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La mayor urgencia para Afganistán es tener una economía que florezca

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Por Robert B. Zoellick, presidente del Grupo del Banco Mundial*

22 de julio 2011--A lo largo de los siglos, desde la época de Alejando Magno hasta la Unión Soviética, las escarpadas montañas de Afganistán han sido testigos silenciosos de la marcha de los ejércitos. Las tropas de los Estados Unidos y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) abandonarán el país en poco tiempo, y las personas se preguntan si el ejército de Afganistán será capaz de brindar seguridad. Existe otra pregunta, igualmente importante: ¿Podrá la economía de Afganistán responder a lo que precisa el país?

Sin una economía viable, existen pocas posibilidades de que Afganistán pueda financiar alguna vez su propia seguridad, limitadas esperanzas de que el Gobierno logre legitimidad y escasas oportunidades de poder combatir la insurgencia.

La economía de Afganistán corre el riesgo de sufrir un “efecto multiplicador negativo”: un retiro de fondos que precipite una desaceleración abrupta. En los últimos cinco años, el país ha crecido con solidez, a un ritmo anual mayor al 10%. No obstante, esto se basó en el impulso recibido por las enormes afluencias de gasto militar y ayuda internacionales. Entre los años 2010 y 2011, el gasto militar estimado superó los US$100 000 millones, mientras que el gasto en ayuda podría alcanzar los US$15 400 millones. El producto interno bruto (PIB) total es de aproximadamente US$16 300 millones. A partir del retiro de las tropas se reducirá el apoyo. El consumo privado tiene una vinculación estrecha con el gasto militar y la ayuda.

Afganistán es un país pobre que no está en condiciones de resistir una reversión económica, en especial cuando enfrenta retos de seguridad cada vez mayores. A causa de su desempeño en materia de salud y educación, y teniendo en cuenta otros indicadores, se ubica entre los últimos puestos de los índices de desarrollo: ocupa el lugar n.° 155 en el índice de desarrollo humano elaborado por las Naciones Unidas. El retiro de la ayuda externa y el gasto militar impactará con especial fuerza en el sector de la construcción y los servicios, especialmente en el transporte, la distribución y la seguridad.

Los asociados de Afganistán deben anticipar los futuros efectos de ese retiro del gasto para amortiguar mejor el golpe. Dado el carácter ajustado de los presupuestos, Afganistán precisará una ayuda más eficiente, combinada con mecanismos de entrega de eficacia comprobada, a fin de garantizar que cada dólar ayude a los habitantes.

En primer lugar, tanto militares como donantes podrían incrementar sus esfuerzos para aumentar el gasto dentro de Afganistán. El nivel total de ayuda a Afganistán el año pasado fue equivalente al 91% de la economía del país, pero la mayor parte de la ayuda militar y de otra clase se gastó fuera del país. Incluso si las cantidades disminuyen, las cifras seguirían siendo importantes para la economía de Afganistán. La reorientación de una mayor parte del financiamiento a contratistas y proveedores locales, de modo que se gaste dentro de Afganistán y ello genere un mayor nivel de empleo para los habitantes, podría lograr un importante efecto amortiguador.

En segundo lugar, una mayor proporción de ayuda tendría que canalizarse a través del Gobierno de Afganistán. Solo el 15% de la ayuda se gasta a través del presupuesto del Gobierno. La vinculación de la ayuda con el presupuesto permitiría aumentar la proporción de empresas locales que ganen contratos de licitación. Sin embargo, los donantes tendrían que fortalecer las capacidades dentro del Gobierno de Afganistán e incluir salvaguardias efectivas contra la corrupción. Aún así, el Ministerio de Hacienda, bien capacitado, ha utilizado el financiamiento a través del presupuesto para aumentar la transparencia, el seguimiento fiduciario y la supervisión de otros ministerios. El Banco Mundial y el Fondo Fiduciario para la Reconstrucción de Afganistán brindan asistencia a través del presupuesto en asociación con los ministerios de Afganistán. Los ciudadanos de Afganistán no pueden tomar el control de su destino si los donantes no operan a través del Gobierno. El desarrollo no funciona sin un mayor protagonismo a nivel local.

En tercer lugar, los afganos podrían ayudarse a sí mismos si pudieran tener mejores ingresos ellos mismos. Las tendencias actuales revelan que el ingreso interno podría aumentar el 16% por año y llegar a alrededor del 13% del PIB antes del año 2019, principalmente sobre la base del avance en la reforma de la aduana, un nuevo impuesto al valor agregado por aplicarse en el año 2014 y la cobranza de ingresos del sector minero. Sin embargo, si el apoyo externo disminuye rápidamente, la brecha entre el dinero que ingresa y el que sale crecería. Esa brecha deberá ser zanjada, durante algún tiempo, por donantes externos.

Los donantes pueden respaldar todos estos objetivos renovando su compromiso con el Fondo Fiduciario para la Reconstrucción de Afganistán. Este fondo financia muchos de los programas que tuvieron resultados satisfactorios, entre ellos el Programa Nacional de Solidaridad: una iniciativa de desarrollo impulsada a nivel comunitario; otros programas exitosos incluyen: educación para niños y niñas; carreteras de acceso rurales; un programa básico de salud, y un sistema de gestión de las finanzas públicas creíble. En cuarto lugar, queda mucho por hacer para aumentar la inversión del sector privado. Afganistán ocupa el puesto n.° 167 en el informe Doing Business del Banco Mundial. Además de la seguridad y la corrupción, las empresas deben hacer frente a otros obstáculos como el carácter costoso y poco confiable del suministro eléctrico, la falta de un sistema adecuado de registro de tierras y la debilidad de las estructuras jurídicas. Aun así, Afganistán cuenta con una riqueza de recursos en el sector minero, en gran medida descuidado y con escaso financiamiento. Con inversiones privadas destinadas a brindar ayuda para el financiamiento de la exploración, el fortalecimiento de la capacidad y la construcción de infraestructuras adecuadas, la minería, el petróleo y el gas podrían promover el desarrollo económico del país. La agricultura podría mejorar a partir del lugar que ocupa como puntal de la economía del país; se necesitarán más inversiones en irrigación y en toda la cadena de producción para que los productos lleguen a mercados internos y externos.

En los últimos años, los habitantes de Afganistán lograron un progreso económico real y mensurable. Es preciso construir a partir de este progreso en lugar de abandonarlo. La estrategia de transición en el área de seguridad necesita una estrategia complementaria para la transición económica. Un ejército sin una economía está condenado al fracaso. Una retirada económica precipitada y no planificada tendría como consecuencia el sacrificio de los progresos logrados con sangre. Afganistán debe lograr mantenerse en pie por sus propios medios, pero los socios de Afganistán deben planificar ahora —juntos, coherentemente, y con el Gobierno— la forma en que el país alcanzará ese punto.

*Este editorial fue publicado originalmente por el diario The Washington Post el 22 de julio del 2011 en inglés.




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