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por Paul Wolfowitz Presidente del Banco Mundial Jakarta, Indonesia 11 de abril de 2006 Hace 20 años, en el mes de abril, llegué a Indonesia como embajador de los Estados Unidos. En ese entonces no sabía que me encariñaría tanto con este maravilloso país y que quedaría tan conmovido por la bondad, el entusiasmo y la valentía de su gente. Me siento privilegiado por haber gozado de la cordial y profunda amistad de muchos de ustedes, amistad que ha dejado una profunda huella en mi vida profesional y personal. Me complace ver a muchos de esos viejos amigos entre el público esta noche, y tal vez no les sorprenda que las palabras que mejor reflejan lo que siento hoy sean en bahasa: “pulang kampung”. Estoy encantado de estar nuevamente de vuelta en casa, en Indonesia. Quisiera también expresar mi profundo agradecimiento a los dos patrocinadores que se han esmerado en hacer posible este encuentro. Tempo no necesita presentación en este grupo; dirigida por personas brillantes y valientes —entre ellas, mis viejos amigos Bambang Harymurti, Gunawan Muhammad y Fikri Jufri—, Tempo ha estado a la vanguardia de la lucha por la libertad de expresión en Indonesia durante una generación. La reciente victoria de Bambang en la Corte Suprema salvaguarda valores sumamente importantes para la gente de este país, y es un honor estar aquí presente para ayudar a celebrar 35 años de admirables logros y perseverancia. El CSIS ha desempeñado un activo papel en el recorrido intelectual de Indonesia en las últimas tres décadas. Ha mantenido las más estrictas normas de integridad intelectual, incluso cuando ello entrañaba un alto costo. Sin duda, los cambios producidos en Indonesia en los últimos 20 años han sido impresionantes. La población ha aumentado de 166 millones cuando recién llegué como embajador a 212 millones en la actualidad. En los últimos 20 años, el ingreso medio de los indonesios se ha duplicado, y el porcentaje de personas que viven en condiciones de extrema pobreza, es decir, la gente que sobrevive con un dólar al día o menos, ha bajado notablemente, del 28% hace 20 años a alrededor del 5%; con todo, debemos reconocer que ello representa 11 millones de personas, lo que es demasiado. Estos avances son impresionantes desde todo punto de vista y lo son aún más si se tiene en cuenta la crisis económica que golpeó a este país ocho años atrás. El colapso financiero de fines de la década de 1990 fue un retroceso demoledor para la economía indonesia. En tan sólo un año, de 1997 a 1998, el PIB disminuyó 13%. Según estimaciones conservadoras, el colapso le costó al país unos US$40.000 millones. En esa época, mucha gente creyó que Indonesia demoraría más en recuperarse. Algunos incluso dudaron de que pudiera sobrevivir como un país unificado. Por el contrario, Indonesia superó la crisis con una vigorosa reactivación económica y, de hecho, experimentó una transición democrática verdaderamente extraordinaria y pacífica. Si bien todavía persisten algunos problemas importantes y la economía aún tiene que avanzar bastante para cumplir su verdadera promesa, en los últimos años Indonesia ha demostrado su capacidad para superar enormes desafíos. Ustedes han pasado un hito fundamental en el desarrollo democrático: dos elecciones presidenciales consecutivas, libres e imparciales. Como lo han señalado Bambang y Jusuf, cuando dejé el país al término de mi mandato como embajador, hice un llamado a una mayor apertura política en este país y expresé mi convicción de que el país no sólo la necesitaba, sino que estaba preparado para ella y, en ese aspecto, si bien tardaron un tiempo en producirse, los cambios han sido extraordinarios. La prensa, que solía actuar bajo una estricta censura, es ahora libre y ofrece todas las bendiciones y desafíos que conlleva tal grado de apertura, y simpatizo con los colegas del gobierno indonesio. A veces es difícil, pero a la larga la labor cumplida es mejor. El Parlamento, que en el pasado estaba subordinado al ejecutivo, es ahora un vigoroso foro para el debate y cumple una