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“El desafío del liderazgo económico”

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"El desafío del liderazgo económico"

Robert B. Zoellick
Presidente del Grupo del Banco Mundial
Centro para el Desarrollo Mundial, Ciudad de Washington i

2 de abril de 2008

El pasado mes de octubre, poco después de incorporarme al Grupo del Banco Mundial, y con el fin de orientar nuestra labor, presenté una visión cuyo objetivo era lograr una globalización incluyente y sostenible, como medio de acabar con la pobreza, impulsar el desarrollo sin olvidar el medio ambiente y crear oportunidades y esperanzas para los individuos.

El mes siguiente, participé en una reunión del Grupo de los Veinte celebrada cerca de Ciudad del Cabo, que contó con la participación de ministros de hacienda y gobernadores de bancos centrales de países desarrollados y en desarrollo, bajo la competente dirección de Trevor Manuel, de Sudáfrica.

Durante las deliberaciones formales, algunos participantes, al examinar el tumulto financiero del verano, comenzaron a presagiar la serie de acontecimientos que trastornarían los mercados en los meses próximos; como ocurre muchas veces, los intercambios informales durante las pausas para el café fueron más explícitos en cuanto a las advertencias e interrogantes acerca de los riesgos.

En los meses posteriores se pudieron comprobar las enormes pérdidas para los valores de la vivienda y de las hipotecas, los créditos y los altos ejecutivos, las nuevas pérdidas reconocidas a medida que los altos directivos trataron de arreglar sus balances, el trauma de los aseguradores de un solo ramo con sus efectos dramáticos sobre las transacciones estructuradas, las preocupaciones sobre las contrapartes y, en último término, las recapitalizaciones y adquisiciones. Más recientemente, hemos observado los golpes sufridos por los balances de los bancos comerciales, que no tuvieron que cotejar el mercado de inmediato. La liquidez a corto plazo se agotó por efecto de la sequía financiera e informativa. Los proveedores de fondos apalancados de todos los tipos -bancos de inversión, fondos privados de capital social, fondos de cobertura e incluso el papel comercial de las compañías- se vieron sometidos a fuerte presión en busca de liquidez. En un momento en que las sedientas instituciones financieras conservaron sus depósitos, el modelo de titulización de los flujos de efectivo escalonados, pérdidas subordinadas y mejoras crediticias se contrajo de nuevo, dejando bajo mínimos a los originadores de los préstamos.

Por otro lado, hemos visto el rostro humano de las personas que se esfuerzan por hacer frente a estas fuerzas aparentemente impersonales.

Los Estados Unidos han tenido la fortuna de contar con líderes financieros firmes y prácticos en este momento de agitación: el secretario del Tesoro, Hank Paulson; el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, y Tim Geithner, presidente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Los ministros de hacienda y los gobernadores de los bancos centrales de todo el mundo están en contacto estrecho y constante.

Parte de su desafío -y del nuestro- es comprender los efectos de este tumulto financiero sobre la economía “real”; sobre el crecimiento, los empleos, los precios, los sueldos, los beneficios, el comercio, las casas y las empresas, sobre los individuos y las familias. Además, el deterioro financiero se combina con otros dos cambios: una subida de los precios mundiales de la energía y de los productos básicos y una reducción de la caída de los precios conseguida en el pasado decenio gracias a la incorporación de centenares de millones de nuevos trabajadores de países en desarrollo a la fuerza de trabajo mundial. Sabemos que los efectos macroeconómicos de estos reveses no son positivos, pero desconocemos todavía el alcance y el tipo exacto de influencia que ejercerán.

El interrogante que se plantea al hablar de los efectos en la economía mundial “real” es qué relación vincula la agitación financiera de hoy con nuestros esfuerzos en favor de una globalización y un desarrollo incluyentes y sostenibles, con sus efectos en quienes intentan mejorar sus condiciones de vida.

