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Paul Wolfowitz: Discurso pronunciado ante el Foro de asistencia para Liberia, 13 de febrero de 2007, Ciudad de Washington

Disponible en: Français, English

Presidente Paul Wolfowitz: Bienvenidos al Banco Mundial y al Foro de asistencia para Liberia. Soy Paul Wolfowitz, presidente del Grupo del Banco Mundial. Es un verdadero honor para nosotros ser los anfitriones de esta importante conferencia.

Sra. Ellen Johnson-Sirleaf, distinguida presidenta de la República de Liberia; Sra. Condoleezza Rice, secretaria de Estado de los Estados Unidos; Sr. Alan Doss, representante especial del Secretario General de las Naciones Unidas para Liberia; Sr. Louis Michel, comisionado de la Comisión Europea; Sr. Donald Kaberuka, presidente del Banco Africano de Desarrollo; amigo y colega, Rodrigo de Rato, director gerente del FMI; distinguidos invitados, señoras y señores, me siento muy complacido de que hayan podido reunirse hoy con nosotros para este encuentro tan importante.

Hace un año, el pueblo de Liberia dio un paso decisivo para dejar atrás su trágica historia. Después de sufrir dos décadas de una devastadora guerra civil, los liberianos se dirigieron a las urnas para emitir su voto. Y optaron por el cambio. Depositaron sus esperanzas en las manos de la presidenta Ellen Johnson-Sirleaf, una promotora de reformas económicas y también abuela, para que cumpliera la promesa de un futuro mejor. Pude comprobar esa esperanza durante una visita que realicé el verano pasado a una escuela de enfermería en Monrovia. El aula estaba llena de estudiantes, algunos de los cuales tenían más de 30 años de edad porque habían perdido demasiados años de educación; pero ahí estaban, de vuelta en la facultad, con la firme determinación de recuperar el tiempo perdido, terminar su educación e iniciar un nuevo capítulo en sus vidas.
 
A quienes recuerdan el horror del pasado de Liberia les puede resultar difícil creer que ese país se ha convertido en un lugar de esperanza. Pero es verdad. Tras el brutal golpe militar de Samuel Doe en 1980, Liberia cayó en una espiral de conflicto y caos. El temor, la delincuencia y las matanzas desintegraron el país y causaron terribles sufrimientos. Cuando Doe fue ejecutado a fines del decenio, otro dictador despiadado asumió el poder. Durante el violento régimen de Charles Taylor, el país se vio envuelto en uno de los conflictos más sangrientos de África occidental, que socavó la estabilidad de toda una región. Doscientas cincuenta mil personas —un cuarto de millón de seres humanos— perdieron la vida en la guerra civil de Liberia, una cifra impresionante para un país de sólo tres millones de habitantes. Medio millón de personas huyeron de sus hogares, y 300.000 se refugiaron en países vecinos. Una nación próspera quedó en la ruina económica y con un altísimo nivel de endeudamiento. Ése fue el país que heredó la presidenta Johnson-Sirleaf cuando asumió el mando hace poco más de un año.

Sin embargo, por lo que pude ver, ésa no es la Liberia de hoy, y no debe ser la Liberia del mañana. Gracias a la diplomacia, a un decidido liderazgo y a la intervención de la comunidad internacional, se puso término a ese oscuro período de la historia de Liberia. Nigeria cumplió un papel fundamental en los esfuerzos diplomáticos y de mantenimiento de la paz, al liderar la primera misión africana de mantenimiento de la paz con la asistencia inicial de soldados de los Estados Unidos. Y dos meses después de terminada la guerra, una fuerza multinacional encabezada por las Naciones Unidas con un contingente procedente de más de 50 países se hizo cargo de esa tarea y permanece en Liberia hasta el día de hoy.

No fue una sorpresa que existiera gran escepticismo sobre las perspectivas de Liberia. Pero cuando el pueblo liberiano tuvo la oportunidad de decidir en una elección libre, nos demostró a todos su determinación de recuperar el control sobre su futuro. Prefirieron a una candidata que prometió combatir la corrupción y promover la reforma económica, y ella es ahora la primera mujer que asume la presidencia de una nación africana.

No obstante, la presidenta Johnson-Sirleaf tiene por delante enormes desafíos. Hoy día, el liberiano común trata de sobrevivir con un ingreso anual de alrededor de US$120, es decir, unos 30 centavos de dólar al día. Nosotros definimos la pobreza extrema como un ingreso de US$1 al día. Treinta centavos de dólar, es decir, menos de un tercio del nivel que se considera como pobreza extrema. Según algunas estimaciones, un impresionante 80% de los liberianos se encuentra desempleado, y casi la mitad de los niños del país continúan sin asistir a la escuela. La electricidad y el agua potable, servicios básicos que muchos de nosotros damos por sentados, siguen estando fuera del alcance de muchos ciudadanos.