importante función de control sobre el poder ejecutivo. Igualmente importante ha sido el surgimiento de una fuerte sociedad civil que comprende organizaciones religiosas nacionales, el sistema de escuelas pesantren (escuelas islámicas tradicionales con régimen de internado), una prensa que mantuvo su dinamismo incluso durante la época de censura y un espíritu de cooperación profundamente arraigado que queda recogido en la expresión javanesa gotong royong. No obstante, quedan enormes desafíos por superar. El nivel de inversión en Indonesia sigue siendo bajo. En efecto, ha disminuido del 30% del PIB al 20% desde la crisis, y se encuentra muy por debajo del que registran sus vecinos asiáticos de rápido crecimiento. Se necesitan más puestos de trabajo, sobre todo para los jóvenes, un tercio de los cuales está desempleado. Y la calidad de la educación, la atención de salud y la infraestructura es deficiente. Evidentemente, no necesitan que les recuerde que a menudo la naturaleza no es gentil con Indonesia. Ustedes están situados en una región en la que habitualmente ocurren terremotos, erupciones volcánicas y tifones, pero el tsunami que azotó Aceh y Nias en diciembre de 2004 se cuenta entre uno de los peores desastres naturales en cien años. El reto que significa la recuperación tras ese enorme desastre agrega una pesada carga a una tarea de desarrollo que ya era abrumadora. El presidente Yudhoyono y su equipo han demostrado una fuerte voluntad política para enfrentar estos desafíos, pero tienen la difícil tarea de pasar de los compromisos a los resultados y marcar una diferencia real en la vida de millones de indonesios. En los 10 meses que han transcurrido desde que llegué al Banco Mundial, he viajado a países en desarrollo de África al sur del Sahara, Asia meridional, Asia oriental y América Latina. He conocido a personas de toda condición. En todos esos continentes tan diferentes siempre he escuchado lo mismo: la gente quiere que le den oportunidades, quiere un mejor futuro para sus hijos. Pero si no se cuenta con un gobierno que pueda cumplir sus promesas, un gobierno que escuche a la ciudadanía y la trate de manera justa, esos sueños y esperanzas no pueden hacerse realidad. Dicho más lisa y llanamente, la gente necesita un gobierno que cumpla su tarea. En los últimos 50 años hemos llegado a comprender mejor qué ayuda a los gobiernos a funcionar de manera eficaz y a lograr el progreso económico. En la comunidad del desarrollo tenemos una expresión para eso. Se denomina “buen gobierno”. Básicamente, es la combinación de instituciones transparentes y responsables de sus actos, aptitudes sólidas e idoneidad, y la voluntad fundamental de hacer lo correcto. Estas son las cosas que permiten a un gobierno prestar servicios en forma eficiente a su pueblo. Un poder judicial independiente, una prensa libre y una sociedad civil dinámica son componentes importantes del buen gobierno. Todos ellos equilibran el poder de los gobiernos y los hacen responsables de mejorar la prestación de servicios, crear puestos de trabajo y elevar los niveles de vida. Algunos países pueden crecer durante muchos años sin todos esos factores. De hecho, la historia de Indonesia en los años setenta y ochenta lo demuestra. Pero la devastadora crisis económica que sobrevino aquí muestra lo frágil que puede ser el crecimiento cuando sistemáticamente se debilitan las instituciones que hacen que los gobiernos rindan cuenta de sus actos y sean transparentes y responsables. La crisis asiática de hace unos ocho años demuestra que a menudo la corrupción es la causa fundamental de la ineficacia de los gobiernos, y el ejemplo más claro es el caso de Indonesia. Actualmente, la corrupción es una de las principales amenazas para el desarrollo en muchos países, y, en mi opinión, también aquí. La corrupción debilita los sistemas fundamentales, distorsiona los mercados y alienta a las personas a utilizar sus habilidades y energías en formas no productivas. A la larga, los gobiernos y los ciudadanos sufren las consecuencias en términos de ingresos más bajos, menor inversión