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Seguridad en el siglo XXI

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Discurso ante la

Junta de Gobernadores

James D. Wolfensohn

Presidente

Grupo del Banco Mundial

Washington, D.C.

3 de octubre de 2004

Señor Presidente, Gobernadores, distinguidos invitados:

Reciban ustedes una cálida bienvenida a estas Reuniones Anuales, en el año en que se conmemora el sexagésimo aniversario de la fundación de las instituciones de Bretton Woods.

Felicito a mi nuevo colega Rodrigo de Rato, que ha sido nombrado Director Gerente del Fondo Monetario Internacional. Ya hemos comenzado a trabajar en estrecha colaboración y no he tardado en valorar su experiencia y buen juicio. Mis colegas y yo también quisiéramos felicitar a mi amigo Horst Köhler con motivo de su elección como Presidente de Alemania y agradecerle su importante contribución a las actividades de nuestras dos instituciones.

El Grupo del Banco Mundial tiene una trayectoria extensa y digna de orgullo. Contribuimos a la reconstrucción internacional que siguió a la segunda guerra mundial, antes de consagrarnos a nuestra nueva misión de tratar de reducir la pobreza en todo el mundo. Hemos actuado como agente del crecimiento con equidad.

Con apenas US$11.000 millones aportados al Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento por los accionistas, hemos concedido préstamos por un total de US$400.000 millones. La Corporación Financiera Internacional, fundada en 1956, ha contribuido a aportar US$67.000 millones a los mercados emergentes. El Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones ha otorgado garantías por valor de US$13.500 millones. El Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones, por su parte, ha colaborado en el arreglo de diferencias relacionadas con 159 casos.

Fundamentalmente gracias a las contribuciones de los donantes y los reembolsos de los prestatarios, la Asociación Internacional de Fomento ha comprometido US$151.000 millones. En los países habilitados para recibir fondos de la AIF reside el 80% de las personas más pobres del mundo, quienes viven con US$1 al día o menos. La AIF es un instrumento verdaderamente notable, concebido para ser eficaz y transparente. Espero que nuestros accionistas aumenten sus contribuciones en la próxima reposición de recursos.

Debemos asegurarnos de que la AIF siga siendo una institución vigorosa.

Me enorgullecen los logros obtenidos en los últimos 10 años. Hemos cumplido los 60 años y, sin embargo, somos una institución joven, unida por la determinación de alcanzar el objetivo de “combatir la pobreza con pasión”.

Procuramos apoyar a nuestros clientes como asociados, respetando su cultura y sus aspiraciones. Nosotros mismos nos caracterizamos por la diversidad, ya que entre nuestro personal están representados más de 140 países.

Más de dos tercios de nuestros directores a cargo de las operaciones en los países trabajan sobre el terreno, y nuestras oficinas están comunicadas por satélite, de modo que las videoconferencias y la educación a distancia son parte de nuestra vida. Somos una de las empresas mundiales más modernas.

En estos años, hemos tratado de que los países clientes tomen las riendas de sus programas de desarrollo. Escuchamos más y dictamos menos cátedra. Y no tememos la autocrítica.

Proporcionamos financiamiento para proyectos y difundimos conocimientos, poniendo nuestra experiencia internacional al servicio de los clientes. El Instituto del Banco Mundial, ampliado considerablemente, cumple un importante papel en este sentido, al igual que el Portal del Desarrollo, que permite publicar en Internet información sobre proyectos de desarrollo y trabajos que sintetizan nuestras experiencias.

Hemos ampliado nuestra visión del desarrollo para tener así un enfoque integral. Hemos respondido al problema de la deuda con la creación de la Iniciativa para la reducción de la deuda de los países pobres muy endeudados y hemos combatido la corrupción colaborando con los gobiernos de más de 100 países.

Nuestra estrategia se apoya en dos pilares: la inversión en la gente y la creación de un clima de estabilidad para los negocios que permita promover la inversión y generar empleo.

El trabajo con el sector privado es fundamental para las actividades del Grupo del Banco Mundial. Continuamos beneficiándonos tanto del apoyo como de las críticas de una sociedad civil de gran vitalidad en todo el mundo.

El desarrollo se relaciona con la gente. Centramos nuestra atención en el importante papel de la mujer y los jóvenes en este proceso, y en las necesidades especiales de las comunidades indígenas, el pueblo romaní y otras minorías excluidas. Somos sensibles a las necesidades especiales de las personas con discapacidades.

