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El Banco Mundial insta a la acción internacional para prevenir guerras civiles

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Comunicado de prensa Nº:2003/325/S
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PARIS, 14 de mayo de 2003 — La acción internacional para prevenir guerras civiles en los países pobres podría evitar un sufrimiento incalculable, estimular la reducción de la pobreza y proteger a personas en todo el mundo de sus negativos efectos secundarios, como el tráfico de drogas, las enfermedades y el terrorismo, señala un nuevo estudio del Banco Mundial.

Contrario a la opinión popular, las tensiones étnicas y las pugnas políticas de larga data en raros casos son la causa principal de las guerras civiles, agrega el estudio. Por lo general, los culpables son fuerzas económicas como la pobreza arraigada y una elevada dependencia de las exportaciones de recursos naturales.

Debido a estos factores, el estudio concluye que la comunidad internacional tiene sólidas razones y también los medios para prevenir esos conflictos. Insta a llevar a cabo tres grupos de acciones para evitar las guerras civiles: más ayuda mejor focalizada para los países en riesgo, mayor transparencia respecto de las ganancias que provienen de los recursos naturales y una mayor sincronización en el envío de ayuda y de fuerzas de paz después de un conflicto.

"Cada vez que estalla una guerra civil, algún historiador remonta su origen al siglo 14 y algún antropólogo expone sus raíces étnicas", sostiene Paul Collier, el autor principal del informe, Breaking the Conflict Trap: Civil War and Development Policy. "Algunos países son más propensos que otros a la guerra civil, pero la mejor explicación para esta situación rara vez se encuentra en tensiones étnicas o históricas remotas. En cambio, se debe analizar el pasado reciente de una nación y, más importante aún, sus condiciones económicas".

Desde 1995, el Banco ha respaldado la reconstrucción de Bosnia, Ruanda, Kosovo, Sierra Leona, otros estados de los Balcanes, Timor Oriental, la República Democrática del Congo y Afganistán. En respuesta a estos y otros conflictos, la atención internacional y el propio trabajo del Banco se está concentrando cada vez más en la prevención de los conflictos.

En este nuevo estudio del Banco Mundial se analizaron 52 guerras civiles importantes ocurridas entre 1960 y 1999, que tuvieron una duración promedio de siete años y dejaron un legado de pobreza y enfermedades. El estudio constató que los efectos negativos de estas guerras se extendieron mucho más allá de los que luchaban entre sí, alcanzando a los países vecinos e incluso a países lejanos y de altos ingresos.

Tal vez sorprendentemente, ni la diversidad étnica y religiosa ni la desigualdad en los ingresos aumentó la probabilidad de que estalle una guerra civil dentro de un país. Para el país promedio, dentro del estudio, el riesgo de guerra civil durante cualquier período de cinco años era de un 6% aproximadamente. Sin embargo, el riesgo se incrementaba de manera alarmante si la economía era pobre, se encontraba en un ciclo descendente o dependía de la exportación de recursos naturales. Para un país como la República Democrática del Congo (antiguamente Zaire) a finales de los años de 1990, con un profundo nivel de pobreza, una economía en colapso y una enorme explotación mineral, el riesgo de sufrir un guerra civil era casi de un 80%.

"La falta de desarrollo aumenta enormemente la posibilidad de que un país se involucre en una guerra civil y ese tipo de conflictos, a su vez, destruye las bases para el desarrollo", dice Collier. "Los países pueden destruir la trampa del conflicto implementando las políticas y las instituciones necesarias para lograr un crecimiento sostenido. Nuestro nuevo entender sobre las causas y consecuencias de las guerras civiles nos provee un motivo convincente para recurrir a la acción internacional".

En la actualidad, Collier es un importante consejero de la Vicepresidencia del Banco Mundial para África al sur del Sahara y Director del Centro de Estudios de Economías Africanas en la Universidad de Oxford. Llevó a cabo el estudio durante su recientemente concluida labor como director del departamento de investigación del Banco.

El estudio pone en duda un supuesto común que afirma que los combatientes de una guerra civil se las deben arreglar entre ellos. "Esta actitud no sólo es perjudicial, sino necia", sostiene Collier. Para empezar, la gran parte del sufrimiento causado por la guerra civil - como muertes, daños, enfermedades, trastornos y pérdidas de posesiones - es experimentado por los no combatientes que tienen muy poco que ver con el inicio o la duración de una guerra.

Además, los costos internos de una guerra civil se siguen manifestando mucho después de terminada la lucha. Los países que sufren una guerra civil con frecuencia se ven involucrados en niveles persistentemente altos de gasto militar, fuga de capitales, enfermedades infecciosas, bajo crecimiento y pobreza arraigada. Así, un país que recientemente ha salido de una guerra tiene un riesgo muy elevado de volver a caer en otro conflicto.

Guerras locales, desastres mundiales

Por otra parte, los efectos negativos no se detienen en las fronteras: los países vecinos sufren efectos inmediatos y de largo plazo, incluyendo los costos de mantener a los refugiados, un incremento en las enfermedades infecciosas (como malaria, VIH y tuberculosis) y gastos militares más altos. La inversión disminuye en toda la región, al igual que el crecimiento económico, lo que intensifica el riesgo de que estalle una guerra civil en los propios países vecinos.