y mayor inestabilidad de la economía. Ésa es una lección que Indonesia aprendió a fuerza de errores. La corrupción contribuyó significativamente al colapso económico de 1997-1998. Ahora se vislumbra como un gran obstáculo para lograr los avances en materia de desarrollo que creo que este país es capaz de realizar y que el pueblo indonesio se merece. La corrupción no sólo menoscaba la capacidad de los gobiernos de funcionar debidamente, sino que también impide el crecimiento del sector privado. Esto lo dicen los inversionistas nacionales y extranjeros, a quienes les preocupa que en los lugares donde la corrupción es desenfrenada no se pueden hacer cumplir los contratos, la competencia se desvirtúa y el costo de hacer negocios se vuelve asfixiante. Cuando los inversionistas observan esto, toman su dinero e invierten en otro lugar. Para darles una idea, en Indonesia, una encuesta de empresas reveló que el 56% de éstas, es decir, una mayoría, estaban dispuestas a pagar más impuestos; de hecho, la mitad estaba dispuesta a pagar hasta el 5% de sus entradas si pudiera eliminarse la corrupción. Cuando los empresarios ofrecen pagar más impuestos para resolver un problema, sabemos que el problema es real. La corrupción prospera en los países donde los inversionistas privados deben someterse a engorrosos procedimientos y a una reglamentación excesiva. Cuando se necesitan permisos adicionales para iniciar un negocio, cuando se exigen más firmas para importar bienes, se crean oportunidades para el abuso de la autoridad y la corrupción. Uno de los instrumentos más interesantes y útiles del Grupo del Banco Mundial es un informe que iniciamos hace unos pocos años titulado Doing Business, en el que se analiza el clima para la inversión en 155 países de todo el mundo y éstos se clasifican en diversas categorías según la facilidad con que se pueden realizar actividades comerciales. A mi juicio, ese tipo de análisis ya está produciendo un efecto positivo aquí en Indonesia. Cuando en 2004 el nuevo gobierno se enteró de que se necesitaban 151 días para iniciar un negocio en este país, es decir, tres veces el promedio mundial, el Presidente anunció que ese tiempo se reduciría a 30 días. Según nuestras estimaciones, el número de días para iniciar una actividad comercial ya ha bajado a menos de 80, y esperamos que el gobierno llegue a la meta que se ha fijado. Eso sería un logro extraordinario. No obstante, el gobierno tiene muchos desafíos por delante. Para inscribir una empresa, los empresarios indonesios deben pagar el equivalente de un año de ingresos, y más de tres y media veces su ingreso anual para obtener todas las autorizaciones y permisos necesarios. Pero probablemente el reto más importante radica en el cumplimiento de los contratos. Con respecto a este tema, Indonesia se sitúa en los últimos lugares: ocupa el puesto 145 de 155. De hecho, la falta de confianza de los inversionistas en el sistema jurídico es uno de los problemas que han reducido el nivel de inversión a la mitad del que registran sus países vecinos de rápido crecimiento. Indonesia ya ha comenzado a encarar algunos de estos difíciles desafíos. El presidente Yudhoyono ha emprendido una enérgica campaña contra la corrupción que hace responsables a los funcionarios públicos de todos los niveles de gobierno. Se han establecido y puesto en funcionamiento nuevas instituciones, como la Comisión contra la Corrupción, el Tribunal contra la Corrupción, la Comisión Judicial y Timtastipikor, que ya están produciendo resultados. Asimismo, instituciones como la Comisión Suprema de Auditoría y la Procuradoría General están demostrando nuevas fortalezas. Más importantes aún son las medidas que se han adoptado para reducir las oportunidades y los incentivos para la corrupción, y todo ello, bajo la dirección de un impresionante equipo económico. Cuando Pak Boediono era ministro de hacienda, puso en marcha un completo plan de reformas de la gestión de los ingresos, los sistemas de Tesorería y reformas tributarias y aduaneras. Hoy, Sri Mulyani las está impulsando audazmente. Me complace