México: escuelas sin goteras

На других языках: العربية, 中文, Français, English, Russian
Cada año, cerca de cinco millones de niños mexicanos se benefician del Proyecto  para el Desarrollo de la Educación Básica. Iniciado en 1991, el proyecto apoya escuelas en las regiones más pobres y alejadas del país a través de un financiamiento adicional para infraestructura, útiles escolares e incentivos para los maestros. El proyecto actualmente cubre a cerca del  32% de todos aquellos alumnos matriculados en escuelas primarias en México.
Recursos

Sitios oficiales
México
América Latina y el Caribe
Educación en América Latina y el Caribe

Recursos del Banco Mundial
Crónicas del desarrollo - Desarrollo 360

Artículos relacionados
Colombia: oportunidades para salir de la pobreza

México: escuelas sin goteras
Colombia: esfuerzos por la paz

TABASCO, 29 de agosto de 2005 - Apenas hace dos años, Ana María estudiaba entre charcos y goteras. Su escuela consistía en una “palapa” (casa humilde con techos de palma) que apenas lograba resguardarla a ella y sus compañeros de las lluvias torrenciales en el estado mexicano de Tabasco, uno de los estados más húmedos y propensos a inundaciones en el país.

Pero ahora, a los 12 años de edad , Ana María Hernández está a punto de completar la primaria en un salón de clases bien montado Ella pertenece a una de las primeras generaciones de alumnos que cuentan con aulas de concreto en la primaria pública Belisario Domínguez Palencia, ubicada en una comunidad aislada y colmada de palmeras en el sureste mexicano.

Hasta hace dos años, en esta escuela, ubicada en la zona de la sabana al occidente de la capital tabasqueña de Villahermosa, sólo había cuatro palapas, las cuales eran víctimas constantes de las inclemencias del tiempo.

“Cuando llovía pues nos mojábamos. No estaban todas cerradas las aulas sino nada más hasta la mitad”, dice Ana María. “Ahora pues ya nos ayudaron y la escuela está más bonita”.

La suya es una de las casi 2.000 escuelas en Tabasco que forman parte del  Programa para Abatir el Rezago en la Educación Inicial y Básica (PAREIB), que apoya a los centros escolares de las regiones más pobres y aisladas en todo el país, a través de un financiamiento extra para infraestructura, útiles escolares e incentivos para los maestros.  Actualmente el proyecto no solamente apoya escuelas primarias sino además preescolares y escuelas secundarias.

Apoyo crucial

En la escuela de Ana María, este apoyo ha sido fundamental ya que se encuentra ubicada en Ejido Santuario Primera Sección, una comunidad de unos 3.000 habitantes dedicados en su mayoría a la ganadería y agricultura de subsistencia, de los cuales un 80 por ciento vive en la pobreza.

“En tiempos de lluvias pues nos pasaba el agua de lado a lado. Nos pasaba como a las gallinas. Arropábamos a los niños en medio y nosotros allí cerquita”, dice Jaime Magaña, maestro y director de la escuela de Ana María. “Ahora ya nos construyeron cuatro aulas y no es por presumir, pero es una de las escuelas más equipadas que hay en la zona”.

Resultados visibles

El programa ya ha alcanzado resultados que saltan a la vista. Desde  su puesta en marcha la proporción de escuelas incompletas bajó del 14 al 9 por ciento en 2003.  Este dato  ha tenido un efecto importante en los indicadores educativos del país demostrando que de hecho más niños están completando la escuela.

En Tabasco, en particular, la proporción de escuelas incompletas bajó de 4.7 por ciento a 2 por ciento, la proporción de niños que termina la primaria subió del 90 al 99 por ciento,  acercándose al promedio nacional. 

El programa también generó una baja en el número de niños que dejan de asistir a clases simplemente por falta de lápices o cuadernos, ya que el programa también les permite  comprar  los útiles escolares que en muchas ocasiones los padres de familia no pueden cubrir con sus propios recursos.  A este financiamiento, conocido como Apoyo a la Gestión Escolar o AGE, se suma un incentivo adicional para el maestro, a fin de elevar su desempeño y fomentar su arraigo en la escuela puesto que generalmente radica en otras comunidades y debe viajar grandes distancias para dar sus clases.

