La consulta con la comunidad ha sido uno de los principios rectores del proceso de reconstrucción tras la devastación que ocasionó el tsunami del pasado año. Una donación de US$5.000 que concedió el Banco Mundial a una de las principales organizaciones no gubernamentales de Sri Lanka, Lanka Jathika Sarvodaya Shramadana Sangamaya (Sarvodaya,) a principios del corriente año, sirvió para dar comienzo a conversaciones entre las comunidades damnificadas por el tsunami ubicadas al sur y al este. El resultado fue un informe de Sarvodaya, titulado “La voz de los lÃderes comunitarios tras el tsunami (Post Tsunami Voice of Community Leaders)â€. He aquà la historia de uno de los lÃderes de la comunidad que contribuyó a la investigación – K. G. Nadeeka Dilan, un mecánico de tuk tuk de Galle – quien sufrió cuantiosas pérdidas y experimentó grandes cambios como consecuencia del tsunami.Â
21 de noviembre, 2005 -- "Fue la primera vez que supe lo que significaba el miedo", dice K.G. Nadeeka Dilan, un mecánico de tuk tuk, un triciclo motorizado muy popular en Asia, al recordar el tsunami del 26 de diciembre. Las aguas de la BahÃa Devata en Galle, ciudad situada en la provincia meridional de Sri Lanka, donde vive Dilan, son serenas y azules. Es difÃcil imaginar ahora la ola de 20 pies que arrastró a Dilan y causó la muerte de su única hija y de 13 parientes cercanos. "En cuestión de minutos, mi preciosa hija, la casa que yo habÃa construido y amueblado con tanto orgullo y mi negocio... todo quedó reducido a escombros", cuenta Dilan. Pero la suya es la historia de un hombre que se recuperó valientemente de la tragedia para convertirse en coordinador del campamento de los alberges temporales, dirigiendo y ayudando a su comunidad a atravesar esta crisis e iniciar la recuperación. Dilan vivÃa con su clan familiar en un complejo habitacional en la BahÃa Devata. La tierra habÃa pertenecido al ferrocarril del gobierno del entonces Ceilán, pero su suegro habÃa adquirido la posesión como antiguo arrendatario. Ahora Dilan vive más lejos de la costa, cerca de la calle principal. Su taller de reparación de tuk tuk ya ha vuelto a abrir sus puertas. Es una choza rectangular recubierta con chapas de zinc, que conduce a dos diminutas habitaciones. En una de ellas hay una pequeña cama, rodeada por cajas con las pertenencias personales rescatadas, y en la otra hay un pequeño televisor. Una fotografÃa en blanco y negro de la hija que perdió Dilan ocupa un lugar de honor sobre el televisor.  El dÃa del tsunami, Dilan apenas alcanzó a ver la enorme ola: "Era como la gran muralla de China, alta como el poste de electricidad en la calle principal", rememora. Sólo recuerda que llevaba a su hija de la mano y trataba de correr cuando las fuertes corrientes de agua los arrastraron en diferentes direcciones. No pudo ver nada en medio del lodo y fue arrastrado a media milla tierra adentro, y quedó atrancado contra un árbol cuando las aguas retrocedieron. Dilan nos muestra los dos cocoteros donde encontró el cuerpo de su hija cubierto de lodo. "Estaba frÃa. Tuve que quitarle el lodo para poder hacerle respiración artificial. Le comprimà el pecho, le froté las manos y los pies, hice todo lo pude para revivirla. Mi odio contra el mar era inmenso. Mi suegra, el niño de cinco años de mi hermana - todos murieron." En aquel pasado diciembre, Dilan se dislocó el hombro, pero no habÃa médicos y ni tiempo para ir en busca de uno. Colocó la cabeza de un amigo bajo su axila a modo de cuña, y apretando los dientes, se puso el hombro nuevamente en su lugar. El dolor no fue nada comparado con la angustia que sentÃa en su corazón. Y con el hombro arreglado, Dilan hizo la última cosa que podÃa hacer por su hija - la llevó a la morgue del hospital. Vea el informe Sarvodaya i
El informe: “La voz de los lÃderes comunitarios tras el tsunami (Post Tsunami Voice of Community Leaders)†explica de qué forma las acciones de las personas responsables de adoptar decisiones, de los encargados de prestar asistencia y de los receptores de la ayuda han afectado la situación posterior al tsunami en el este y el sur de Sri Lanka. La investigación llama la atención sobre la manera en la que se impuso la medida de la zona protegida de 100/200 metros - una zona que fue excluida de la reconstrucción por decreto tras el tsunami. La investigación analiza cómo esa decisión afectó el sustento de la gente. También proporciona posibles respuestas al reducido desarrollo económico en las áreas damnificadas por el tsunami y examina cambios en el sistema de valores de las comunidades, al igual que el tema de la