La notable diferencia entre este período de agitación financiera y los del pasado es el comportamiento de los países desarrollados y en desarrollo. En un seminario celebrado en agosto, un funcionario mexicano observó con sorna que, esta vez, la culpa no había sido de su país. De hecho, los Estados Unidos deberán extraer enseñanzas sobre la reglamentación y supervisión financieras en un mercado siempre cambiante, al mismo tiempo que colaboran con otros para iniciar la reconstrucción.

No sólo ha cambiado el epicentro del terremoto: los temblores han sacudido a cada mercado de distinta manera. Los márgenes de endeudamiento, tradicionalmente reducidos, en la deuda de los mercados emergentes se han ampliado algo, pero sólo modestamente en comparación con la mayoría de los demás productos crediticios. Naturalmente, los mercados de los países en desarrollo no quedarán inmunes; los tipos de cambio han sufrido grandes altibajos, los precios accionarios de los mercados emergentes se han visto afectados negativamente y los márgenes de la deuda no gubernamental han conocido una notable ampliación, en consonancia con sus contrapartes de otros lugares.

Sobre todo, hay una sorprendente diferencia en esta coyuntura negativa: China, la India y otras potencias económicas en alza representan polos alternativos de crecimiento para la economía mundial. No se trata de una “desvinculación”, ya que las interconexiones de la globalización trasmitieron los efectos de los problemas financieros y la desaceleración del mundo desarrollado; es, más bien, una diversificación positiva de las fuentes de crecimiento. Más de la mitad del crecimiento de la demanda mundial de importaciones procede ahora de los países en desarrollo, lo que ofrece oportunidades de exportación para las economías tanto en desarrollo como desarrolladas. Ello representa un reequilibrio -no una desvinculación- que contribuye a una globalización incluyente y sostenible. Lo mismo que la diversificación es beneficiosa para una cartera de inversión, lo es también para las fuentes de crecimiento en la economía mundial.

En momentos como éste se plantea un problema de liderazgo: reconocer el paisaje cambiante, muchas veces mientras los acontecimientos y el destino se precipitan velozmente, con el fin de atender las necesidades más acuciantes, al mismo tiempo que se plantan las semillas de las que obtendremos la madera para apuntalar el futuro. En estos momentos, debemos hacer frente a las amenazas inmediatas al mismo tiempo que instauramos una globalización incluyente y sostenible que ofrezca más fuentes de crecimiento e innovación para el futuro, fomente la cooperación multilateral para hacer frente a las crisis y coyunturas negativas y multiplique las oportunidades y esperanzas para todos.

Por ello, deseo subrayar cuatro necesidades inmediatas que ofrecen también oportunidades a largo plazo. En cada caso, haré un llamamiento a la acción.

Altos precios de los alimentos: Un Nuevo acuerdo para la política alimentaria mundial

En un momento en que los mercados financieros se han hundido, los precios financieros han subido vertiginosamente. Desde 2005, los precios de los alimentos básicos han crecido nada menos que el 80%. El mes pasado, el precio real del arroz alcanzó el máximo de los 19 últimos años; el precio real del trigo se situó en el nivel más elevado de los 28 últimos años, casi dos veces superior al precio medio de los 25 años precedentes.

Esta buena noticia para algunos agricultores representa una carga abrumadora para los más vulnerables: niños de sólo cuatro ó cinco años que se ven obligados a abandonar la seguridad de sus comunidades rurales para buscar desesperadamente alimentos en ciudades superpobladas; motines por la falta de alimentos que representan una amenaza de desintegración social; madres que no pueden criar niños sanos. El Grupo del Banco Mundial estima que 33 países de todo el mundo están expuestos a disturbios sociales debido a la enorme subida de los precios de los alimentos y la energía. En estos países, donde los alimentos representan entre la mitad y tres cuartas partes del consumo, no hay margen para la supervivencia.

Las realidades de la demografía, los cambios en los hábitos alimentarios, los precios de la energía y los biocombustibles, y los cambios climáticos parecen indicar que durante muchos años los precios de los alimentos seguirán siendo altos, e inestables.

