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La pobreza no pasará a la historia si la corrupción no pasa a la historia

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17 de septiembre de 2006—Una mejor gestión pública y la aplicación de medidas contra la corrupción deben ser componentes de toda estrategia de lucha contra la pobreza. Esta idea recibió el caluroso respaldo de destacados orientadores de la opinión pública mundial, en Singapur, el domingo.

Paul Volcker, presidente del Comité Investigador Independiente de las actividades del Programa de las Naciones Unidas “Petróleo por Alimentosâ€; John Githongo, distinguido paladín keniano de la lucha contra la corrupción; Huguette Labelle, presidenta de Transparencia Internacional; Mohammed Ibrahim, presidente de la “acrisolada†compañía de telecomunicaciones Celtel International, y Nuhu Ribadu, presidente de la Comisión de Delitos Económicos y Financieros de Nigeria, sostuvieron, en sendas intervenciones, que reducir la corrupción es un requisito esencial para reducir la pobreza.

Todos ellos hicieron uso de la palabra en un debate en panel, cuyo moderador fue Dele Olojede —periodista ganador del premio Pulitzer—, organizado por el Instituto del Banco Mundial, en un plenario del Programa de seminarios que acompaña a las Reuniones Anuales del Banco y del FMI.

En su discurso, el primero de todos los pronunciados, Volcker dijo que un fracaso en la lucha contra la corrupción iría en detrimento del desarrollo, y que “[e]l mayor peligro para el desarrollo, y para el propio Banco Mundial, sería el de asumir el papel de espectadores frente a este desafíoâ€. Si el Banco intentara otorgar más financiamiento sin abordar ese tema, no haría más que “reducir el valor de ese nuevo financiamiento […] y la eficacia de sus programasâ€.

Haciéndose eco de ese punto de vista, Githongo calificó de inaceptable el argumento de que las medidas de lucha contra la corrupción adoptadas por instituciones multilaterales son la antítesis de las encaminadas a combatir la pobreza, ya que “la corrupción es la máquina más eficaz para producir pobreza y desigualdadâ€. Githongo había sido designado como director del programa de lucha contra la corrupción en su país en 2003, pero más tarde fue destituido y tuvo que exiliarse.

La corrupción —sostuvo Githongo— cobró impulso en la “profunda maraña†de burócratas, políticos, funcionarios de seguridad y empresarios-intermediarios. Para desentrañarla hubo que exigir rendición de cuentas al poder ejecutivo y promover el imperio de la ley.

Ribadu, que en su calidad de investigador principal de casos de corrupción en su país ocupa posiciones de avanzada en esa lucha, dijo que la corrupción impide a los países pobres aprovechar sus propios recursos, humanos y naturales. En una exposición conmovedora, recibida con aplausos, señaló que países como el suyo habían sido despojados del dinero con el que podrían haber financiado colegios y hospitales. “Estamos cansados de vivir de la bondad ajena; […] la pobreza no pasará a la historia si primero no pasan a la historia la corrupción y la malversación de los recursosâ€.

Labelle y Volcker mencionaron el reciente asesinato de Andrei Kozlov, ejecutivo del Banco Central de la Federación de Rusia, de orientación reformista, como ejemplo de los efectos corrosivos de la corrupción.

Ibrahim sostuvo enérgicamente que por cada sobornado hay un sobornador. “El problema debe abordarse con menos hipocresíaâ€, señaló. Explicó cómo su compañía telefónica, que opera en 15 países de Ãfrica al sur del Sahara, había inculcado conscientemente a su personal el principio de que “jamás hay que ofrecer un solo dólarâ€.

La observación de que la corrupción es una “vía de tránsito en dos sentidos†se formuló en forma más rotunda en la etapa de preguntas y respuestas. Los panelistas señalaron que así como los países en desarrollo tienen que realizar una gestión más acertada para prevenir la corrupción y castigar a los transgresores, los países desarrollados deben adoptar medidas encaminadas a castigar a quienes dan sobornos, e impedir que sus sistemas bancarios se utilicen para almacenar dinero obtenido ilícitamenteâ€. Según Ribadu, “[l]os países desarrollados no pueden aplicar un doble juego de normasâ€.

Anteriormente, en su alocución de bienvenida, el presidente Paul Wolfowitz había destacado su convicción de que la corrupción era un grave obstáculo para el desarrollo, y que una buena gestión pública y el establecimiento de salvaguardias contra la corrupción eran requisitos indispensables para reducir la pobreza.




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