Desde el punto de vista global, existen tres importantes males sociales derivados principalmente de las guerras civiles: las drogas duras, el VIH y el terrorismo internacional. Por ejemplo, alrededor de un 95% de la producción mundial de narcóticos ilegales es generada en países inmersos en una guerra civil. La investigación epidemiológica sugiere que el contagio inicial de VIH estuvo estrechamente relacionado con la guerra civil de 1979 en Uganda, y con la gran cantidad de violaciones producidas en la frontera con Tanzania. Por último, los terroristas internacionales necesitan áreas fuera del control de los gobiernos para crear campos de entrenamiento a gran escala, como los que administraba Al Queda en Afganistán.

"El mundo es demasiado pequeño y está tan estrechamente relacionado que los daños de un conflicto no se pueden circunscribir a lo límites del país que está en guerra", dice Nicholas Stern, Economista en Jefe y Primer Vicepresidente para la Economía del Desarrollo del Banco Mundial. "El estudio muestra que aunque no estemos preparados para actuar desde la lógica de la decencia, el interés propio exige que la comunidad internacional trabaje estrechamente unida para reducir la cantidad y la duración de estos conflictos trágicos y extremadamente destructivos".

Un programa de acción

Afortunadamente, existe un creciente historial de éxitos en acciones colectivas de esta naturaleza. Por ejemplo, las nuevas regulaciones internacionales respecto del comercio de diamantes interrumpieron el financiamiento de los grupos rebeldes que dependen de los "diamantes manchados de sangre", y ayudaron a terminar con las rebeliones en Angola y Sierra Leona. El acuerdo de los países ricos de considerar delito el soborno de funcionarios de países en desarrollo ha reducido la corrupción, la que con frecuencia ha contribuido a iniciar un conflicto. Y una prohibición internacional de las minas terrestres en 1997 ya ha reducido a la mitad la cantidad de víctimas.

"Es cada vez más claro que no es posible lograr la paz sin desarrollo ni el desarrollo sin paz", señala Ian Bannon, director de la Unidad de Prevención de Conflictos y Reconstrucción del Banco. "Los países en desarrollo, los donantes, las organizaciones internacionales, las ONG y las empresas privadas tienen un interés común en terminar las guerras civiles y un potencial sin explotar para forjar la paz".

El estudio propone un programa de acción de tres partes, que incorpora una variedad de iniciativas que ya están en curso:

  • Más ayuda de mejor calidad. Una mayor ayuda y cambios en su asignación y administración podrían incrementar la eficacia de dicha ayuda en prevenir los conflictos y respaldar a los países que recientemente salieron de una guerra. Estos cambios incluyen la concentración de la ayuda en los países más pobres, los que tienen más riesgo de sufrir una guerra civil. En los países extremadamente pobres con una gobernabilidad muy deficiente, la ayuda se debe concentrar en algunas reformas simples, como mejorar la educación primaria o la salud materna, con el objetivo de construir la base necesaria para luego llevar a cabo reformas adicionales. La mayor parte de la asistencia concesionaria del Banco Mundial ya está focalizada de esta manera y una cantidad cada vez mayor de programas de ayuda bilateral están adoptando mecanismos de asignación similares.
  • Mejor manejo internacional de los recursos nacionales. Los ricos acervos de diamantes, madera, petróleo, oro y otros recursos naturales muy a menudo se asocian con conflictos, una gobernabilidad deficiente y declive económico, en parte debido a que representan una tentadora fuente de ingresos para los potenciales rebeldes. El estudio propone una serie de medidas para abordar este problema: cerrar los mercados internacionales a las organizaciones rebeldes, como se está haciendo con los diamantes; reducir la exposición de los países pobres a las crisis de precios de los productos básicos a través de mecanismos de seguro; y aumentar la transparencia de las utilidades obtenidas de los recursos naturales, estableciendo, por ejemplo, un formato común para declarar los pagos y respaldando el escrutinio público sobre cómo se gastan estas utilidades.
  • Coordinar la disminución del gasto militar y ordenar cronológicamente las intervenciones militares con ayuda y reformas: las guerras civiles suelen originar carreras armamentistas regionales que impiden el desarrollo y aumentan el riesgo de una guerra. Una solución es que las organizaciones políticas regionales negocien recortes coordinados en el gasto armamentista y que las instituciones financieras internacionales supervisen su cumplimiento. Cuando la comunidad internacional interviene militarmente para detener una guerra, los compromisos militares y de ayuda deberían durar lo suficiente como para que el desarrollo se afiance. Esto habitualmente demora cuatro a cinco años, pero muchas veces las fuerzas de paz y la ayuda se reducen drásticamente transcurridos dos años, lo que aumenta el riesgo de volver a caer en hostilidades.

El estudio concluye que si se pusieran en práctica estos tres grupos de medidas, las guerras civiles serían menos y de menor duración, y que habría menos probabilidades de que los países que emergen de una guerra vuelvan a caer en esa situación. Como resultado, la cantidad de países en guerra civil en un determinado momento se reduciría a la mitad, a alrededor de uno en veinte y no uno en diez como ocurre en la actualidad.

Análisis adicionales sobre la relación entre la guerra civil y la dependencia de las exportaciones de recursos naturales se pueden encontrar en Natural Resources and Violent Conflict: Options and Actions, un volumen en preparación editado por Bannon y Collier.

The full text of the report is available at: http://econ.worldbank.org/prr/CivilWarPRR/



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