29 de mayo de 2007—Por Mohammad Qahir Haidari de Afganistán. Este artículo fue publicado originalmente el 18 de marzo de 2007.
En mis años en el Banco Mundial, he participado en muchas misiones arduas y difíciles, pero mi reciente viaje de regreso de Mazar-e-Sharif, la segunda ciudad más grande de Afganistán, a Kabul quedará grabado para siempre en mi memoria.
Partimos de Mazar-e-Sharif en las primeras horas del domingo 18 de marzo en dos todoterrenos para regresar a Kabul, un viaje de 320 kilómetros. Faltaba poco tiempo para Nawroz — el Año Nuevo afgano — y la ciudad se estaba preparando para la gran afluencia de visitantes al Santuario de Hazrat Ali en la Mezquita Azul, ubicada en el centro de la ciudad.
Camino de Salang durante el invierno
Es tiempo de alegres festividades, tulipanes rojos en flor y familias reunidas para festejar y merendar en los jardines del santuario. En esta época del año es difícil encontrar un buen hotel en esta ciudad norteña, por lo cual nos vimos obligados a regresar pronto a Kabul.
Durante nuestro viaje a través de las fértiles llanuras norteñas con destino a Kabul, paramos en la pequeña ciudad de Aibak para comprar una especialidad local en el mercado— pan dulce horneado con leche y pasas, sin imaginarnos que este pequeño placer iba a salvarnos en el día y la noche que teníamos por delante.
Las máquinas despejan el camino de nieve al final del túnel.
Llegamos al paso de Salang alrededor del mediodía. Este paso, situado a una altura de 3.400 metros sobre el nivel del mar, atraviesa el sistema montañoso de Hindu Kush que cruza Afganistán. El túnel de Salang de 2,5 kilómetros de longitud — uno de los túneles de mayor altitud del mundo — que atraviesa el paso es una arteria vital que conecta el norte y el sur del país.
El túnel parecía bloqueado y había una larga hilera de vehículos delante de nosotros esperando para cruzar. Sin embargo, permitían el paso de algunos vehículos del otro lado y quise saber qué sucedía.
Me explicaron que estaba nevando más adelante — algo poco común en esta época del año — y se había cerrado el paso a los vehículos por órdenes del General Rajab, quien se encontraba a cargo del mantenimiento del túnel.
Afortunadamente, yo conocía al General y lo llamé por el teléfono satelital, ya que carecíamos de cobertura telefónica en esta zona. Al escucharme, el General ordenó que nos dejaran pasar.
A las pocas semanas de la reapertura, una avalancha atrapó a cientos de personas dentro del túnel.
Mientras nos dirigíamos hacia la entrada norte del túnel, comenzó a nevar ligeramente. Es peligroso cruzar el paso y el túnel cuando hace mal tiempo. El túnel volvió a abrirse en enero de 2002 tras la derrota de los talibanes y una vez que se retiraron todas las minas y los escombros.
No obstante, a las pocas semanas de la reapertura una avalancha atrapó a varios cientos de personas dentro del túnel. Aunque la mayoría fue rescatada, se produjeron algunos casos fatales como consecuencia de la asfixia y el congelamiento.
Sabiendo que podíamos correr esa misma suerte, nos sentimos muy contentos de encontrarnos con Rajab que supervisaba las operaciones en el camino. Él ordenó a su gente que nos ayudara en caso de emergencia. Esto nos dio más confianza y nos tranquilizó ya que vimos numerosos automóviles y minibuses que no podían avanzar o que se habían quedado atascados en la nieve.
Logramos llegar al túnel y cruzarlo sin problemas hasta la salida sur. Luego del túnel de Salang, siguen unos 5 kilómetros de minitúneles, una especie de galerías de protección que previenen la caída de nieve y piedras en el camino.
Mientras cruzábamos la segunda galería, una gran avalancha bloqueó la salida. El primer automóvil de nuestra misión, que iba unos 2 kilómetros delante de nosotros, se salvó por una cuestión de segundos.
Hablamos con el General para ver si le parecía que debíamos volver. Le dije que podíamos pasar la noche en su oficina en la entrada norte del túnel, tal como lo había hecho el consultor que supervisaba la reparación del túnel de Salang, que financió el Banco como parte del proyecto de emergencia para la rehabilitación del transporte.
El General nos dijo que no podíamos regresar porque una avalancha había bloqueado la entrada norte que acabábamos de pasar.
Pero, el General nos dijo que no podíamos regresar porque una avalancha había bloqueado la entrada norte que acabábamos de pasar. Esa avalancha había afectado a 22 automóviles que cayeron por la ladera de la montaña unos 200 a 300 metros. Entretanto, se habían producido otras dos avalanchas adelante.
Los hombres del General estaban trabajando sin parar para rescatar estos automóviles —nueve personas resultaron lesionadas, pero afortunadamente no hubo víctimas mortales. Después de eso comenzaron a sacar la nieve en la salida sur de nuestra galería.
Alrededor de la medianoche, cuando el General estaba a punto de permitir el paso del tráfico, se produjo otra gran avalancha.
¡Hasta nosotros la sentimos! Pasó sobre el lugar donde estábamos guarecidos, haciendo temblar violentamente la galería de concreto y los vehículos que se encontraban en su interior. No tuvimos otra alternativa que pasar la noche en el túnel helado y alimentarnos con el pan que habíamos comprado en el camino de pura casualidad.
Una larga fila de vehículos que también habían obtenido el permiso para pasar quedó atrapada detrás de nosotros. Algunos afortunados quedaron protegidos debajo de la galería mientras que otros quedaron varados a la intemperie, casi enterrados bajo la nieve, con pasajeros adentro.
Fue un alivio regresar a Kabul. Lo que se suponía que era un viaje de un día, se transformó en dos días, 22 horas de los cuales estuvimos varados en el paso de Salang.
A las cinco de la mañana, vi una cuadrilla de hombres y máquinas que sacaban la nieve. Hacían falta más máquinas, pero el gran atasco de vehículos y la nieve incesante dificultaban las tareas.
Finalmente, llegaron otras dos máquinas, y a eso de las tres de la tarde ya habían despejado el camino. Aliviados de salir de ese encierro, avanzamos lentamente entre paredes de nieve de 4 metros de altura hasta que llegamos a Olang, la última parte del paso de Salang. Más tarde nos enteramos que hubo 17 avalanchas más en la entrada norte del túnel esa noche.
Fue un alivio estar de regreso en Kabul. Lo que se suponía que era un viaje de un día, se transformó en dos días, 22 horas de los cuales estuvimos varados en el paso de Salang.