rendición de cuentas. La investigación finalizó en agosto de 2005. Desde entonces, el gobierno de Sri Lanka ha reducido dicha zona protegida de 100/200 metros. Dentro del marco de las nuevas medidas, la zona protegida se reducirá a un lÃmite entre 55-25 metros en los distritos meridionales y de 100 a 50 metros en el noreste. | Estaba rodeado de muertos, todos ellos familiares y amigos cercanos. Y a medida que bajaba el agua, aparecÃa la gente, gritando y llorando de angustia. Muchos estaban desnudos - el agua les habÃa arrancado la ropa. "Hice todo lo que pude para ayudar a la gente", dice Dilan. "Busqué cosas para que se cubrieran, saqué 48 cuerpos del lodo. Mi dolor comenzó a disminuir a medida que ayudaba a la gente". Una profunda reflexión de un hombre que habÃa perdido su orgullo y alegrÃa, pero trató de ayudar a otros. Afortunadamente, su hijo y su esposa estaban vivos. Su hijo habÃa corrido antes que él y se habÃa subido a la torre de una fábrica de cemento en las cercanÃas. Su esposa, que estaba trabajando en una fábrica de prendas de vestir, no tuvo problemas. Inmediatamente tras el tsunami y el apuro por ayudar a los sobrevivientes y encontrar cuerpos, los parientes de Dilan se reunieron en un templo cercano. Eran 18 familias en total que habÃan perdido todo. No tenÃan un lugar para vivir, dinero ni pertenencias. Dilan consiguió ayuda de la fábrica de cemento – una máquina excavadora para sacar los escombros y dejar un espacio libre para las tiendas de campaña. A medida que aumentaba el número de tiendas, llegaban más y más familias en busca de albergue en el campamento. El número aumentó a 63 familias.  "No tuvimos problemas raciales ni de castas, ni tampoco hubo ningún caso de violación en el campamento", dice Dilan. "HabÃa catorce familias musulmanas, cinco cristianas y el resto cingalesas". Las familias lo nombraron coordinador del campamento por unanimidad, y formó un pequeño comité junto con dos mujeres que, a su parecer, eran las más adecuadas para atender las necesidades de las mujeres del campamento. El hecho de que Dilan era una persona que sabÃa comunicarse con los demás y un católico que mantenÃa buenas relaciones con el sacerdote de la parroquia y con los comerciantes, le resultó muy útil. Consultó con su clan familial, ahora más extenso, para conocer sus necesidades. Preparó los documentos para registrar a los miembros de la comunidad a fin de que pudieran recibir ayuda y coordinó la asistencia de los funcionarios estatales y de las organizaciones no gubernamentales (ONG). "Una persona que pensaba que yo no les estaba exigiendo lo suficiente a las ONG me dio un golpizaâ€, comenta Dilan. Pero ni siquiera eso lo disuadió. Mantuvo la calma y se aseguró de que la distribución de la ayuda se efectuara en forma justa y que la gente no recogiera las donaciones por el solo hecho de obtener algo. "Esta es mi comunidad y traté de hacer lo mejor para ellos. No pedà que nos dieran de todo, sino precisamente aquello que necesitaba la genteâ€. La lista de personas que esperaban recibir algo era larga. Se entregaron quince máquinas de coser a aquellos que podÃan ganarse la vida en la confección de ropa. Los vendedores de verduras y los vendedores de pescado recibieron balanzas, bicicletas y otros enseres, al igual que un capital inicial de US$100 (LKR 10.000) para poner en marcha sus negocios. Al fabricante de ladrillos se le entregaron herramientas eléctricas y diez bolsas de cemento. El hombre que se ganaba su sustento vendiendo materiales para confección de puerta en puerta recibió US$250 (LKR 25.000) para comprar un stock inicial y ponerse a trabajar. Sólo 10 familias permanecen aún en el campamento. Algunas son familias musulmanas que no quisieron vivir un lugar donde no haya una mezquita. Otras piensan que las casas que construyeron para ellos traen mala suerte, ya los constructores no consideraron la ubicación tradicional de las vigas y las puertas. Dilan, al igual que muchos otros, recibió ofertas de trabajo por parte de la plétora de ONG internacionales que llegaron a Sri Lanka tras el tsunami. Pero ni la oferta de un automóvil para uso personal fue suficiente para tentar a Dilan. Se asoma por debajo del tuk tuk rojo que está arreglando y dice: "El garaje es mi negocio y quiero desarrollarlo. Tengo las herramientas básicas, pero en cuanto consiga un compresor y algunos otros enseres, podré emplear a otras dos personas". Su hija se perdió para siempre pero Dilan piensa que una forma de seguir adelante es adoptar a un niño huérfano. Se dibuja una ancha sonrisa en su rostro al despedirse de nosotros.  |