Paul Wolfowitz Presidente del Grupo del Banco Mundial 12 de abril de 2007 Cuando los medios de comunicación se ocupan de África al sur del Sahara, normalmente es para hablar de pobreza, enfermedad y conflictos. Sea por las guerras libradas para hacerse con los diamantes, el petróleo y los minerales o por las hambrunas y enfermedades que devastan a comunidades enteras, la miseria de África es un hecho bien conocido. La necesidad desesperada de este inmenso subcontinente es innegable. Casi la mitad de la población de África se debate por sobrevivir con menos de un dólar diario. En el último cuarto de siglo, en que 500 millones de personas consiguieron liberarse de la pobreza en todo el mundo —debido en gran parte al crecimiento del sector privado en Asia oriental y meridional—, el número de pobres en África al sur del Sahara casi se duplicó. Según las previsiones, el continente africano no conseguirá los objetivos de desarrollo del milenio de reducir la pobreza a la mitad y de mejorar los indicadores sociales básicos para 2015. No obstante, casi inadvertidamente, ese panorama lúgubre está cambiando. En muchos lugares de toda África, se vislumbran la paz y el crecimiento. Vemos que los conflictos pasan a segundo plano y que aparecen nuevas empresas. Donde sólo había desesperación, está naciendo la esperanza. En el pasado decenio, un total de 17 países de este continente, en los que vive uno de cada tres africanos, han conseguido sistemáticamente tasas anuales de crecimiento del 4%, o superiores. Quizá el progreso más imprevisto es el que se está registrando en los países que han atravesado decenios de horribles conflictos. En Rwanda, donde casi un millón de personas perdieron la vida en el horrendo genocidio ocurrido hace 13 años, el crecimiento ha alcanzado un promedio del 7% en el último decenio. Mozambique, país asolado por 20 años de guerra civil, ha alcanzado un crecimiento medio del 8%. Ambos países invirtieron en infraestructura, flexibilizaron sus reglamentos para facilitar la creación de empresas y se esforzaron por atraer a los inversionistas privados. Detrás de estas cifras de crecimiento se encuentran historias de triunfos humanos y de mejoras reales en las condiciones de vida de las personas, como el aumento del número de niños escolarizados y de madres que tienen niños sanos. El progreso de África no es en absoluto uniforme, pero representa un cambio sorprendente con respecto al pasado. Indudablemente, la paz y estabilidad explican en gran parte este cambio. Aunque los habitantes de Zimbabwe continúan siendo víctimas de una crisis constante y persisten algunos conflictos —en particular el horror de Darfur—, en países como Liberia, Burundi, Sierra Leona y la República Democrática del Congo existe esperanza después de años de violencia y atrocidades. Los países africanos progresan también porque están adoptando medidas enérgicas para mejorar su sistema de gobierno. Ghana, Kenya, Mauricio y Rwanda fueron los cuatro primeros países que sometieron sus sistemas de gobierno a un riguroso examen, en el marco del mecanismo africano de evaluación paritaria. No es por accidente que tres de estos países se encuentran entre los 17 que han conseguido resultados relativamente satisfactorios. El reconocimiento de los líderes se ve respaldado por una sociedad africana cada vez mejor informada, que pide también un cambio. Después de más de dos decenios de guerras y conflictos devastadores, los ciudadanos de Liberia votaron en sus primeras elecciones hace poco más de un año. Votaron por mayoría aplastante a una economista, que se había comprometido a introducir reformas y a reconstruir el país. Es ahora la primera presidenta de África, Ellen Johnson-Sirleaf. Los mismos países ricos reconocen la importancia del buen gobierno en África y lo han colocado en un lugar destacado en el programa de desarrollo del Grupo de los Ocho. Pueden ayudar a alentar mejoras en ese frente sancionando a sus propios ciudadanos cuando practican el soborno, y ayudando a los países pobres a recuperar los bienes saqueados por líderes corruptos. Los países africanos que están realizando progresos lo hacen también porque sus líderes están aprendiendo del pasado y de la experiencia ajena. Tanzanía, Ghana y Mozambique están revisando las políticas económicas doctrinarias y creando un margen para que el sector privado pueda prosperar. Para ello, se inspiraron, en buena medida, en el éxito de las reformas en países en desarrollo como los de Asia oriental y meridional. La demostración de que el desarrollo económico sostenido es posible ha encontrado eco en los