10 de diciembre de 2007—¿Habrá lluvia suficiente para los cultivos? ¿Qué sucederá con las zonas densamente pobladas ubicadas a baja altura cuando se derritan los glaciares? ¿Podrán mantener sus formas de sustento los isleños si los arrecifes de coral ya no atraen suficientes peces para alimentarlos?
Éstas son algunas de las preguntas que se hacen los países en desarrollo que ya sufren las consecuencias del cambio climático, y que se captan en un video patrocinado por el Banco Mundial titulado “Life Out of Balance: Climate Change in the Developing World ” [La vida pierde el equilibrio: El cambio climático en el mundo en desarrollo], presentado durante la conferencia sobre cambio climático de las Naciones Unidas que se lleva a cabo en Bali, Indonesia.
Los países en desarrollo y en especial la gente más pobre del mundo son los más vulnerables a los cambios del clima y a los fenómenos climáticos extremos, como inundaciones, sequías, olas de calor y aumento del nivel del mar.
El Banco Mundial es uno de los pioneros en responder a la adaptación al riesgo del cambio climático a través de análisis técnicos de la gestión del riesgo y trabajo de avanzada en el campo de los seguros en el Caribe, América Latina y Asia meridional. El desafío ahora es aplicar las enseñanzas recogidas en otros lugares, en especial en África al sur del Sahara y en las islas del Pacífico.
Para lograr este objetivo, el Banco se propone incorporar plenamente el cambio climático a las operaciones financiadas por la entidad a cargo de entregar préstamos en condiciones concesionarias, la Asociación Internacional de Fomento (AIF). La AIF proporciona donaciones y préstamos sin intereses a los países más pobres del mundo.
Lo anterior involucra la incorporación plena del tema del cambio climático a sus proyectos básicos de desarrollo, entre los cuales destacan aquellos destinados a energía, agricultura y uso del suelo, y asimismo la búsqueda de soluciones innovadoras para financiar medidas que reduzcan los efectos adversos del cambio climático.
Las necesidades en este campo son enormes. Si bien los cálculos varían, la mayoría de los observadores concuerda en que se necesitarían cientos de miles de millones de dólares cada año para poner en marcha estrategias de adaptación en los países en desarrollo.
Rakia observa las cañas de mijo aparentemente saludables que plantó durante la breve estación lluviosa de este año. Un examen más detallado de las espigas revela que el cultivo no prosperó y que las vainas están vacías.
“Las lluvias nos engañaron. Llegaron, pero luego se interrumpieron”, dice Rakia, de 35 años, madre y productora de mijo en la región semiárida de Sahel en Níger.
El desierto ha avanzado sostenidamente hacia el Sahel de África occidental durante los últimos 30 años. La disminución de las precipitaciones y la sobreexplotación han cobrado su precio y han acarreado sequía y hambruna.
“Nuestro ganado está flaco, porque el pasto no creció. Antes teníamos unos cinco a seis meses de lluvia, pero ahora la estación lluviosa dura mucho menos. En el pasado, el abrevadero contenía agua durante seis a siete meses, pero ahora ya no da abasto. Nuestro abrevadero se está secando”.
Al igual que la mayoría de los habitantes del poblado de Feteye, el sustento y el alimento de Rakia y sus hijos dependen de la agricultura.
Pero el sol quema implacable todos los días y no hay árboles para protegerse. “El viento se ha llevado toda nuestra tierra fértil. La tierra está tan dura, que incluso si sembramos semillas el cultivo no prospera. La tierra está seca. ¡Así es imposible!”
En ocasiones, la familia se queda tres de cada cuatro noches sin comer, dice Rakia.
“Nos acostamos con hambre. ¿Logrará sobrevivir mi familia? Si no viene la lluvia, no podemos labrar la tierra. Si la lluvia no cae, ¿vale la pena vivir?”
En el mundo, todos los años la desertificación inutiliza unos 12 millones de hectáreas agrícolas, situación que pone en riesgo los medios de sustento de 1.200 millones de personas. Se calcula que el calentamiento global aumentará las zonas de clima desértico en 17% en el transcurso de los próximos años.
