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Se insta a los países a promover la autonomía de las mujeres y reducir la estigmatización a fin de combatir el VIH

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11 de agosto, 2006— Hace más de dos decenios, cuando la epidemia del SIDA estaba aún en pañales, quienes combatían el mal en África cometieron un grave error de cálculo.

En lugar de instar a los hombres a usar preservativos, trataron de educar a las trabajadoras sexuales sobre los beneficios de usarlos.

“Pero las mujeres no usan preservativos”, observa Debrework Zewdie, Directora del Programa Mundial contra el VIH/SIDA.

Como resultado, el curso la epidemia en África fue muy diferente al que tomó en Estados Unidos, que en ese entonces era el otro epicentro de la enfermedad.

La epidemia del SIDA comenzó casi al mismo tiempo entre hombres homosexuales del Norte y trabajadoras sexuales en el Sur, señala Zwedie.

Mientras los homosexuales educados de Estados Unidos comenzaron a usar preservativos, redujeron el número de parejas sexuales, hicieron gestiones para recibir medicamentos y mejoraron sus posibilidades de sobrevivir, las trabajadoras sexuales pobres de África al sur del Sahara no usaron preservativos, ni tampoco lo hicieron sus clientes.

De hecho, los clientes comenzaron a ofrecer más dinero por tener relaciones sexuales sin preservativo, agrega Zewdie.

Como resultado, 20 años después la tasa de infección es tan alta que África al sur del Sahara alberga a 60% del total de casos de VIH del mundo, pese a que la zona aloja a sólo el 10% de la población mundial. En consecuencia, aproximadamente 50 millones de africanos han contraído el VIH desde el comienzo de la epidemia.

De los 25,8 millones de personas que en la actualidad viven con VIH en África al sur del Sahara, casi 60% son mujeres y niñas.

Y aún no existe un método de prevención dirigido a las mujeres que sea efectivo y ampliamente aceptado, afirma Zwedie.

El preservativo femenino es 10 veces más costoso que el masculino y es difícil de usar, comenta, y los microbicidas que podrían matar al VIH al contacto ya no están en el mercado.

“Hicimos muy poco por las mujeres”, reconoce Zewdie.

Hoy en día, expertos en VIH/SIDA del Banco Mundial y otras organizaciones creen que, a falta de una vacuna contra el SIDA y otros avances, promover la autonomía de la mujer puede ser la clave para superar la enfermedad.

La desigualdad entre hombres y mujeres ha alimentado la epidemia del SIDA, afirman, al desincentivar las prácticas de sexo seguro –es decir relaciones sexuales con protección– e incentivar las relaciones entre mujeres jóvenes y hombres mayores más proclives a estar infectados con VIH.

Debido a que en muchos países las mujeres carecen de poder económico, educación, oportunidades de empleo y derechos efectivos de propiedad, suelen establecer relaciones en las cuales no tienen capacidad de negociar relaciones sexuales seguras y quedan expuestas al VIH a través de las relaciones paralelas de sus parejas, dice Elizabeth Lule, jefa de Equipo de la Campaña por África contra el SIDA (ACT Africa).

Algunas niñas se casan muy tempranamente –a los 12 años– con hombres 10 años mayores, situación que aumenta el riesgo de contraer el virus. Según el Fondo de Población de las Naciones Unidas, aproximadamente 40% de las niñas de África y 48% de Asia se casan antes de cumplir 18 años, y en algunos países las tasas llegan incluso a 76% (Níger) y 74% (República Democrática del Congo).

“Al comienzo de la epidemia, se puso toda la atención en las trabajadoras sexuales. Nadie se molestó en observar el SIDA entre las mujeres casadas. Pero cuando lo hicieron, descubrieron que la tasa de prevalencia era similar a aquella entre las trabajadoras sexuales”, señala.

La razón: contrajeron el VIH de sus esposos, agrega.

La mayoría de los estudios realizados entre mujeres VIH positivo de África y Asia meridional arrojaron que aproximadamente el 70% de ellas eran fieles a sus esposos, indica.

Pero aún así, las mujeres casadas con VIH sufren discriminación y estigmatización y se les culpa por llevar el SIDA a la familia, agrega Lule.

El Banco y sus asociados han intentado reducir la estigmatización y cambiar las actitudes a través de Programas Multinacionales contra el VIH/SIDA para África, agrega Lule.