El medio ambiente también es esencial para nuestra labor, pues sabemos que es sencillamente imposible lograr un desarrollo real y duradero sin proteger el planeta.

Sabemos que sólo a través de la colaboración podemos ser eficaces. Hemos establecido relaciones de colaboración con las Naciones Unidas y otros organismos multilaterales y bilaterales. Para aumentar aún más nuestra eficacia estamos mejorando la armonización con otras instituciones.

Tenemos mucho por hacer. Los desafíos y los problemas parecen no tener fin. Sin embargo, estamos logrando importantes avances, y quisiera dar las gracias a mis colegas por su empeño y compromiso extraordinarios. No hay un grupo de hombres y mujeres con más capacidad y entrega para lograr un mundo mejor que el equipo del Grupo del Banco Mundial.

Quisiera expresar, asimismo, mi profundo reconocimiento a los Directores Ejecutivos y a sus predecesores por sus numerosas contribuciones constructivas. Ellos cumplen una función esencial, aunque a veces difícil, como funcionarios de la institución y representantes de sus países.

Un mundo inseguro

En otras Reuniones Anuales les hablé, entre muchos otros temas, del desafío de la inclusión, el cáncer de la corrupción, la importancia del desarrollo integral y la necesidad de un nuevo equilibrio mundial entre ricos y pobres.

Hoy me gustaría analizar lo que quizá sea el desafío más complejo para los años venideros. ¿Cómo podemos afrontar mejor los grandes problemas y cuestiones que afectan al mundo: la pobreza, la desigualdad, el medio ambiente, el comercio, las drogas ilícitas, las migraciones, las enfermedades y, sí, también el terrorismo?

Este año, el mundo ha experimentado un crecimiento económico sin precedentes. Sin embargo, de algún modo sentimos que el futuro se nos presenta menos seguro. En lo más profundo de nuestra conciencia, tenemos una constante preocupación por la forma en que el mundo está evolucionando.

Basta con echar una mirada a las barreras de cemento que rodean estos edificios para comprender la gran diferencia entre la situación de años anteriores y la actual. Las barreras no están ahí para detener a los manifestantes, sino a los terroristas. Según la información obtenida de una computadora encontrada en Pakistán, el Banco y el Fondo están en la mira de Al Qaeda. El terror llama a nuestras puertas.

En los últimos tiempos hemos visto cosas que nos llevan a cuestionar los fundamentos de nuestra humanidad. Guerras sangrientas en Afganistán, Iraq y extensas zonas de África. La atroz pérdida de vidas en Darfur. Infames actos terroristas en Bali y Madrid. Violencia creciente entre Israel y los palestinos de Gaza y la Ribera Occidental. En Beslan, hemos visto que se toman niños como rehenes y se les dispara por la espalda. Por televisión vemos cómo en Bagdad se decapita brutalmente a hombres inocentes.

Es natural, entonces, que la seguridad se haya convertido en una gran preocupación. No cabe duda de que es correcto combatir juntos el terrorismo. Debemos hacerlo. Sin embargo, existe el peligro de que, preocupados por esas amenazas inmediatas, perdamos de vista otras de las causas igualmente urgentes de la inseguridad mundial en el largo plazo: la pobreza, la frustración y la desesperanza.

En los últimos 10 años, Elaine y yo visitamos más de 100 países. En todos ellos conocimos gente pobre en aldeas y zonas marginales, en áreas rurales alejadas y en barrios de tugurios.

Como todos los aquí reunidos, esas personas quieren vivir con seguridad y en paz. Las mujeres no quieren ser víctimas de la violencia ni dentro ni fuera de sus hogares. Quieren dar educación a sus hijos. Quieren participar y que se les respete. Quieren conservar su integridad cultural. Quieren abrigar esperanza.

Quieren seguridad, aunque no la definan de la misma manera que nosotros. Para ellas, no se trata de barreras de cemento ni de poderío militar, sino de la oportunidad de escapar de la pobreza.

Si aspiramos a la estabilidad mundial, debemos luchar para poner fin a la pobreza. Desde los tiempos de la Conferencia de Bretton Woods, pasando por las comisiones Pearson, Brandt y Brundtland, hasta las declaraciones de nuestros dirigentes en la Asamblea del Milenio en el año 2000 y en la actualidad, todo confirma que la erradicación de la pobreza es fundamental para la estabilidad y la paz.

Ese sigue siendo el principal desafío de nuestra época.