Necesitamos un Nuevo acuerdo para una política alimentaria mundial. Éste debe hacer hincapié no sólo en el hambre y la malnutrición, el acceso a los alimentos y su suministro, sino también en las interconexiones con la energía, los rendimientos, el cambio climático, la inversión, la marginación de las mujeres y otras personas, y la capacidad de resistencia económica y el crecimiento. La política alimentaria debe ser objeto de atención en las instancias políticas más elevadas, ya que ningún país o grupo puede responder por sí solo a estos desafíos mutuamente vinculados.

Deberíamos comenzar ayudando a aquéllos cuyas necesidades son inmediatas. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de las Naciones Unidas necesita al menos US$500 millones de suministros alimentarios adicionales para hacer frente a los llamamientos de emergencia. Los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y otros países de la OCDE deben actuar sin demora para cubrir esa laguna, o serán muchas más las personas sometidas a sufrimientos y al hambre.

La espectacular subida de los precios de los alimentos ha atraído mayor atención al desafío más amplio de la lucha contra el hambre y la malnutrición, el componente “olvidado” entre los objetivos de desarrollo del milenio (ODM) de las Naciones Unidas.

Aun cuando el hambre y la malnutrición figuran precisamente en el primero de los ODM, más allá de la ayuda alimentaria tradicional, reciben sólo aproximadamente una décima parte de los recursos merecidamente destinados al VIH/SIDA, otra plaga mortífera. No obstante, la malnutrición es el ODM con mayor efecto “multiplicador”: representa el mayor factor de riesgo para los niños de menos de cinco años y la causa profunda de unos 3,5 millones de fallecimientos de ese grupo de edad cada año. Más del 20% de los fallecimientos maternos puede atribuirse a la malnutrición. Ésta merma la inmunidad frente a las enfermedades. Investigaciones llevadas a cabo en Guatemala han demostrado que los niños que recibieron suplementos nutricionales durante sus dos primeros años de vida consiguieron en su vida adulta salarios que eran, en promedio, un 46% más altos. Cuando las familias empobrecidas tienen que recortar gastos, las primeras perjudicadas son las niñas de poca edad. El hambre y la malnutrición son una causa , no sólo un resultado, de la pobreza.

Este Nuevo acuerdo exige un sistema de ejecución más sólido, a fin de superar la fragmentación en las políticas sobre seguridad alimentaria, salud, agricultura, abastecimiento de agua, saneamiento, infraestructura rural y género.

En este Nuevo acuerdo debe preverse la sustitución de la ayuda alimentaria tradicional por un concepto más amplio de asistencia alimentaria nutricional. En muchos casos, las ayudas en efectivo o los cupones, a diferencia de la ayuda ofrecida para los productos básicos, son un instrumento adecuado y pueden contribuir a la creación de mercados de alimentos locales y a la producción agrícola. Cuando se necesitan productos básicos, las compras a los agricultores locales pueden reforzar las comunidades. Los fondos pueden comprar micronutrientes que respondan a las necesidades locales. Los programas de comidas escolares atraen a los niños a la escuela, al mismo tiempo que ayudan a los niños sanos a aprender y, en algunos casos, ofrecen también alimentos a los padres.

El Grupo del Banco Mundial puede contribuir respaldando medidas de emergencia que ayuden a los pobres al mismo tiempo que ofrecen incentivos para producir y comercializar los alimentos como parte del desarrollo sostenible. Países tan heterogéneos como Bhután y Brasil o Madagascar y Marruecos tienen programas de alimentación para los grupos vulnerables. Mozambique, Camboya y Bangladesh emplean programas de obras públicas seleccionados localmente a cambio de alimentos, con resultados beneficiosos en forma de carreteras, pozos, escuelas, protección frente a los desastres naturales y bosques. Otros, como China, Egipto, Etiopía y México, ofrecen transferencias en efectivo condicionadas a medidas de autoayuda: envío de los niños a la escuela o controles médicos preventivos. Los países deben acabar también con los peligrosos obstáculos fronterizos al comercio de alimentos, que aumentan los riesgos de los países vecinos necesitados y acaban con los estímulos al aumento de la producción.