Pero quiero ser muy claro. Si bien los desafíos son extraordinarios, las oportunidades también son enormes. Al cabo de apenas un año de su mandato, la presidenta Johnson-Sirleaf ha demostrado el firme liderazgo que prometió y cuenta con el apoyo de un equipo muy dedicado. Al igual que la propia Presidenta, muchos de los integrantes de su equipo han sacrificado una vida de comodidades en el extranjero para ayudar a reconstruir su devastado país. Tengo el orgullo de señalar que una de esas personas es la ministra de Hacienda, Antoinette Sayeh, ex funcionaria del Banco Mundial. Ese equipo ha preparado el primer presupuesto verdadero después de un cuarto de siglo, y en ese proceso participaron liberianos de todo el espectro político para asegurar que el presupuesto reflejara la opinión de todos los ciudadanos. En el marco del Plan de asistencia para la gestión económica y la gobernabilidad, el nuevo gobierno de Liberia promueve la disciplina fiscal y asegura que las finanzas públicas se utilicen para los fines previstos.

A las dos semanas de haber asumido el mando, la presidenta Johnson-Sirleaf abolió todas las concesiones forestales. Se promulgó una nueva ley forestal para frenar la extracción ilegal de madera y ayudar a Liberia a gestionar de manera responsable su enorme riqueza natural. Estas medidas se han traducido en el levantamiento de las sanciones de las Naciones Unidas que prohibían la importación de madera de Liberia, lo que preparó el terreno para que el país transforme su riqueza natural en beneficios económicos. Con gran valentía, el gobierno está combatiendo la corrupción mediante la puesta en práctica de procedimientos adecuados de gestión financiera para las empresas estatales. Durante el segundo semestre de 2006 los ingresos internos casi se duplicaron en comparación con igual período el año anterior, y se estima que el crecimiento real del PIB en 2006 sobrepasó el 7%.

Sin embargo, es mucho más lo que queda por hacer, y el tiempo corre. Después de 20 años de destrucción, el pueblo liberiano está impaciente. Quiere disponer de agua corriente, un suministro de electricidad fiable, y escuelas y empleos decentes. Para poder poner todo esto al alcance de cada ciudadano, Liberia debe promover condiciones propicias para la actividad económica que permitan al sector privado volver a prosperar. Debe atraer inversiones sumamente necesarias para impulsar el crecimiento y generar empleo. Ello significa reparar caminos, puentes, escuelas y otra infraestructura destruida durante la guerra. Supone invertir en educación para formar una fuerza de trabajo sólida que pueda desempeñar un papel activo en la economía. Significa reconstruir las instituciones del Estado que se encontraban en ruinas tras años de conflicto. Y significa hacer prevalecer el estado de derecho para recuperar la confianza en la economía nacional.

Es por ese motivo que estamos hoy aquí. Tenemos la oportunidad de hacer florecer la esperanza en un país que ha visto guerra y sufrimientos en demasía. La comunidad internacional puede enorgullecerse de la función que ha cumplido en el fin de la guerra en Liberia y en el suministro de alivio inmediato después. Bajo el liderazgo de Alan Doss, representante especial de las Naciones Unidas para Liberia, fue mucho lo que se ha logrado, y las tareas de alivio inmediato y reconstrucción han sido extraordinarias.

Sin embargo, debemos hacer más, mucho más para ir más allá de los beneficios de corto plazo y producir resultados duraderos. En un documento que se examinará más adelante hoy, el Gobierno de Liberia señala que debemos mejorar mucho nuestros esfuerzos por proporcionarle acceso a información sobre las operaciones de los donantes. Todos nosotros debemos mejorar la labor de presentación de informes, coordinación y financiamiento para prestar un mejor servicio a nuestros asociados de Liberia. El aumento del financiamiento sólo producirá resultados si colaboramos para desarrollar métodos más rápidos, flexibles y transparentes de desembolso de fondos. Además, la comunidad internacional también debe lograr con urgencia un acuerdo que ayude a Liberia a liquidar sus atrasos con el Banco Africano de Desarrollo, el FMI y el Banco Mundial.