que el Grupo del Banco Mundial esté proporcionando ayuda en este ámbito, y durante mi visita me reuniré con las autoridades de gobierno para estudiar la manera de hacer más. Sabemos que cuando los gobiernos no funcionan, la asistencia para el desarrollo que les proporcionamos tampoco surte efecto. Ello significa que a los niños se les niega la educación que necesitan, a las madres se les niega la atención de salud que se merecen y a los países se les niegan las instituciones necesarias para producir resultados concretos. Pero cuando los gobiernos cumplen su función —cuando enfrentan la corrupción y mejoran el estado de derecho— pueden aumentar hasta cuatro veces su ingreso nacional en el largo plazo. Hace tan sólo 10 años, el Banco Mundial reconoció por primera vez a la corrupción como un gran impedimento para el desarrollo. Sin embargo, desde entonces se ha puesto a la cabeza de los que se ocupan del desarrollo para abordar este problema tan grave pero ignorado durante mucho tiempo. Hemos realizado investigaciones pioneras para entender mejor las causas fundamentales de la corrupción. Estamos aprendiendo de las experiencias de todos los países del mundo y estamos integrando medidas de lucha contra la corrupción en nuestras operaciones, nuestras investigaciones y el diálogo con los países asociados. Sin embargo, queda más por hacer de nuestra parte también. La lucha contra la corrupción es un compromiso de largo plazo, y los resultados no se verán de la noche la mañana. Lo que cabe es hacer un progreso constante con miras a crear instituciones transparentes y responsables. Por eso la lucha contra la corrupción exige contar con una estrategia de largo plazo que aborde el problema sistemática y progresivamente, y es por ello que cualquier estrategia para resolver el problema exige el compromiso y la participación del gobierno, los ciudadanos privados y las empresas privadas por igual. En los últimos tiempos en los diarios se ha prestado atención a varias medidas que hemos adoptado para suspender el financiamiento correspondiente a proyectos vigentes en los que han surgido problemas de corrupción. Ésa debe ser una parte importante de cualquier estrategia del Banco Mundial para solucionar el problema, pero no es la única y ni siquiera la más importante. La suspensión de los préstamos correspondientes a proyectos con problemas no basta para lograr resultados para los pobres. Se necesita mucho más. En la actualidad, estamos intensificando nuestros esfuerzos en materia de buen gobierno y lucha contra la corrupción en tres frentes distintos, que pasaré a describir. Primero está el enfoque por países. Nos estamos esforzando por ampliar considerablemente nuestra labor de lucha contra la corrupción en los países, de modo que nuestras naciones asociadas reciban el apoyo que necesitan para llevar a cabo reformas. Ello entrañará realizar inversiones en el fortalecimiento de aptitudes profesionales especializadas para abordar la corrupción y reforzar nuestros equipos en el terreno con especialistas en la buena gestión de los asuntos públicos. Pediré a mi personal en los países de alto riesgo que desarrollen una estrategia para movilizar todos los instrumentos del Banco Mundial —préstamos, donaciones, investigaciones, asistencia técnica e inversiones del sector privado— para fortalecer el buen gobierno y luchar contra la corrupción. Aumentaremos nuestras inversiones en esferas clave como la reforma judicial y de la administración pública, los medios de difusión y la libertad de información, así como la descentralización de la prestación de servicios públicos. La estrategia del Grupo del Banco Mundial para Indonesia está sirviendo de muchas maneras de guía a todo el Banco Mundial. Es una de las que hacen especial hincapié en el buen gobierno. En asociación con el gobierno indonesio, este año estamos comprometiendo US$900 millones para el fortalecimiento de la buena gestión de los asuntos públicos, con miras a mejorar la prestación de servicios de educación, salud y de otros servicios esenciales, y promover el clima para la