Podemos superar el desafío

Sabemos que el desarrollo da buenos resultados. Tan sólo en los últimos dos decenios, la proporción de personas que viven en la pobreza bajó a la mitad, pasando del 40% al 21%. En las últimas cuatro décadas, la esperanza de vida ha aumentado 20 años en los países en desarrollo, y el analfabetismo de adultos se ha reducido a la mitad, para alcanzar el 22%.

François Bourguignon, economista principal del Banco, y yo hemos publicado para estas reuniones un documento en el que reflexionamos sobre las enseñanzas extraídas acerca del desarrollo en el último decenio y sobre los desafíos que plantea el futuro. (El documento se puede ver en la Wide World Web, en http://www.worldbank.org/ambc/lookingbacklookingahead.pdf.)

Podemos aprovechar esas enseñanzas. En el transcurso de una conferencia que organizamos junto con el gobierno chino a principios de este año en Shanghai, los países en desarrollo compartieron sus experiencias sobre medidas que han dado buenos resultados o han fracasado. Más de 100 estudios de casos prácticos demostraron que podemos acelerar notablemente el ritmo de desarrollo si tratamos a los pobres no como objeto de nuestras obras de caridad, sino como agentes del cambio.

Muchos de ustedes participaron en las reuniones de Doha, Monterrey y Johannesburgo. Los países desarrollados formularon promesas relativas a la ayuda, el comercio y el alivio de la deuda, y permítanme agregar que apoyamos firmemente las propuestas sobre la ayuda y la reducción de la deuda que han presentado los Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Brasil y otros países. Los países en desarrollo, por su parte, prometieron hacer mucho más por fortalecer su capacidad y sus instituciones, reforzar sus marcos jurídicos y judiciales, mejorar sus sistemas financieros, aumentar la transparencia y combatir la corrupción.

El año próximo nos reuniremos en las Naciones Unidas para examinar los progresos realizados en la consecución de los objetivos de desarrollo del milenio, cuando falten apenas 10 años para llegar al 2015. Gracias a China y la India, sabemos que probablemente se alcance la meta global de reducir la pobreza a la mitad. Pero también sabemos que la mayoría de los países no cumplirá la mayor parte de los otros objetivos. África, en particular, estará muy lejos de alcanzarlos.

¿Qué haremos, entonces, al respecto? ¿Qué harán nuestros hijos con un mundo donde, en 2015, el desequilibrio e incluso la inseguridad amenazan con ser más graves que hoy?

Considero, señor Presidente, que debemos redoblar la apuesta como comunidad internacional. Debemos actuar mejor ante las principales cuestiones que afectan al mundo y que determinarán nuestro futuro. A mi juicio, hay tres prioridades urgentes:

  • Proteger el planeta mediante una mejor gestión del medio ambiente;
  • Reducir la pobreza en mayor escala y en forma eficaz, y
  • Brindar una educación diferente a los jóvenes del siglo XXI, que les permita abrigar esperanzas.

Abordaré brevemente cada una de ellas.

La protección del planeta: sostenibilidad ambiental

En primer lugar, la protección de nuestro planeta.

Debemos promover el crecimiento con plena conciencia de los sistemas naturales de los que depende la vida. El crecimiento económico no debe producirse a expensas del medio natural. Uno y otro van de la mano.

Todos debemos ocuparnos mejor de proteger el frágil medio ambiente de nuestro planeta y abordar el problema del recalentamiento de la atmósfera. Han transcurrido tres decenios desde que asistí a la conferencia de Estocolmo sobre el medio ambiente y, pese a los avances logrados en algunas esferas, la forma en que hemos maltratado la Tierra desde esa época es alarmante.

Los habitantes de los países ricos hemos utilizado y malgastado ingentes cantidades de energía. Un ciudadano medio estadounidense o canadiense utiliza casi nueve veces más energía que un ciudadano medio en China y 12 veces más que uno en África. Además, con el cambio climático serán los habitantes pobres de los pequeños Estados insulares, y de los países de América Latina, Asia meridional y África al sur del Sahara los más vulnerables a los azotes de las sequías e inundaciones.

La tala de bosques continúa en forma implacable. De las especies animales que existen hoy en el mundo, la cuarta parte de los mamíferos y la tercera parte de los peces se encuentran en situación vulnerable o en peligro inminente de extinción. El 90% de los grandes peces marinos ya han sido exterminados.

Señor Presidente, hemos demostrado que contribuimos más a las amenazas que a la protección del planeta.