Colaboraremos con los países, en particular los de África, y las instituciones asociadas, para aprovechar la oportunidad ofrecida por la mayor demanda de alimentos. Nuestro Informe sobre el desarrollo mundial de 2008, cuyo tema es la agricultura y el desarrollo, señala el camino a seguir. Podemos impulsar una “Revolución Verde” para África al sur del Sahara ayudando a los países a aumentar la productividad en toda la cadena de valor agrícola y a los pequeños agricultores a romper el ciclo de la pobreza. Vamos a duplicar prácticamente nuestro propio financiamiento en favor de la agricultura en África, que pasará de US$450 millones a US$800 millones, y podemos ayudar a los países y agricultores a gestionar los riesgos sistémicos, en particular mediante innovaciones financieras para hacer frente a la variabilidad atmosférica, por ejemplo, las sequías. Podemos ofrecer acceso a la tecnología y a la ciencia con el fin de aumentar los rendimientos.

La Corporación Financiera Internacional (IFC), nuestra entidad encargada del sector privado, incrementará su apoyo en forma de inversiones y asesoramiento a las operaciones agroindustriales de África y otros lugares, en particular colaborando con el Banco en actividades relacionadas con el reconocimiento de títulos de propiedad de la tierra y la productividad, el financiamiento en moneda local, el capital de explotación, la distribución y la logística, y el apoyo a los servicios intermedios a que deben recurrir los agricultores.

Para lograr mejores resultados, deberemos integrar y movilizar una gran variedad de asociados: la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el PMA y el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (FIDA), otros bancos multilaterales de desarrollo, donantes privados como la Fundación Gates, institutos de investigación agraria, países en desarrollo con gran experiencia agrícola, como Brasil, y, sobre todo, el sector privado.

Este Nuevo acuerdo para una política alimentaria mundial fomentará un desarrollo incluyente y sostenible. Se beneficiarán tanto los países pobres como los de ingreso mediano y los desarrollados. El aumento de los ingresos procedentes de la agricultura tiene una capacidad tres veces mayor de superar la pobreza que los aumentos conseguidos en otros sectores, ya que el 75% de los pobres vive en zonas rurales y la mayoría de ellos se dedica a la agricultura. Casi todas las mujeres rurales que intervienen activamente en las economías de los países en desarrollo practican la agricultura. Con ayuda, las mujeres pueden aprovechar las oportunidades de una demanda alimentaria globalizada.

Un acuerdo comercial a nivel mundial: Es ahora o nunca

Las personas pobres necesitan que los precios de los alimentos bajen ya mismo. Pero el sistema comercial agrícola del mundo está estancado en el pasado. Si es que existe un momento de recortar las subvenciones agrícolas que causan distorsión y de abrir los mercados a las importaciones de alimentos, ese momento es ahora. Si no es ahora, ¿cuándo?

Un sistema de comercio mundial de los productos agrícolas más justo y abierto otorgará más oportunidades -y confianza- a los agricultores africanos y de otras regiones en desarrollo para aumentar la producción. El Grupo del Banco puede ayudar a los países en desarrollo a aprovechar esas posibilidades ampliando la capacidad de comerciar, superando las barreras que impiden llegar a los mercados y ofreciendo financiamiento para el comercio. Tanto los contribuyentes como los gobiernos pueden ahorrarse el costo de las subvenciones y mejorar así el presupuesto.

La solución es salir, durante 2008, del punto muerto en que se encuentra el Programa de Doha para el Desarrollo. El director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC), Pascal Lamy, intentará convocar a una reunión de los Ministros de Comercio en las próximas semanas. Éste es el momento de decidir en la Ronda de Doha. Lamy ha trabajado sin prisa pero sin pausa con los presidentes de comité de la OMC pertenecientes a los grupos de negociación para zanjar las diferencias. Tenemos una buena oportunidad sobre la mesa. Es ahora o nunca.

El resultado es ambicioso: las reducciones de aranceles, tanto en productos agrícolas como manufacturados, se llevarán a cabo a través de fórmulas que recorten las cantidades más elevadas y no mediante un sistema de porcentaje directo; las subvenciones agrícolas más altas también sufrirán una rebaja más pronunciada.