líderes, lo mismo que en los ciudadanos. El año pasado, el Banco Mundial convocó a delegaciones de alto nivel de 24 países africanos en Kuala Lumpur para aprender de las experiencias de desarrollo de Malasia. Hace 50 años, Malasia y Ghana tenían un nivel casi idéntico de dotación de recursos humanos y naturales. En cambio hoy, el ingreso per cápita de Malasia es casi 12 veces superior al de Ghana, y la pobreza extrema es casi inexistente. Por su parte, Ghana ha comenzado a recuperar el tiempo perdido. En el último decenio, consiguió un crecimiento real medio de casi el 5% anual y logró reducir la pobreza extrema desde casi la mitad a un tercio de la población. Está comenzando a convertirse en un ejemplo africano de éxito que otros pueden emular. De hecho, el presidente Joseph Kabila, de la República Democrática del Congo, que asistió el mes pasado a las ceremonias de celebración del 50 aniversario de Ghana, regresó maravillado de lo que este país había conseguido. Los ejemplos más convincentes de progreso son los más próximos. Los interrogantes que se plantean todos los que se han sentido conmovidos por las tragedias de África en el pasado, son cómo alentar a los que hoy consiguen resultados aceptables a lograr resultados excelentes, y cómo alentar a los otros dos tercios del subcontinente a seguir su ejemplo. Naturalmente, la respuesta consiste en buena parte en respaldar y mejorar las políticas económicas acertadas y el buen gobierno, y eso dependerá sobre todo de la población africana y de sus líderes. No obstante, la respuesta consiste, en buena medida, en ofrecer más recursos, y en este sentido los países ricos deben hacer mucho más de lo que hacen en la actualidad. Ciertamente, sin prácticas acertadas y buen gobierno, el dinero no puede hacer mucho, e incluso puede resultar perjudicial. Pero sin recursos para invertir en educación, en atención de salud y en la infraestructura que las empresas necesitan para crecer, las buenas políticas no permiten tampoco llegar demasiado lejos. En Tanzanía y Ghana, las empresas se esfuerzan por sobrevivir a pesar de los cortes de energía que muchas veces duran hasta 12 horas diarias, y con gastos de telecomunicaciones que llevarían a la quiebra a las empresas de los Estados Unidos y Europa. Ello significa pérdidas de empleos y oportunidades y un mayor número de niños que crecen sin educación y de personas que no pueden contar con servicios médicos de urgencia. Las economías emergentes exitosas de Asia oriental se beneficiaron enormemente de la inversión pública en educación, desarrollo rural e infraestructura física, financiada en gran parte con la ayuda exterior. En Corea, la inversión extranjera financió casi la mitad de las inversiones públicas durante los años formativos que facilitaron el camino hacia su espectacular éxito en términos de desarrollo. En el caso de África y de los países más pobres del mundo, una fuente fundamental de financiamiento para el desarrollo es la Asociación Internacional de Fomento (AIF), institución del Grupo del Banco Mundial para el financiamiento en condiciones concesionarias. En el último ejercicio, el apoyo de la AIF a los países más pobres alcanzó un máximo histórico de US$9.500 millones, la mitad de los cuales se destinaron a África. En Uganda, los recursos de la AIF se utilizaron para mejorar el abastecimiento de agua y el saneamiento en las pequeñas ciudades, lo que permitió suministrar agua a unos 190.000 residentes. En Etiopía, los recursos de la AIF ayudaron a desmovilizar a 150.000 soldados e integrarlos en la vida civil, lo que permitirá al gobierno transferir a los sectores sociales parte de los recursos destinados anteriormente a la defensa. Este año, los donantes están examinando la próxima ronda trienal de reposiciones de la AIF. Se necesita un nivel más alto de compromiso por parte de la comunidad internacional, que esté a la altura de las ambiciones y aspiraciones de la población africana. Hoy vemos una nueva generación de líderes africanos que son cada vez más conscientes de la responsabilidad que tienen ante su población y que promueven las reformas. Están dando al mundo razones convincentes para que apoye sus esfuerzos. No necesitan beneficencia. Lo que necesitan y se merecen es una oportunidad. Se trata al mismo tiempo de una oportunidad histórica para el resto de nosotros: la oportunidad de ayudar a la población de África, dinámica y capaz, en su lucha contra la pobreza, que actualmente está transformando una parte considerable del mundo en desarrollo. Este artículo se publicó en el Wall Street Journal el 12 de abril del 2007. |