Por Robert B. Zoellick Presidente del Banco Mundial ArtÃculo publicado anteriormente en el Washington Post i el 30 de octubre de 2009. Mientras los gobiernos reconsideran las estrategias relativas a Afganistán, pululan las historias sobre las razones por las que resulta tan difÃcil lograr avances en esta “tumba de los imperiosâ€: el paÃs está azotado por la violencia y la producción de opio; hay poca confianza en el gobierno; sus vecinos se inmiscuyen, y tribus independientes a ultranza desconfÃan de toda intromisión, ya sea ésta de Gran Bretaña, la Unión Soviética, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) o Kabul. La experiencia del Grupo del Banco Mundial en Afganistán evidencia todos estos problemas. Se trata de uno de los medios más difÃciles en que cumplimos nuestra labor. Con todo, hemos observado progresos reales, mensurables: en el sector de la salud, la educación, el desarrollo comunitario, el microfinanciamiento y las telecomunicaciones. Desde 2002, el Banco Mundial ha comprometido casi US$2000 millones para proyectos en éstas y otras esferas, y administra, con asociados, un fondo fiduciario de US$3200 millones en nombre de 30 paÃses donantes. Las siguientes son algunas de las enseñanzas que hemos aprendido: Primero, debemos “asegurar el desarrolloâ€, es decir, crear un vÃnculo sólido entre la seguridad y el desarrollo. Ambos aspectos se refuerzan mutuamente, especialmente cuando el centro de atención son las comunidades y la solución de los conflictos a nivel local. Una fuerza de policÃa, un sistema de justicia y un régimen penitenciario disfuncionales fomentan una anarquÃa que produce desilusión con el gobierno y simpatÃa por sus opositores. Segundo, los planes constituyen una manera de luchar contra la corrupción mejor que las exhortaciones a actuar virtuosamente o incluso un sinnúmero de investigaciones. En virtud del comercio de estupefacientes en Afganistán, el Estado corre el riesgo de que se lo tipifique como delictivo. Sin embargo, hay medidas que pueden adoptarse para que la corrupción sea más dificultosa y menos probable. Los ministros de hacienda de Afganistán dispuestos a introducir reformas han tomado medidas prácticas para simplificar los procesos gubernamentales y aumentar la transparencia a fin de reducir las oportunidades de corrupción, y ya han elevado los ingresos públicos un 75% en el primer semestre de este año. Hace poco, el gobierno redujo el número de etapas para el registro de vehÃculos, de unas 55 a tan sólo unas pocas, lo que redujo las oportunidades de cohecho y permitió elevar los ingresos. Tercero, los proyectos emprendidos por iniciativa local son los más eficaces. El programa nacional de solidaridad, que el Banco Mundial contribuyó a poner en marcha en 2003, faculta a más de 22 000 consejos electos a nivel de los poblados para decidir acerca de las prioridades de desarrollo, desde la construcción de escuelas hasta el riego y la electrificación. Hasta ahora, el programa ha llegado a más de 19 millones de afganos en 34 provincias, con donaciones de un promedio de US$33 000. El desarrollo con el que la comunidad se identifica puede subsistir en circunstancias de conflicto: cuando una escuela financiada con recursos del programa nacional de solidaridad fue atacada en agosto de 2006, los pobladores la dkefendieron. Los consejos comunitarios también ayudaron a forjar la cooperación entre los pobladores y el gobierno. Cuarto, si bien los progresos a nivel local revisten importancia, deben forjarse la responsabilidad y la capacidad del gobierno a nivel nacional. En la actualidad, las dos terceras partes de los flujos de ayuda con destino a Afganistán no se encauzan al gobierno porque los donantes no tienen confianza en su competencia y transparencia. Sin embargo, esto socava los esfuerzos de quienes tratan de crear instituciones legÃtimas en Afganistán. También puede distorsionar mucho la asignación de recursos: en algunas zonas relativamente seguras se registra una falta pronunciada de dinero cuando podrÃan estar produciendo resultados. Podemos colaborar con la población de Afganistán para fortalecer la gestión de las finanzas públicas. Dicho esto, ante la falta de instituciones sólidas y la existencia de considerable corrupción, los buenos resultados han venido dependiendo de las sucesivas alianzas con ministros honestos y reformistas. En el nuevo gabinete deben participar más personas asÃ. Quinto, los afganos deben notar mejoras mensurables en su vida, de otro modo no sentirán que le deben nada a Kabul ni a los gobiernos locales. Se registran casos exitosos: se han construido más de 19 300 kilómetros de caminos rurales transitables todo el año, que conectan a la comunidad con los mercados; en la actualidad, el 80% de los afganos tiene acceso a servicios básicos de salud, frente a tan sólo el 9% en 2003; 6 millones de estudiantes están matriculados en la escuela, casi el 35% de los cuales son niñas, frente a cerca de un millón de estudiantes y ninguna niña hace siete años; las redes competitivas de telecomunicaciones ahora prestan servicios a alrededor de 10 millones de suscriptores. Con todo, queda mucho por hacer. La estabilidad en Afganistán también depende de un buen liderazgo, especialmente en esferas cruciales que han quedado rezagadas, como la agricultura, la energÃa, la minerÃa y el desarrollo del sector privado. Los desafÃos de asegurar el desarrollo para que éste sea sostenible son enormes. Sin embargo, el progreso es posible si se refuerza la seguridad, el gobierno afgano se identifica con la tarea, sus asociados generan desarrollo en consonancia con las decisiones de la población de Afganistán y las naciones vecinas de este paÃs deciden que se beneficiarán más con un estado eficaz que con una peligrosa zona de separación que podrÃa trasmitirles los problemas a sus territorios nacionales. |