En estos momentos, el principal desafío es lograr el equilibro entre las reducciones arancelarias profundas y progresivas, por un lado, y la “flexibilidad” de ofrecer excepciones, por el otro. Estas excepciones no deberían neutralizar las reducciones; en la medida de lo posible, la flexibilidad debería seguir ofreciendo perspectivas de ampliar el comercio a medida que crecen las economías.

Se ha comentado que los países en desarrollo van a obtener beneficios para la agricultura si dejan de lado las protecciones otorgadas a las manufacturas. Esta afirmación puede malinterpretarse. Teniendo en cuenta el crecimiento de los países en desarrollo como productores de manufacturas y fuente mundial de abastecimiento, tanto las economías en desarrollo como las desarrolladas se beneficiarán de la reducción de las barreras al comercio de bienes. Además, este acuerdo debería impulsar los mercados de servicios, que constituyen una parte cada vez más importante del producto interno bruto mundial, un medio que facilita el desarrollo y la infraestructura en los países y un complemento de las medidas dirigidas a facilitar el comercio. El acuerdo también puede aclarar las “reglas” que impiden el comercio.

Estas negociaciones no son un concurso mundial de póquer en el cual los ministros juegan sus cartas cuidadosamente y un ganador se lleva el pozo de fichas. Estamos hablando de complejos ejercicios de resolución de problemas. Todos deben regresar a sus países con beneficios y con explicaciones políticas.

Los líderes políticos también deben hacer presión para lograr beneficios generales y a largo plazo. Este acuerdo podría contribuir a una globalización incluyente y sostenible: mayores oportunidades para los países en desarrollo -grandes y pequeños, de ingreso mediano y bajo- de ser más productivos y de reducir los precios a través del comercio, y un sentido de equidad más perceptible por todos en la economía internacional, logrado a partir de la modernización de un sistema que ya cuenta con medio siglo. Asimismo, un adelanto de este tipo en la Ronda de Doha infundiría confianza en un sistema económico signado por la inquietud financiera.

Este momento de decisión no corresponde solamente a la Ronda de Doha; corresponde al comercio mismo. Sectores poderosos del espectro político, incluso de mi propio país, están pidiendo y justificando el proteccionismo. Este aislacionismo económico es señal de un derrotismo que terminará cosechando las pérdidas y no las ganancias de la globalización.

En esta era de globalización, el destino de las negociaciones de Doha va más allá del comercio y la economía tradicional. Estas conversaciones sobre comercio constituyen una prueba crucial en el delicado proceso de lograr un acuerdo mundial sobre el cambio climático. Los fundamentos económicos en que se cimientan las negociaciones sobre comercio han sido generalmente aceptados durante muchos años. Si los negociadores de 150 economías no son capaces de aceptar las concesiones políticas de la Ronda de Doha para cosechar los frutos que están a la vista, poco se puede esperar de una reunión entre países desarrollados y en desarrollo para lograr un nuevo acuerdo sobre el cambio climático.

Poner en marcha una Iniciativa sobre transparencia en las industrias extractivas ++ (EITI++) para anular la maldición de los recursos

Los elevados precios actuales de la energía y los minerales en el mundo en desarrollo imponen costos a algunos y ofrecen grandes oportunidades a otros. Algunos países han utilizado sus recursos naturales como un trampolín hacia el desarrollo; para otros, este tesoro puede convertirse en una verdadera maldición. Los países desarrollados y en desarrollo han experimentado individualmente los riesgos de estos sectores: economías “duales” que excluyen a la mayoría de los ciudadanos; corrupción en la concesión de licencias y en acuerdos de trato preferencial; ingresos volátiles que tientan a las autoridades públicas y debilitan la sostenibilidad de los presupuestos y el crecimiento; el “síndrome holandés” de tasas de cambio determinadas por la exportación de recursos que afecta el empleo y el comercio en un ámbito más amplio; la renta de recursos naturales, que despierta conflictos entre facciones “cazafortunas”; los costos ambientales extremos, y hasta un sentido de pérdida de soberanía cuando unos pocos privilegiados parecen beneficiarse de la venta del patrimonio nacional.