Tomé clara conciencia de ello hace dos semanas, cuanto recibimos la visita de un agricultor pobre pero orgulloso que vive cerca de Machu Picchu, en el altiplano peruano. Había viajado a la ciudad de Washington para la inauguración del Museo Nacional del Indígena Americano, junto con otros miles de representantes de pueblos indígenas. Como parte de las ceremonias de apertura del museo, en el Banco realizamos un foro sobre cultura y desarrollo.

Vestía sus tradicionales ropas y gorro de lana tejida, y tenía la piel curtida por los vientos de la alta montaña donde ha vivido siempre. Hablando en quechua, su lengua materna, me dijo que sus montañas estaban “tristes”. Que los glaciares formados a lo largo de miles de años eran la sonrisa de la montaña y que ahora se achicaban año a año. Y que, a medida que retroceden, no hay agua para volver a llenar los lagos y ríos. Los animales sufren, la producción de lana de alpaca es sólo la mitad de lo normal. En el valle, los ingresos se han reducido en un 50%. Los agricultores están abandonando sus tierras.

Entonces, este hombre de Machu Picchu formuló una pregunta sencilla: “¿Pueden ustedes ayudarme a recuperar mis glaciares?”

Para quienes ponen en duda el impacto del recalentamiento de la Tierra, este era un llamamiento apremiante. Para él no se trataba de un tema abstracto, a largo plazo, sino de un problema inmediato. Para él, se trata de una cuestión de seguridad.

Es posible que su grito de auxilio esté siendo escuchado. Me complace la reciente decisión del Gobierno ruso de ratificar el Protocolo de Kyoto. Tomemos como base estas gestiones, así como otras señales de apoyo, para lograr el compromiso político de nuestros líderes de cumplir con nuestras responsabilidades comunes acordadas en la cumbre de Johannesburgo.

Los retos ambientales nos afectan a todos, pero los pobres son especialmente vulnerables. Debemos asignar una mayor prioridad a la energía renovable. Las nuevas tecnologías poco contaminantes pueden ayudar a los pobres a sacar provecho del desarrollo sin encarar los mismos costos ambientales que ha sufrido el mundo desarrollado.

Debemos mantener la promesa de proteger nuestro planeta.

Reducción de la pobreza en mayor escala

La segunda esfera de acción urgente en la que debemos mantener nuestra promesa es la intensificación de la lucha contra la pobreza.

Todos conocemos los datos básicos. La mitad de la población mundial vive con menos de US$2 al día. Una quinta parte subsiste con menos de US$1 al día. En los próximos 30 años se sumarán a la población mundial otros 2.000 millones de personas, el 97% de ellas en países en desarrollo, y la mayoría de éstas habrá nacido en la pobreza.

Durante el último decenio, se ha producido una revolución silenciosa en lo que respecta a la eficacia de la asistencia para el desarrollo: los países han manifestado su empeño en llevar adelante sus propios programas; la ayuda se está dirigiendo principalmente a la formulación de políticas acertadas, y se observa una creciente coordinación entre los donantes. En su conjunto, estos cambios nos pueden ayudar a duplicar o triplicar el impacto de la ayuda en el próximo decenio.

También podemos multiplicar el efecto de los proyectos para llegar a más personas. Como ustedes saben, se trata de un verdadero desafío para el Banco y sus asociados. Ejecutamos un proyecto sobre la creación de cinco escuelas o la construcción de 150 kilómetros de carreteras o la aplicación de 10 programas comunitarios —proyectos que “hacen sentir bien”— cuando en realidad se necesitan 5.000 escuelas, 15.000 kilómetros de carreteras y 5.000 programas comunitarios.

En la conferencia de Shanghai, aprendimos cómo podemos partir de proyectos pequeños y que hayan dado buenos resultados, para ampliar su escala. Eran elementos comunes a todos ellos la gestión homogénea en el curso de varios años, modelos sencillos que pueden aplicarse en otras partes y la plena participación de los pobres.

Yo he sido testigo de ello.

En 1996, cuando viajé a China, conocí en las mesetas de loes, una zona árida y montañosa donde respaldamos un proyecto agrícola, a una mujer que vivía en una caverna, carecía de electricidad y agua corriente, y tenía pocas posibilidades de mejorar sus condiciones de vida.

