Equidad, base de la prosperidad

Por François Bourguignon y Pamela Cox*

Publicado en La República (Colombia) el 23 de septiembre de 2005**

La reciente cumbre mundial de las Naciones Unidas se centró en los retos de los países en desarrollo, ante lo cual surge siempre una gran pregunta: Para reducir la pobreza, ¿hay que concentrarse en un mayor crecimiento económico o en reducir las disparidades?¿Es más acelerado el crecimiento con una alta o una baja inequidad?
 
En el nuevo Informe sobre desarrollo mundial 2006: Equidad y Desarrollo, preparado por Francisco Ferreira y Michael Walton, el Banco Mundial sostiene que ésta no es la pregunta adecuada. A largo plazo, la eficiencia y la equidad son complementos, no sustitutos.

Equidad no es lo mismo que igualdad. Por equidad, nos referimos a equidad de oportunidades, oportunidades para acceder a los factores que hacen posible que la gente pueda generar cierto ingreso y acceder a cierto nivel de bienestar. En una sociedad equitativa, todos podemos escoger el tipo de vida que queremos, ya sea en términos de educación, de obtener un crédito, un empleo o participar en el debate público, independientemente de nuestro país de origen, el estatus económico y social de nuestros padres, de nuestra etnicidad o clase social, de si somos hombres o mujeres.

La distribución de ingresos, niveles educativos y bienes materiales son típicamente desiguales en una sociedad equitativa porque las personas difieren en términos del esfuerzo que realizan, su deseo de arriesgarse, o la manera como procesan información. Esta inequidad de ingresos no es sólo aceptable, sino también deseable debido a los incentivos que proporciona.

Lo que no es aceptable es la desigualdad derivada de la falta de oportunidades y de la discriminación. Por ejemplo, una niña indígena nacida en un área pobre de América Latina enfrenta un futuro mucho más difícil que un niño de un barrio rico. Asimismo, los ciudadanos de los países desarrollados viven en promedio 20 años más y tienen al menos 6 años adicionales de escolaridad que quienes viven en países en desarrollo.

Estas diferencias no son solamente moralmente inaceptables; también obstaculizan el crecimiento económico y la reducción de la pobreza. Aunque no hay una relación sistémica entre la desigualdad en el ingreso y el crecimiento, el informe argumenta que la equidad y el crecimiento son, a largo plazo, complementarios. Una mayor equidad promueve una mayor prosperidad.

Ahora bien, si la equidad trae tantos beneficios, ¿por qué tantas sociedades no lo son? Las sociedades que se forman con una distribución inequitativa de recursos tienden a crear instituciones económicas y sociales que a su vez son inequitativas. Por tanto, la inequidad se perpetúa por generaciones, ya que las elites controlan el poder y capturan los beneficios de la actividad económica. Esto no sólo es injusto; también es ineficiente económicamente al impedir que grandes grupos de la población desarrollen su potencial económico.

Aun cuando la historia es importante en la determinación de la inequidad, el cambio es posible. Es más, la historia está llena de ejemplos de gobiernos que han efectuado cambios, espontáneamente, al hacer posibles reformas que favorecen la equidad y la eficiencia, o en respuesta a cambios políticos. Donde hay una base política para los cambios, muchas políticas y programas pueden significar oportunidades para los pobres. Pero la expansión de la equidad para fomentar el crecimiento puede también requerir acciones que pongan límites a la captura por parte de las elites, tales como abrir los sistemas financieros, reducir la concentración del poder del mercado en ciertos sectores, controlar las consecuencias negativas del corporativismo, asegurar la transparencia y la rendición de cuentas de los gobiernos a todos los niveles.

Esto se aplica igual a países ricos y pobres, pero los países ricos tienen la responsabilidad adicional de apoyar la reforma de los mercados globales para poner fin a la discriminación en contra de los países pobres, así como la reforma de los mecanismos de gobernabilidad global para darles mayor voz y participación. Los debates durante la reciente cumbre de las Naciones Unidas, y la incertidumbre acerca de la ronda de "desarrollo" de Doha, refuerzan la necesidad del compromiso de los países ricos con un mundo más equitativo.

Creemos que la equidad debe regresar al centro del discurso y de la acción de la reducción de la pobreza y del desarrollo económico. La equidad es importante no sólo por sí misma, sino por el rol que juega en la formación de una economía dinámica, innovadora y eficiente, tanto en el ámbito nacional como mundial.

* Bourguignon y Cox son, respectivamente, vicepresidente y vicepresidenta para América Latina del Banco Mundial.
** Este artículo también se publicó en La Prensa (Bolivia) y El Comercio (Perú).




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