inversión. Nuestros indicadores de buen gobierno ya revelan que Indonesia está haciendo progresos en su labor de poner coto a la corrupción. Ha pasado del puesto 16, uno de los últimos, en 2002 al 40 en la actualidad en una lista de alrededor de 200 países. Los números mayores indican un puesto mejor. Evidentemente, el puesto sigue siendo muy bajo y es preciso hacer más; sin embargo, este avance indica que es posible progresar y que se está progresando. En países como Indonesia, donde el gobierno está empeñado en luchar contra la corrupción, nuestros recursos y conocimientos especializados pueden tener una gran influencia. Segundo, estamos aplicando un nuevo sistema para minimizar el riesgo de corrupción en los proyectos financiados parcialmente por el Banco Mundial. Muchos de los componentes de este nuevo sistema se desarrollaron precisamente aquí, en Indonesia, y estamos ansiosos por aplicarlos en otros países. Desplegaremos equipos de lucha contra la corrupción en muchas oficinas en los países para que trabajen con instituciones locales, como unidades de auditoría oficiales y comisiones de lucha contra la corrupción, a fin de proteger nuestros proyectos y de perfeccionar el proceso de las adquisiciones públicas. También estamos cambiando la manera en que diseñamos nuestros proyectos, de modo que en ellos se aborden desde un principio los incentivos y las oportunidades para luchar contra la corrupción. Durante esta corta visita, he visto a sobrevivientes del tsunami en Aceh administrar sus propios proyectos de reconstrucción, he visto a viudas valerse del microfinanciamiento para mejorar las condiciones de vida de sus familias y he hablado con pobladores locales en Sulawesi que han decidido qué proyectos de desarrollo promover. En todos estos proyectos, las comunidades determinan dónde hacer las inversiones, controlan los fondos y vigilan los resultados de los proyectos. El resultado ha sido el agregado de valor a cada rupia empleada y una disminución verificable del nivel de corrupción. Estamos desarrollando estrategias de lucha contra la corrupción para los proyectos del Banco Mundial y las estamos publicando en la web, de modo que los interesados puedan ver las medidas que se están tomando para asegurar que los recursos no sean desviados del fin tenido en mira. Creo que ya he dicho antes que nuestra oficina en Yakarta es una de las líderes de este esfuerzo desplegado por el Grupo del Banco Mundial, motivo por el que le expreso mi agradecimiento. Además, estamos empoderando a nuestra unidad de investigaciones para que pueda contar con la dotación de personal, las aptitudes y los recursos necesarios para detectar el fraude y seguir las denuncias de corrupción correspondientes a proyectos, especialmente de alto riesgo, financiados parcialmente por el Banco. Tercero, estamos empeñados en ampliar nuestra asociación con una amplia variedad de grupos interesados en mejorar el buen gobierno. Uno de los asociados más importantes es el sector privado en todo el mundo. Si bien hay distintas empresas poderosas que pueden sacar provecho de una gestión deficiente de los asuntos públicos para alterar las condiciones de competencia, el conjunto del sector privado se perjudica cuando la corrupción es generalizada y se socava el imperio de la ley. A su vez, ese perjuicio afecta negativamente a la sociedad al menoscabar el crecimiento y la creación de empleo. Trabajaremos en colaboración más estrecha con empresas y personas físicas para detectar el mal uso de fondos en proyectos del sector privado financiados parcialmente por el Banco Mundial. Los bancos multilaterales de desarrollo son otro asociado importante. Las autoridades máximas de esos bancos se reunieron hace varias semanas y convinimos en elaborar un planteamiento común para encarar el problema. Creo que, por primera vez, todos identificamos a la corrupción como un gran obstáculo para la reducción de la pobreza, y estamos preparando una estrategia común para poner en una lista negra a las empresas que participan en actos de corrupción en nuestros proyectos y para compartir la