Estos programas respaldan iniciativas de organizaciones comunitarias, organizaciones no gubernamentales y el sector privado para abordar el problema del VIH/SIDA en diversos frentes: prevención con programas de educación y creación de conciencia, con énfasis en grupos vulnerables como jóvenes, mujeres en edad fértil y otros grupos marginados; mejor acceso a atención de salud y tratamiento y esfuerzos para promover la autonomía de las mujeres por medio de reformas jurídicas y capacitación laboral, entre otros.

Cuando se inicia uno de estos programas en un país, el Banco insiste en que los representantes del programa se reúnan con mujeres, jóvenes y personas que viven con VIH para incorporar sus opiniones y visiones, comenta Zewdie.

A la fecha y a través de los Programas Multinacionales, el Banco ha comprometido US$1.120 millones para combatir el SIDA en 29 países y ha dedicado otros US$107 millones a proyectos subregionales, como un proyecto para combatir la propagación del VIH entre transportistas, trabajadores itinerantes, trabajadores sexuales y habitantes del Corredor Abidjan-Lagos, por medio de la entrega de preservativos, información sobre prevención y atención de salud.

“Tenemos programas sólidos”, afirma Zewdie. “Pero podemos hacer más y deberíamos hacer más”.

Un problema es que los planes estratégicos contra el SIDA no han abordado las razones del aumento de las infecciones entre mujeres y niñas, señala.

Pero ahora, muchos países han planificado nuevas estrategias contra el SIDA, lo que ha permitido al Banco y a otras organizaciones internacionales ayudar a estos países a dirigir su atención hacia aspectos como el origen de la infección, la desigualdad de género y la baja condición de las mujeres como una forma de combatir la enfermedad.

“Es la mejor oportunidad que tenemos”, afirma Zewdie.

Las nuevas estrategias podrían orientarse a trabajadores sexuales o a usuarios de drogas inyectables: dos grupos de los cuales muchos países se avergüenzan o a los que no logran abordar de manera efectiva, agrega.

“El problema más difícil es la educación de los encargados de formular políticas, debido a que en la mayoría de estas sociedades, los trabajadoras sexuales y los consumidores de drogas inyectables no son prioridad para el gobierno”.

“Si estamos en un país de Europa oriental y la epidemia se propaga por el uso de drogas inyectables, sería mejor invertir en esa población, porque es a partir de ella que el virus se propaga a la población general”.

Zewdie recientemente llevó a representantes de seis países, India, Pakistán, Afganistán, Kazajstán, Uzbekistán y Kirguistán, a un taller realizado en Teherán, Irán, sobre el programa que ese país ha puesto en marcha para prevenir el uso de drogas inyectables en las prisiones y otros lugares.

Irán le ha declarado la guerra al VIH con una campaña que declara al SIDA como “la plaga del siglo” e incentiva el uso de preservativos. El Ministro de Salud ha distribuido agujas gratuitamente a las farmacias para evitar la transmisión del VIH a través del intercambio de jeringas entre adictos.

Pero en otros lugares, la estigmatización y la discriminación impiden tal apertura.

En África, la estigmatización impidió que los grupos que trabajan en salud reproductiva incorporaran el VIH/SIDA antes del avance de la epidemia, afirma Lule.

“Estamos pagando el precio de nuestra falta de visión en esta área, porque había programas en salud reproductiva, que contaban con prestadores capacitados, pero debido a la estigmatización, el SIDA y la salud reproductiva se abordaron por separado”.

A Lule le gustaría ver una “respuesta integral a las necesidades de salud reproductiva y sexual de la mujer”, como por ejemplo, en acceso a información y servicios relacionados con embarazo, atención prenatal, servicios maternales, e “información que le permita protegerse, tener capacidad de negociar el uso del preservativo, tomar decisiones que le permitan protegerse y decidir cuántos hijos tener”.

“Me gustaría ver algo que permita a hombres y mujeres hablar abiertamente de estos temas y derribar esa cultura de secretismo que evita que las parejas compartan estos asuntos íntimos”, agrega.

“También creo que cometimos un error cuando hablamos de género e igualdad y hablamos de la feminización del VIH/SIDA, ahí falta algo: el otro género. Los hombres son parte de la solución”.




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