El regreso a las raíces

Estos apoyos directos a las escuelas, adicionales al presupuesto regular para educación, han sido clave en las comunidades indígenas, las cuales sufren los mayores rezagos económicos y en materia educativa del país. 

Carlos Manuel León Chablé y sus 55 compañeros de la Escuela Margarita Maza de Juárez, en la comunidad chontal Ranchería Güero Arrancado, han aprovechado el programa para recuperar su cultura y sus raíces en el salón de clase. Ahora toman dos horas de chontal a la semana la lengua de sus padres y de sus abuelos.

Ubicada a unos 105 kilómetros al oriente de Villahermosa en una región pantanosa alimentada por el caudaloso río Usumacinta, la comunidad vive con ingresos de unos $4 dólares diarios por familia. Es una comunidad pequeña, cuya población de 245 habitantes ha sobrevivido a través de la agricultura y la pesca de subsistencia. 

Mientras que los padres de Carlos Manuel y sus abuelos hablan entre sí en chontal, él  y sus hermanos apenas lo entienden. La situación, sin embargo, ha comenzado a cambiar.

“Ahora sí hablo medio medio porque el maestro me enseñó a hablar en chontal”, dice Carlos Manuel, de 12 años de edad y estudiante de quinto grado. “Y sé decir una poesía”.

La comunidad educativa

El éxito del programa no radica solamente en la aportación de recursos económicos adicionales, sino en que ha involucrado a la comunidad, especialmente a través de los padres de familia, en la supervisión del uso de los recursos y el desempeño de los maestros.

“Antes eran maestros que llegaban de la ciudad. Viajaban y cuando estaba el tiempo feo y era la carretera de terracería pues a veces no les era posible llegar”, dice Rosa María Pérez López, ama de casa de 41 años y madre de siete hijos, tres de ellos en la escuela Belisario Domínguez Palencia en Ejido Ranchería Primera Sección. “Ahora son puntuales y responsables. Viven aquí, organizan a la gente, a los padres de familia para hacer cualquier trabajo. Trabajamos unidos y ellos son muy creativos”.

Incentivo a maestros

En particular, el incentivo a los maestros ha sido clave. Este equivale a un 25 por ciento de su salario total, y se le entrega al profesor a cambio de que trabaje nueve horas extras por la tarde para regularizar a los alumnos atrasados y siempre y cuando el representante de los padres de familia constate que ha asistido regularmente a dar sus clases.

Darvi Arias, el único maestro de la escuela primaria rural federal Profesor Ricardo Aguilar Gutiérrez, conoce el significado del incentivo de primera mano. Ubicada en La Pitahaya, una comunidad de 200 personas dedicadas a la pesca de subsistencia y con altos niveles de pobreza en la zona de pantanos, la escuela sólo cuenta con 30 alumnos, quienes estudian del primer al sexto grado en un mismo salón y con el mismo profesor.

El incentivo “le servía a los niños que se encuentran más atrasados, pues se les atendía por las tardes en vez de que sus  padres los ocuparan para llevárselos a trabajar”, dice el profesor, de 30 años de edad, quien perdió su incentivo el ciclo escolar anterior. “En lo personal era una ayuda económica importante. Me servía para mejorar mi calidad de vida como docente pues una ayudadita más a nadie perjudica”.


La educación en México

En Tabasco, como en todo México, los avances han sido impresionantes y, sin embargo, las necesidades parecen interminables.

“Proporcionar educación a todos los niños es difícil en un país tan geográficamente disperso y culturalmente heterogéneo como México”, explica Harry Patrinos, experto en educación del Banco Mundial para la región de América Latina el Caribe, y gerente del PAREIB.  “Pero al apoyar a las escuelas más marginadas, los programas compensatorios están realmente contribuyendo a mejorar la educación en un país que en tanto economía emergente necesita cada vez más de una población mejor preparada para competir y hacerse más próspera”.

Para estudiantes como Ana María Hernández  la presencia de la escuela la hace pensar en un futuro diferente. Ana María no quiere ser costurera como su madre sino maestra. “Yo veo que los maestros nos atienden bien. Así quiero ser yo”.




Permanent URL for this page: http://go.worldbank.org/ZTDPWQKRS0