información acerca de estas empresas de modo que si alguien roba a uno de nosotros, no pueda ir a robar a otro más. Creo que sería conveniente que todas las instituciones de desarrollo elaboraran, como ya lo hace el Banco Mundial, listas negras de empresas y personas físicas que participan en sobornos relacionados con proyectos, y que las hicieran públicas. La corrupción no sólo es un problema que deban resolver los países en desarrollo. A los países desarrollados les cabe una gran responsabilidad. De hecho, lamentablemente, son dos o, con frecuencia, más partes las que están involucradas en toda transacción corrupta, y muchas veces quienes pagan el soborno suelen ser de países desarrollados. Deben hacer más por vigilar esas conductas. También deben hacer más por impedir que el dinero robado se deposite en cuentas de bancos extranjeros y por exigir que las empresas privadas rindan cuentas si exportan prácticas corruptas a las economías emergentes. La sociedad civil de todo el mundo es uno de nuestros asociados más importantes. Trabajaremos con grupos de la sociedad civil porque desempeñan un papel clave para exigir a los gobiernos que rindan cuentas. Mañana me reuniré con las autoridades máximas de las que creo que son las principales organizaciones musulmanas del mundo, que representan a millones de miembros de toda Indonesia. Uno de los temas de la reunión será analizar cómo puede el Banco Mundial trabajar con estas organizaciones grandes e importantes de la sociedad civil para contribuir a asegurar que los dólares de ayuda se destinan a las comunidades tenidas en mira. Por último, hacer cumplir las normas no basta para terminar con la corrupción. Cuánto hagamos y el progreso que logremos depende del deseo, tanto de los gobiernos como de la sociedad civil, de crear las condiciones adecuadas para un desarrollo firme, sólido y sostenido. Los cambios más grandes se producen cuando cambia la forma de pensar de las personas y, en muchos países, las personas ya no tienen tanta tolerancia como antes frente a la corrupción. Una clase media creciente, independiente del gobierno, exige cada vez más un mejor desempeño de la función pública. La ampliación de las redes de protección social puede reducir la dependencia que mantienen incluso los ciudadanos pobres de los protectores tradicionales poderosos. Además, lo bueno en Indonesia es que los logros sociales y económicos alcanzados en los últimos 40 años han creado la necesidad de un gobierno que funcione. La población de Indonesia se da cuenta de que, con una gestión de gobierno transparente y responsable, tiene más oportunidades de disminuir la corrupción, de mejorar su calidad de vida y de asegurar un futuro mejor para sus hijos. Me han dicho que el alcalde recién elegido en Depok, Nurmahumdi Ismail, se hizo eco de este sentimiento al afirmar “Mi sueño es que mi personal deje de pensar que son personas de poder y piensen, en cambio, que son servidores del pueblo”. Pese a los muchos desafíos, albergo un gran optimismo respecto de este gran país, y quisiera comprometer toda la energía del Banco Mundial para asistirlos en estos momentos tan estimulantes. Esta mañana visité la tumba de mi buen amigo Nurcholis Majid, o Cak Nur, como es conocido por todos ustedes. Su vida, que tuvo un prematuro fin hace unos pocos meses, explica en parte por qué amo tanto a este país y por qué tengo tanta confianza en su futuro. Él era un hombre excepcionalmente talentoso y de una profunda humanidad basada en una gran fe. Cuando consideró por algún tiempo presentarse como candidato a presidente hace dos años, expuso 10 principios rectores del gobierno. Los dos primeros eran promover el buen gobierno y sostener la supremacía de la ley. Creo en estas prioridades, no sólo para Indonesia, sino como principios rectores de las relaciones del Grupo del Banco Mundial con todos nuestros asociados. Éstos son principios que compartimos con sus líderes actuales y con el pueblo, y tenemos razones de más para abrigar esperanzas en cuanto al futuro. Muchas gracias.
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