Esta primavera tuve con ella un encuentro muy emotivo, en el que me contó cómo había mejorado su vida, ahora que tiene dos cavernas con puertas y ventanas, y dispone de agua y electricidad; cómo había podido comprar una motocicleta para su hijo; que su hijo se había casado; que estaba tratando de dar educación a su hija.

Esa mujer se cuenta entre los tres millones de personas que han recuperado la esperanza gracias a una serie de 32 proyectos similares que se han terminado en 10 años en esa zona. Se trata de proyectos ejecutados por miles de personas que, con sus azadas, han transformado literalmente los suelos rocosos en terrenos cultivables. La zona ha dejado de ser árida e inhóspita para convertirse en un lugar donde abundan los cultivos y los animales.

Con nuestros asociados chinos nos ocupamos de la gestión de esos proyectos durante 10 años, repitiendo el proceso al tiempo que nos beneficiábamos de las lecciones aprendidas. Estas enseñanzas se están aplicando ahora en otras partes de China para el bienestar de millones de personas que viven en tierras marginales.

El mensaje es claro: podemos reducir la pobreza en mayor escala y construir así un mundo más seguro.

Los jóvenes y la educación

La pobreza es, por cierto, una gran preocupación para los jóvenes, y los jóvenes constituyen la tercera cuestión de alcance mundial que creo que debemos abordar con urgencia.

Casi la mitad de la población mundial tiene menos de 24 años. La mitad de las 14.000 nuevas infecciones por el VIH que ocurren todos los días afecta a jóvenes de entre 15 y 24 años. Más del 50% de los jóvenes en edad de trabajar no puede encontrar empleo. Con alarmante frecuencia, los jóvenes se ven envueltos en los conflictos, ya sea como víctimas o, lo que es igualmente trágico, como soldados.

Entonces, ¿qué podemos hacer por ellos y por nosotros para alcanzar la paz?

Algo que he aprendido es que debemos hacer participar a los jóvenes en la búsqueda de la solución. El mes pasado, cuando me reuní en Sarajevo con dirigentes juveniles de 83 países, me conmovió su genuino deseo de construir un futuro mejor de armonía, respeto y paz. Los jóvenes bosnios, serbios y croatas con los que me reuní estaban ansiosos por dejar atrás el pasado del país, pero sentían que eran los adultos quienes los frenaban. Como lo hicieron en París el año pasado, me dijeron que ellos no son el futuro, sino el presente.

Debemos apoyar a nuestros jóvenes mediante la educación para construirles un mundo mejor. Y todo empieza con el desarrollo en la primera infancia, porque sabemos que los primeros seis años de vida determinan en gran medida el futuro de los niños.

Me enorgullece que el Banco sea un líder en esta esfera. Hemos invertido más de US$1.000 millones en la educación preescolar y ponemos a disposición de todos nuestra experiencia de alcance mundial a través de nuestro sitio web.

También estamos tratando activamente de alcanzar el objetivo de desarrollo del milenio referente a la educación primaria de todos los niños para el año 2015. Sin embargo, debemos admitir que la educación no consiste únicamente en que los niños asistan a la escuela. El contenido y la calidad son fundamentales, y los niños no deben abandonar los estudios.

Los niños de los países desarrollados y en desarrollo también deben aprender más unos acerca de los otros. Me temo que hoy en día se fomenta un odio que no va a ser fácil revertir en los años venideros.

Proporcionar a los niños una educación de buena calidad no sólo es lo correcto, sino que además tiene un enorme impacto en el desarrollo. Si se matricularan los 115 millones de niños que ahora no asisten a la escuela, se podría evitar que en los próximos 10 años siete millones de personas se infectaran con el VIH. Por eso es que hace dos años impulsamos la iniciativa Vía Rápida, para acelerar el acceso a la educación primaria de los niños que no asisten a la escuela. ¿Qué resultados hemos obtenido?

Estimamos que durante los próximos 10 años se necesitarán anualmente US$3.700 millones de ayuda para asegurar que todos los niños terminen la escuela primaria. Ello significa aproximadamente US$1.200 por curso de 40 estudiantes para cubrir el sueldo del profesor y el costo de los libros y el aula, o tan sólo US$30 anuales por niño, frente a los US$150 que destinamos al gasto militar y en defensa en todo el mundo por cada hombre, mujer y niño.

Lamentablemente, la comunidad internacional aún no ha podido movilizar los fondos necesarios. Estamos decepcionando a los niños por no cumplir las promesas hechas en 1990 en Jomtiem, en el año 2000 en Dakar y también en 2002 en Monterrey.

