Fue hace unos seis años cuando Patricia Davies experimentó en carne propia lo que significaba vivir en la pobreza. El lugar era Uganda y el escenario una de las regiones más golpeadas por la pandemia del SIDA en el país: el distrito de Rakai, a unas cinco horas en auto en dirección suroeste desde Kampala, la capital.  | | "Fue cosa de salir del hotel y entrar al mundo real", dice Patricia Davies. |
Patricia Davies es la directora de la Oficina de Conferencias del Banco Mundial – Fondo Monetario Internacional cuya base está en Washington DC, y para ella Uganda estaba muy lejos de casa. Davies estaba participando en un Programa Ejecutivo de Desarrollo de la Universidad de Harvard, en cuya etapa final los participantes debían embarcarse en un proyecto de “inmersión popular” con el fin de experimentar lo que significa vivir en la pobreza. “Fue cosa de salir del hotel y entrar al mundo real”, afirma Davies. Decidió elegir un orfanato de niños ugandeses ya que había conocido a otras personas que trabajaban ayudando a los huérfanos con SIDA de ese país y además, se había impresionado con la presentación en Washington de la Gira de la Luz llevada a escena por los Niños de Uganda. Davies afirma haber visitado con anterioridad países en desarrollo y que no era su primer viaje a África. “Sin embargo, en los viajes anteriores, me quedé en un hotel o en un campamento de safari muy lujoso; vivir con estas personas fue una experiencia bastante diferente”. El alojamiento que compartía con otros dos colegas del Banco Mundial era una pequeña habitación de cemento. “Cuando tienes que recorrer caminos de tierra para conseguir agua realmente te das cuenta lo que significa vivir en la pobreza”, afirma Davies. “El pozo estaba a una distancia aproximada de 1,5 kilómetros y cuando se secaba, lo que ocurría a menudo, el siguiente estaba a 3,2 kilómetros, y el agua era transportada en unos tarros viejos de aceite para cocinar con un plátano de tapón”. Davies afirma que bañarse durante la noche requería de ingenio e inventiva. “Las jóvenes calentaban el agua en una fogata para que nos pudiéramos bañar en las noches usando un recipiente plástico”. “Las instalaciones sanitarias eran letrinas de pozo, no había electricidad, aunque irónicamente en los campos cercanos había torres metálicas que llevaban electricidad a un país vecino, y la comida era muy simple: principalmente mandioca y matooke, que se cocinaba en una fogata”. Lecciones de vida Otro recuerdo imborrable para Davies es que nada se desperdiciaba. | “Recuerdo haber ido al supermercado Safeway justo después de volver a Estados Unidos y sentirme abrumada por la abundancia de cosas que podemos elegir aquí”. |
“Todos los niños de la escuela primaria usaban uniformes escolares azules hechos de tela de algodón a cuadros que habían sido remendados con mucho cuidado por la administradora del hogar, y los mosquiteros de nuestra cabaña colgaban del techo sujetas a tiras hechas del mismo material”. “Los niños jugaban al fútbol con pelotas hechas de bolsas plásticas viejas y fibra de plátano y aquellos que no tenían tazones plásticos bebían en tarros viejos de lata. Todas las mañanas nos despertábamos temprano con el canto de los niños y las jóvenes pasaban por la cabaña para decir ‘buenos días, tía’ mientras iniciaban su caminata a la escuela, que quedaba a varios kilómetros a través de caminos de tierra roja”. “Me sorprendió ver sus uniformes siempre impecables, con camisas blancas lavadas a mano, secadas sobre arbustos y planchadas con una plancha a carbón”. Davies cuenta que en la aldea vecina las personas vivían en casas simples, por lo general hechas de barro, ladrillos caseros o cemento. “En muchos de los hogares a los que entramos había personas enfermas y daba la impresión que todas las familias habían recibido el impacto del VIH/SIDA de una u otra forma”. | “Todos los hogares parecían tener muchos niños ya que los huérfanos por lo general quedan al cuidado de parientes u otras personas de la aldea”. |
Esa experiencia generó un nuevo nivel de participación: como miembro de la junta de la Fundación de Caridad para los Niños de Uganda (UCCF por sus siglas en inglés). “Me pareció que esto era algo práctico que yo podía hacer para ayudar y acercarme al trabajo de la fundación”, afirma Davies. La UCCF apoya en la actualidad a unos 700 niños en diversos proyectos de extensión en Uganda: uno de ellos es un orfanato en Kiwanga y otro está en el distrito de Rakai; además, proporciona apoyo a los hijos de madres viudas contagiadas con el VIH. Los niños de los orfanatos de la UCCF reciben educación, alimentación, vestimenta, refugio y atención médica y emocional, y a aquellos que aún viven con sus madres viudas reciben el pago de la matrícula escolar y acceso a los asistentes sociales de la UCCF.  | | De izquierda a derecha: Emmy Anguyo, Alexis Hefley y Gyavira Kasule |
Una vocación diferente Alexis Hefley fundó la UCCF en 1995, tres años después de haber abandonado una lucrativa carrera bancaria. “Pensé que la vida debía ser algo más”, afirma Hefley, “por lo que pedí a Dios que me diera una señal y me guiara hacia mi verdadera pasión”. Hefley se mudó a Washington DC y aceptó un empleo en una organización humanitaria, pero fue el contacto con el congresista estadounidense Tony Hall de Ohio y su esposa lo que la inspiró a viajar a Uganda en 1993, como invitada de la primera dama Janet Museveni.
“Escuché acerca de una monja en Uganda que trabajaba con huérfanos y que estaba dedicada a ello desde que Idi Amin estaba en el poder, así es que un día me dirigí a su orfanato en el centro de Kampala”. Fue allí donde Hefley conoció a la hermana Rose Muyinza, quien había fundado las Hijas de la Caridad en Uganda, con la misión de cuidar a los niños que perdieron a sus padres en la guerra, debido al SIDA o a otras enfermedades. | La educación primaria universal en Uganda está disponible sólo a un máximo de cuatro niños por familia y la familia promedio tiene siete hijos. El acceso a la escolaridad depende también en gran medida del nivel de ingresos, ya que los niños no pueden ir a la escuela a menos que sus padres costeen los uniformes escolares. |
“No era una monja típica, más bien se parecía a Whoopi Goldberg; les enseñaba a los niños a cantar y bailar y a mi me pareció fantástico”, cuenta Hefley. Hefley comenzó a trabajar en el orfanato y en 1994 organizó la primera gira de Niños de Uganda, con el objetivo de que los niños del orfanato compartieran su cultura por medio del canto y el baile y crearan al mismo tiempo conciencia sobre la epidemia del SIDA en su país. El éxito de la primera gira, que se llevó a cabo en Estados Unidos, motivó a Hefley a volver para fundar la organización sin fines de lucro llamada Fundación de Caridad para los Niños de Uganda, con el propósito de asegurar el bienestar y la educación de los huérfanos. La UCCF entrega también becas para que los huérfanos del SIDA puedan estudiar en los Estados Unidos con la intención, según Hefley, de que vuelvan a Uganda y “logren cambios”. La Gira de la Luz de la UCCF se pone en marcha cada dos años como una manera de difundir la realidad de Uganda a través del arte. “Las personas suelen desconocer la riqueza de África”, afirma Hefley. “Me doy cuenta que yo misma pude pasarme toda la vida ignorante al respecto y me parece una tragedia”. Nos interesa su opinión ¿Qué opina de este artículo? Envíenos sus comentarios |