La Iniciativa sobre transparencia en las industrias extractivas, o EITI, fue puesta en marcha en 2002 por el entonces primer ministro británico Tony Blair, con el compromiso de los líderes africanos de la Nueva Alianza para el Desarrollo de África (NEPAD). El objetivo de la EITI es mejorar la gestión de gobierno en los países ricos en recursos mediante la solicitud de la verificación y publicación completa de los pagos de las empresas y los ingresos del gobierno provenientes del petróleo, el gas y la minería. La EITI ha evolucionado hasta convertirse en una coalición internacional de gobiernos, el Grupo del Banco Mundial, empresas de petróleo, gas y minería, órganos del sector, inversionistas y organizaciones de la sociedad civil, como Transparencia Internacional, Oxfam y Global Witness . En la actualidad, 24 países están aplicando la EITI; de ellos, 17 se encuentran en África al sur del Sahara.

No obstante, la transparencia en los ingresos no es suficiente. A fin de ayudar a garantizar que los elevados precios de la energía y los recursos mineros se traduzcan en mejoras en la vida de los pobres, trabajaremos con nuestros clientes de los países en desarrollo y otros asociados para ampliar los conceptos de la EITI en materia de transparencia y buen gobierno, tanto en las etapas iniciales como en las más avanzadas, con la EITI++ como marco de trabajo amplio que complemente el proyecto original.

Estamos determinando los pasos necesarios para ayudar a las industrias extractivas a contribuir al desarrollo sostenible mediante el tratamiento de los riesgos a lo largo de toda la cadena de valor. Consideraremos la adjudicación de contratos, las operaciones de seguimiento, la recaudación de impuestos, el mejoramiento de la extracción de recursos y las decisiones sobre gestión económica, la mejor gestión de la volatilidad de los precios y la inversión eficaz de los recursos en desarrollo sostenible.

Para ponernos en marcha ya, estamos diseñando un mecanismo para ayudar a fortalecer la capacidad de los gobiernos, que prestará asistencia mucho más rápido que nuestras operaciones tradicionales de financiamiento; nos dedicaremos a formular y dar a conocer prácticas recomendadas, normas y códigos, y a proponer marcos fiscales, jurídicos y normativos. Estamos buscando forjar alianzas, tan fuertes como sea posible, para desarrollar estas ideas con nuestros clientes, ya que la “identificación nacional” del enfoque de la EITI++ es clave para lograr un buen resultado. Asimismo, constituiremos un comité asesor de partes interesadas para que nos oriente.

Por ejemplo, estamos trabajando en la aplicación de una EITI++ en Guinea, en coordinación con el Banco Africano de Desarrollo, la Unión Africana, la Comunidad Económica de los Estados del África Occidental y la Unión Monetaria del África Occidental. De conseguirse la explotación de los abundantes recursos naturales de Guinea, se reforzaría el desarrollo sostenible de toda la región.

La EITI++ puede propugnar la globalización incluyente y sostenible ampliando el número de beneficiarios de la explotación de recursos. La transparencia y las medidas de lucha contra la corrupción reforzarán la confianza de los ciudadanos en sus gobiernos como responsables del bien público. El respeto por el medio ambiente contribuirá al crecimiento sostenible. Y el acceso efectivo a estos recursos energéticos y minerales, a lo largo de los ciclos, servirá para fortalecer la sostenibilidad de los beneficios de la globalización para otros.

Una “solución del 1%” para la inversión en capital accionario en África

Las economías en alza de China, la India, Brasil y otros países han logrado fortalecer y reequilibrar la economía internacional, proporcionando nuevos polos de crecimiento. Son nuevas “partes interesadas” en la globalización. El Grupo del Banco también estará atento para ayudar a estos clientes a capear la tormenta crediticia y la sequía de liquidez si éstas entorpecieran su camino.

