero ella y su hermano de 15 años, Omar, concuerdan en que ese dinero es la única razón por la que pueden permanecer en la escuela.

Enfoque clave en la nutrición

Es una mañana a fines de mayo y Concepción Pulido, de 38 años, está preparando el almuerzo en la pequeña cocina de su casa de tres habitaciones situada en el barrio El Bato de Samacá. Ella, su esposo y tres de sus cuatro hijos comerán ensalada de lechuga, pepinillos y tomate, seguido de carne de vaca salteada en una cocina a carbón, todo acompañado por el jugo de una fruta tropical, la curua.

Lo que parece una comida común muy balanceada es una innovación para la familia Pulido. Hace un par de años, la dieta familiar consistía más bien en papas, arroz y pasta. “Los niños solían tener dolores de cabeza frecuentemente”, recuerda ella.

En los talleres organizados por Familias en Acción, Concepción conoció el concepto de nutrición saludable. Con educación hasta el quinto año (normal entre los padres del programa), la idea era totalmente nueva para ella. Tal como otras madres del programa, Concepción siguió el consejo del instructor de plantar un jardín en el patio y cultivar cebollas, porotos, cilantro y lechuga para el consumo familiar. Ella plantó tantos que, de hecho, pudo intercambiar algunos de sus productos con otras madres que cultivaron espinacas y las hierbas aromáticas que los colombianos usan para hacer té.

Durante el programa, Concepción también aprendió sobre el control de la natalidad y cómo realizar el autoexamen para detectar tumores en las mamas.

Familias en Acción está orientado a las familias colombianas más desfavorecidas tanto en términos económicos como geográficos. Una familia recibe 14.000 pesos al mes por cada hijo inscrito en segundo a quinto año escolar y 28.000 pesos al mes por cada hijo matriculado en el curso sexto a undécimo. Se entrega además un subsidio de 46.500 pesos al mes para nutrición saludable por cada hijo de 7 años o menor con la condición de que los niños acudan a controles médicos.

Una nueva visión

Los colombianos de clase media conocen desde su adolescencia lo que Familias en Acción enseña a los adultos sobre nutrición y salud. El programa está orientado a las familias más pobres de ciudades y pueblos colombianos pequeños como Samacá, de 20.000 habitantes, el municipio del Departamento (provincia) de Boyacá donde viven María Elena Gil y Concepción Pulido.

En esa ciudad y en otras, Familias en Acción va más allá de condicionar la entrega de fondos a la matrícula escolar sostenida y a visitas al consultorio, debido a que los pobres no sólo carecen de dinero. “Les entregamos una visión del mundo que existe más allá de lo que ellos están acostumbrados a hacer”, dice Rita Combariza, de 52 años, directora de Familias en Acción. “Trabajamos con ellos para embellecer sus hogares, para darles la idea de que deberíamos hacer que los lugares donde vivimos sean más atractivos”.

Historiadora de profesión, Rita Combariza ha pasado gran parte de su carrera luchando contra la pobreza. La experiencia la ha convencido a ella y a otros veteranos en la tarea del desarrollo de que la clave para mejorar las oportunidades de los niños es fortalecer sus familias, lo que en la práctica significa trabajar con las mujeres.

Eso es especialmente cierto para Familias en Acción, cuya herramienta principal es el dinero. “En todo el mundo”, dice Rita, “son las mujeres las que mejor gastan el dinero”.




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