El fin de semana pasado en la reunión de los Ministros de Hacienda del Grupo de los Siete (G-7) celebrada en Essen, Alemania, insté a los Ministros a que comprometieran los recursos necesarios para liquidar los atrasos que Liberia mantiene con las tres instituciones hermanas. Si bien el Banco Mundial puede utilizar recursos internos para cubrir la parte que le corresponde, a menos que los donantes acuerden reponer los fondos en la próxima reposición de los recursos de la AIF, hacer hoy uso de esa opción será una solución que pondrá en peligro el financiamiento futuro a nuestros asociados más pobres miembros de la AIF. Sin embargo, los US$3.700 millones de deuda acumulada durante los años de conflicto armado representan una carga inaceptable para un país de tan sólo tres millones de habitantes. Si los liberianos no logran ver mejoras en sus condiciones de vida, el país podría volver a verse sumido en las fuerzas de la violencia; Liberia podría volver a caer en el caos que amenaza no sólo a su propia población, sino a la de sus naciones vecinas, y se habría perdido una oportunidad histórica.

La comunidad de donantes debe reexaminar la manera en que realiza su labor teniendo en cuenta las necesidades urgentes de Liberia. Lo que el país necesita y merece son planes que produzcan resultados en seis meses, no seis años. En el Grupo del Banco Mundial hemos desarrollado extraordinarios esfuerzos por dar apoyo a Liberia en este momento crucial de transición. Estamos racionalizando nuestros procedimientos, avanzando con inusual rapidez y comprometiendo un nivel sin precedente de recursos. Ello no ha sido fácil. Por ejemplo, nuestras prácticas normales en materia de adquisiciones no se adaptan bien a un país donde el medio en que se realizan las contrataciones se ha visto tan gravemente alterado; empero, no aceptamos excusas. Con perseverancia, encontramos la manera de proceder.

Desde la celebración del Acuerdo de Paz en 2003, hemos comprometido US$85 millones en donaciones para ayudar a la reconstrucción de carreteras, puertos y aeropuertos, así como también a la restauración de los servicios de abastecimiento de agua y electricidad. Hemos aportado US$4 millones a una iniciativa conjunta, con las fuerzas de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas, para construir caminos rurales. En las obras viales, que ya están bien adelantadas, se está logrando la participación de miles de liberianos en el esfuerzo de reconstrucción, poniendo en contacto a la gente con los mercados. Ya hemos dado inicio a 76 de los 100 proyectos previstos en el marco de un programa de empoderamiento de las comunidades, en virtud del cual se están construyendo dispensarios, mercados, escuelas, puentes pequeños, así como también instalaciones sanitarias y de abastecimiento de agua, todos ellos elegidos por las propias personas afectadas. Además, pronto las calles de Monrovia vibrarán con los sonidos de las obras públicas financiadas por nuestro programa de restauración urbana. Tenemos planeado comprometer, en los próximos 18 meses, otros US$60 millones para programas de infraestructura, reformas de la gestión pública y desarrollo de la comunidad.

Señoras y señores, el pueblo de Liberia ha elegido valientemente dejar atrás un pasado turbulento en pos de un futuro lleno de esperanza y oportunidades. Nuestro apoyo, el apoyo de los donantes internacionales, en esta coyuntura tan importante es absolutamente fundamental para que Liberia haga la transición de una paz frágil a una recuperación y desarrollo sostenidos, y es mucho lo que está en juego. Una Liberia fuerte y estable no sólo beneficiará a los liberianos, sino que respaldará el progreso en toda la región, que ya ha sufrido demasiado. Si no aprovechamos esta oportunidad se destruirán las esperanzas, no sólo de los liberianos, sino también de los ciudadanos de otros países de África que esperan que la comunidad internacional cumpla con sus promesas.

Hace casi una década, cuando Sudáfrica estaba saliendo de su propio pasado aciago, Nelson Mandela sabía que era tan sólo el comienzo de un camino todavía largo y difícil. El gran líder sudafricano escribió: “...he descubierto el gran secreto. Tras subir a una colina, uno descubre que hay muchas más colinas detrás. Me he concedido aquí un momento de reposo, para lanzar una mirada hacia el glorioso panorama que me rodea, para volver la vista atrás hacia el trecho que he recorrido. Pero sólo puedo descansar un instante, ya que la libertad trae consigo responsabilidades y no me atrevo a quedarme rezagado. Mi largo camino aún no ha terminado”.

Para el pueblo de Liberia, su largo camino recién está empezando. No se puede negar que encara muchos riesgos en su marcha hacia la recuperación. Debe moverse en un terreno político delicado y cumplir con las expectativas de dos generaciones que no han conocido más que guerra y sufrimientos. El éxito no está garantizado; pero el riesgo de la inacción es algo mucho peor, para el país, para la región de África occidental, para todos nosotros. Los valientes liberianos se han puesto a la altura del desafío. Es hora de que hagamos lo mismo.

 Ahora tengo el gran placer de presentarles a uno de esos valientes liberianos, la primera mujer presidenta de un país africano, la Sra. Ellen Johnson-Sirleaf.
 
   


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