También tenemos un objetivo estratégico más amplio: debemos lograr que las economías en crecimiento de África se conviertan en un polo de crecimiento complementario en el curso de los próximos 10 a 15 años.

Estamos elaborando una “solución del 1%” para la inversión en capital accionario en África, que permitirá avanzar en la consecución de este objetivo. Mientras que algunos consideran que los fondos soberanos constituyen un motivo de preocupación, nosotros pensamos que ofrecen oportunidades. Hoy, los fondos soberanos de riqueza poseen activos por un valor aproximado de US$3 billones. Si el Grupo del Banco Mundial logra crear plataformas y puntos de referencia para la inversión en capital accionario que permitan atraer a estos inversionistas, inclusive la asignación de tan sólo el 1% de sus activos aportaría US$30.000 millones para intensificar el crecimiento, el desarrollo y las oportunidades en África. Este 1% sería el comienzo de algo mucho más grande, que abarcaría otros tipos de fondos y otros países, pues la inversión de la riqueza en capital para el desarrollo brinda oportunidades y no debe inspirar temor.

Los incrédulos probablemente moverán la cabeza en señal de duda. Recordemos, sin embargo, la incertidumbre que reinaba en 1993 respecto de las perspectivas de China y la India. Cinco años después, el mundo se apoyaba sólo en China para mantener la estabilidad monetaria en el contexto de las perturbaciones de Asia oriental. Hoy, a pesar de que afrontan problemas complejos y difíciles, China y la India son los motores que impulsan el crecimiento. Los objetivos que un día resultan inalcanzables, al siguiente parecen inevitables.

¿Y África? Entre 1995 y 2005, 17 países de África al sur del Sahara, que representan el 36% de la población, crecieron en promedio el 5,5% sin contar con el impulso de grandes recursos naturales; durante el mismo decenio, ocho naciones productoras de petróleo, que representan otro 29% de la poblción, crecieron en promedio el 7,4%.

Estos países desean construir sobre los cimientos de desarrollo social establecidos en los objetivos de desarrollo del milenio. Quieren crecer, y para ello necesitan energía confiable a un bajo costo; infraestructura; integración regional con acceso a los mercados mundiales, y sectores privados más robustos.

Estos países brindan oportunidades de inversión.

Una de las enseñanzas que nos dejó el reciclaje de los petrodólares en los años setenta es que las inversiones en capital accionario son más sostenibles que la deuda. Varios fondos de mercados emergentes ya han comenzado a invertir a largo plazo en África.

Una de las ironías de la economía mundial actual es que sigue habiendo amplia liquidez a largo plazo a pesar de la falta de liquidez a corto plazo. Prueba de ello son los fondos soberanos de riqueza, otra característica prominente de la nueva globalización y de la creciente influencia de las economías en desarrollo.

Algunos fondos soberanos se constituyen especialmente para el petróleo y otros productos básicos. Otros, especialmente en Asia oriental, surgieron a raíz del trauma de 1997-98: como un “autoseguro” contra calamidades en los mercados de capitales, los gobiernos acumularon un colchón de reservas a través de políticas cambiarias, superávits comerciales y una gestión fiscal prudente.

Los fondos soberanos ya sirven como medio de sostén para la recapitalización de las instituciones financieras. Confío en que en los próximos meses seguirán respaldando la globalización -y ampliando su carácter inclusivo- a través de nuevas inversiones en capital accionario, a medida que el proceso de desapalancamiento del sistema financiero sigue su curso y se recaba información para dilucidar cuáles son las mejores opciones.

Es indudable que los fondos soberanos tienen que ser transparentes y deberían regirse por prácticas óptimas a fin de evitar la politización. No obstante, considero que debemos celebrar la posibilidad de que los fondos patrocinados por gobiernos inviertan capital en el desarrollo.