Samysuddin recuerda cuando los peces eran tan abundantes en el archipiélago de Spermonde de Indonesia que salía a pescar para la cena cuando su esposa comenzaba a preparar el arroz.
“En menos de una hora, podía pescar muchos peces con mi arpón submarino. ¡Y algunas veces volvía con la pesca incluso antes de que el arroz estuviera listo!”
Sin embargo, las cosas han cambiado en las aguas de la Isla de Kapoposang en Sulawesi meridional. Los arrecifes de coral otrora colmados de peces se están blanqueando y se encuentran cubiertos de algas.
Ahora puede tardar horas antes de arponear un único pez. “A veces no logro pescar ninguno y nos quedamos todo un día sin comer”, cuenta.
“En estos tiempos, mi mujer ya no prepara las comidas como antes. Ahora primero debo conseguir el pescado”.
No obstante, Samysuddin teme que puedan venir cambios aún mayores en su estilo de vida, tanto para él como para sus compañeros Bugis.
“Los Bugis que viven en estas islas son los que están más alejados de la tierra firme. No tenemos otros trabajos aparte de la pesca. No hacemos trabajo de oficina; sólo conocemos la vida de mar”.
“Si los arrecifes continúan su proceso de degradación, ya no habrá ningún pez por estos lados. Y si ya no quedan peces en los arrecifes de coral, no seremos capaces de pescar, ni con sedal ni con arpón submarino. Ya no podremos pescar más. ¿Qué haremos aquí en Kapoposang si eso sucede? No nos quedará nada por hacer”.
Hasta 18% de los arrecifes de coral del mundo podría perderse debido al cambio climático. En las aguas costeras de Asia, la pérdida podría ser de 30% y deteriorar aún más industrias pesqueras que ya están agotadas.
En Pucarumi, una pequeña comunidad a los pies de los nevados Andes peruanos, Felipe reflexiona sobre el destino del glaciar Ausangate. Año tras año, el enorme glaciar blanco de su infancia ha ido retrocediendo y lentamente se ha vuelto oscuro.
“Ya sentimos los efectos del cambio climático”, señala Felipe, un pastor de alpacas cuyos animales pastan en las praderas bañadas por las aguas del Ausangate. “Esta pérdida de nieve significa que recibimos menos agua. Se trata de un factor climático que nos está causando graves perjuicios”.
La falta de agua redunda en menos pasto y en más dificultades para criar el ganado. Los animales, por ejemplo alpacas y ovejas, no tienen suficiente alimento y “así su lana tampoco crece”. “Eso obliga a las personas a recurrir a fibras sintéticas para tejer sombreros, suéteres y bufandas”.
Los cultivos también sufren y Felipe ya no puede sembrar patatas indígenas en los campos ubicados a menor altura, porque no llega agua suficiente. “Tenemos que sembrarlas a mayor altura. Pero cada año que pasa, también tenemos menos tierra en las montañas. En pocos años más, ya no nos quedará lugar donde sembrar estas patatas”.
Los campesinos ahora están obligados a usar fertilizantes químicos para cultivar patatas “mejoradas”. “Necesitamos dinero para comprar estos fertilizantes, pero antes era diferente. Podíamos usar estiércol del corral”.
“Toda la comunidad está preocupada. No sabemos qué hacer o qué decir acerca de este caos”.
Felipe se siente especialmente inquieto por el futuro de sus hijos una vez que el Ausangate desaparezca para siempre.
“Cuando toda la nieve se haya ido, no sé qué vamos a hacer. Sólo Dios sabe lo que el destino nos depara una vez que no quede más agua y nieve”.
Los glaciares se están derritiendo a tal velocidad en todo el mundo que algunos habrán desaparecido en 15 a 25 años más. En los Andes, este proceso amenazará el suministro de agua de las principales ciudades sudamericanas y pondrá en riesgo a las poblaciones y su alimento.