Sencillamente no estamos cumpliendo nuestra promesa.

Un liderazgo mundial para el siglo XXI

Señor Presidente, estas cuestiones —la protección de nuestro planeta, la intensificación de la guerra contra la pobreza y la educación de nuestros jóvenes— son algunas de las más cruciales para lograr que el mundo sea más seguro. Sabemos lo que hay que hacer. ¿Por qué no estamos logrando los resultados deseados?

Creo que ello se debe a que, como comunidad internacional, no estamos administrando suficientemente bien las cuestiones mundiales. Sin embargo, más que nunca en el pasado, las cuestiones más importantes que encaramos son de carácter mundial, no interno, y a largo, no a corto plazo.

En la actualidad, nuestro sistema consiste en que, en una serie de reuniones mundiales, acordamos objetivos de toda índole, desde metas ambientales y la importancia de la igualdad de género hasta la educación. En los últimos años, las Naciones Unidas, con el notable liderazgo del secretario general, Kofi Annan, han convocado a varias conferencias internacionales. En el año 2000, como todos sabemos, en la Asamblea del Milenio se fijaron objetivos para el año 2015, los que se aprobaron unánimemente.

Luego, los gobiernos nacionales, con el respaldo de los organismos internacionales y las instituciones responsables, tratan de alcanzar esos objetivos. Cada cinco años aproximadamente se celebra otra reunión mundial para examinar los progresos realizados. Por lo general, en esa reunión se llega a la conclusión de que no hemos alcanzado los objetivos. Se fijan nuevas metas, se reparten culpas y se hacen elogios, y empezamos otro ciclo de cinco años.

Durante esos cinco años, varios grupos de jefes de Estado y ministros pasan uno o dos días al año discutiendo una u otra meta o compromisos mundiales. Las reuniones anuales más visibles son las del G-8. Pero hay muchas otras: las del G-10, G-20, G-24 y G-77. También hay agrupaciones de líderes regionales como las de Asia, África, América Latina y Europa, y de otros lugares.

Si bien estas reuniones han contribuido a los enormes avances del desarrollo en las últimas décadas, estamos atrasados con respecto a los objetivos que nos hemos fijado. Necesitamos un liderazgo más fuerte y un compromiso más constante con las principales cuestiones mundiales.

En realidad, esta era la idea original detrás del G-7, cuando éste se reunió por primera vez hace 25 años. Era el reconocimiento por parte de los líderes de los principales países de que debían reservar dos días al año para analizar las cuestiones de alcance mundial de largo plazo. Sus reuniones son sumamente visibles y muy importantes. En ellas el mundo entero centra toda su atención en las cuestiones fundamentales del momento.

No obstante, los desafíos mundiales se han vuelto más exigentes en los últimos 25 años, y el equilibrio entre el mundo desarrollado y el mundo en desarrollo ha cambiado mucho, y va a cambiar aún más.

Tal vez los líderes del G-8, que tanto han logrado, considerarían reunirse con mayor frecuencia y con una amplia gama de dirigentes de otras partes del mundo para estudiar nuevas formas de apoyar las cuestiones mundiales urgentes. De esta manera podrían dar cuenta de los avances a nivel mundial, dar a conocer las medidas adoptadas con miras al logro de los objetivos fijados y ayudar a asegurar que se cumplan las promesas.

En el mundo actual, cada uno de nosotros no sólo es ciudadano de un país, sino ciudadano del mundo. Sin un mayor compromiso visible por parte de los líderes mundiales, no lograremos los avances decisivos que hacen falta para afianzar una paz y seguridad verdaderas.

Conclusión: promesas que deben cumplirse

Señor Presidente, formamos parte del mismo mundo.

El daño que se ocasiona al medio ambiente en un lugar repercute en todas partes. Pobreza en un lugar significa pobreza en todas partes. El terror en un lugar significa terror en todas partes. Una bomba en Bali, Madrid o Moscú nos asusta a todos. Todos nos sentimos inseguros.

Lograr la equidad y la seguridad en nuestro planeta es una cuestión que atañe a todos, y para ello hace falta un liderazgo mundial y voluntad política. Esa es la única manera de cumplir nuestras promesas al agricultor de Machu Picchu, la mujer de las mesetas de loes y los jóvenes de Sarajevo.

Es nuestro deber para con nosotros. Es nuestro deber para con nuestros hijos. Es la opción que debemos elegir para lograr la paz y la seguridad.

Muchas gracias.




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