El Grupo del Banco Mundial, especialmente a través de la Corporación Financiera Internacional (IFC), puede ayudar a conectar la liquidez mundial a largo plazo con las oportunidades de inversión en África. Desde su creación, la IFC ha invertido unos US$8.000 millones en África al sur del Sahara y, tan sólo en el pasado ejercicio, alrededor de US$160 millones en capital accionario. La IFC está creando dos nuevos fondos de US$100 millones para infraestructura y para microinversión en acciones. El Banco considera que las perspectivas para el capital accionario están aumentando rápidamente. En la actualidad, la IFC trabaja sobre la base de una plataforma de arquitectura abierta para los fondos, que permite aprovechar su posibilidad de acceso, sus conocimientos y su capital, pero también está dispuesta a constituir empresas en régimen de participación con gobiernos y con sus fondos.

Podemos ayudar a otros inversionistas a vencer los obstáculos iniciales que dificultan la inversión en nuevas oportunidades de capital accionario en África. Podemos ayudar a los países a resolver los impedimentos jurídicos y mejorar los regímenes normativos y de precios para las inversiones en infraestructura. El Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones puede ofrecer seguros contra riesgos políticos.

A partir de allí, los fondos soberanos de riqueza pueden colaborar o incluso invertir junto con el Grupo del Banco, no sólo como otra fuente de asistencia para el desarrollo sino, más bien, como inversionistas a largo plazo. La posición que ocupa el Banco lo convierte en un “socio preferido”.

Así como el proyecto del Grupo del Banco sobre el Fondo de Bonos en Moneda Local para los Mercados Emergentes Globales está contribuyendo a acelerar el desarrollo de los mercados internos de deuda en moneda local en los países en desarrollo como una clase de activos separada, medido en función de un nuevo índice del desempeño, así también podemos instar a los inversionistas a que asignen fondos a inversiones en capital accionario en África como una clase de activos de frontera viables. Estos activos añadirán beneficios en términos de desempeño y diversificación de la cartera, tanto geográficamente como por tipo de inversión.

Al ayudar a elaborar nuevos índices para inversiones en África, el Grupo del Banco también atraerá inversionistas que necesitan puntos de referencia para el desempeño. Luego, el Banco u otros podrán crear fondos de inversión basados en un índice de valores para África. Con el tiempo, estos instrumentos permitirán incorporar un amplio espectro de inversionistas, entre ellos fondos de pensión.

Esta “solución del 1%” es un medio para lograr que África reciba los plenos beneficios de la globalización. Es una estrategia para fortalecer el sistema globalizado, añadir fuentes de crecimiento y promover la sostenibilidad de la globalización.

Conclusiones

Bismarck dijo alguna vez que la cualidad que distingue a un estadista es la capacidad de reconocer a la diosa del destino cuando pasa rápidamente junto a él, y aprovechar la oportunidad para aferrarse al borde de su manto.

Es el momento de aplicar el arte de gobernar a la política económica.

Las viejas estructuras se están desmoronando y están surgiendo nuevas fuentes de poder económico. Pero nuestra visión está empañada por los remolinos de viento que azotan los mercados a medida que las empresas y las fortunas, los “imperios” comerciales de nuestra era, se pierden y se ganan.

El Grupo del Banco Mundial ha bosquejado seis temas estratégicos que alertan respecto de las necesidades y las oportunidades que acompañan a la diosa del destino en su rápido paso. Estos temas ponen el acento en la formulación de nuevas soluciones de desarrollo para los países más pobres; los Estados que están próximos a un quiebre o salen de un conflicto; los países de ingreso mediano, a través de la integración de los bienes públicos, como el cambio climático, en nuestra labor; las oportunidades en el mundo árabe, y la permanente actualización de nuestros conocimientos y aprendizaje.

El desafío que afrontamos consiste en adoptar ya las medidas prácticas que exigen esfuerzo y voluntad, bajo la guía de una perspectiva estratégica.

¿Hay algo más fundamental -en épocas pasadas y en los años por venir- que los alimentos, la energía, los minerales, el comercio y encauzar el capital hacia las inversiones productivas en regiones de oportunidad, fortalecidas por un buen gobierno? Debemos aprovechar las oportunidades que ofrecen los cambios en el panorama mundial: éste es el desafío de política económica que tenemos ante nosotros.





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